´Debate a corazón abierto´, Pilar Rahola

Hay dos aspectos del debate que me parecen inapelables: el primero, que no puede hacerse en caliente, a ritmo del grito de la calle; y el segundo, que no puede deberse a una adscripción populista, fruto de la necesidad de los partidos por agradar en las encuestas. Es decir, si tenemos que hablar del endurecimiento de las penas o, eventualmente, de la cadena perpetua, no debemos hacerlo movidos por las cámaras de televisión permanentemente apostadas en la puerta de la casa de una niña asesinada. Sobre todo porque un debate de tanto calado para la salud de una sociedad exige prudencia y responsabilidad. Además, el tráfico de morbo que circula por los platós de televisión resulta especialmente abominable cuando mastica, una y otra vez, cada uno de los pedacitos de esa joven vida rota, llenando horas con expertos del crimen, psicólogos de todo a cien, amigos de los amigos de las víctimas, expertos en lenguaje corporal de los presuntos asesinos y hasta niñas de catorce años sometidas a interrogatorio en prime time.Como he escrito alguna vez, el rosa televisivo me molesta muy poco. Pero cuando la televisión se tiñe de rojo y negro, y explota, hasta el paroxismo, todos los detalles del dolor, entonces resulta un invento diabólico. No hay nada más brutal que el dolor de una madre con una hija asesinada, exhibida como trofeo televisivo. Personalmente, me repugna.

Parece pues razonable pedir que este durísimo debate no se haga en caliente, a las puertas televisivas de cada joven asesinada, y ello vale, no solo para los periodistas, sino también para los políticos que fácilmente se apuntan al trágico bombardero, con un único fin populista. ¿Tiene sentido, por ejemplo, que Zapatero reciba al padre de una víctima de asesinato? ¿Por qué ha recibido al padre de Marta del Castillo, y no a cualquier otro familiar de las muchas víctimas que sufre nuestra sociedad? Por supuesto, creo que el crimen de Marta es terrible, y no soy capaz de imaginarme el dolor de esos padres. Pero, ¿su dolor es más hondo que el de otros familiares de víctimas parecidas?

Más bien parece que el presidente recibe precisamente a estos padres, porque se han convertido en un fenómeno mediático, y representan un rédito político. Del mismo estilo oportunista resulta el comunicado del PP pidiendo cumplimiento íntegro de penas, en plena vorágine mediática del caso Marta. Los dos partidos, con estas iniciativas, no abonan sus proyectos políticos, sino que reaccionan a rebufo de una opinión pública impresionada por la dureza de unos crímenes y alimentada por una televisión sin escrúpulos. Creo sinceramente que noes forma de actuar, y menos cuando se trata de una materia tan sensible. Pedir, por tanto, un debate sereno, que no se produzca en caliente, ni chapotee en el fango de las vísceras, me parece una cuestión de responsabilidad. Si hay que cambiar el Código Penal, no será por la violenta muerte de una joven, o por la caótica situación de la justicia, que deja un pederasta en la calle, será porque ese código necesita ser reformado.

Hablemos de ello, pues, intentando que la afección emocional de estos crímenes tan atroces no dicte nuestras conclusiones.

Analizado, pues, en frío, ¿es pertinente la condena perpetua para algunos delitos? Los expertos aseguran que esa petición, a bocajarro, no tiene cabida en nuestro ordenamiento constitucional. Pero si, como dice el abogado Fuster-Fabra, se planteara como una pena revisable a los 20, en función de la rehabilitación del condenado, entonces estaría en ley. Y es ante esa posibilidad, cuando se abre el interrogante más crucial: ¿la condena tiene que tener un función rehabilitadora o estrictamente punitiva? Es decir, ¿condenamos para rehabilitar o para castigar? Sinceramente, no creo en las ideas buenistas que consideran que todo el mundo es rehabilitable, y que la sociedad hace al delincuente y bla, bla, bla. El mal, como dijo el escritor Elie Wiesel, existe. Y, porque existe, tendríamos que tener un código penal que contemplara la rehabilitación, tanto como asumiera aquellos casos donde esta no se produce. Desde terroristas que quieren continuar con el terror, hasta grandes delincuentes, pasando por pederastas y violadores sexuales, la fauna humana que entraría en el segundo supuesto no es menor. Con el código actual en la mano, todos los delincuentes se ponen en el mismo saco, y después de la condena, a menudo rebajada por diversos conceptos, salen tranquilamente a la calle. Pero, ¿todos deberían salir tan fácilmente? Personalmente, no lo creo, porque no es lo mismo un pederasta que no muestra arrepentimiento, y que es un peligro potencial para muchos niños, que otro tipo de delincuente.

Además, algo se quiebra en nuestro código penal cuando al padre de una de las niñas brutalmente asesinadas de Alcàsser le piden 16 años por injurias, y muchos homicidas salen a la calle en menos tiempo. Parece el mundo al revés. Y ese mundo al revés es el que subleva a la gente. Por ello, sin populismos acelerados, los partidos políticos harían bien en revisar algunos conceptos penales.

Quizás no se trata de la condena perpetua. Pero tampoco se trata de que salga tan gratis matar a alguien.

25-II-09, Pilar Rahola, lavanguardia