´Choque de principios´, Xavier Bru de Sala

A caballo de la evidencia, cada vez penetra más en el cuerpo social y en las mentalidades, la concepción del feto humano como algo que hay que tomar muy en serio. Un embrión no es lo mismo que un ser ya nacido, que ejerce por sí mismo las principales funciones vitales. Pero, caramba, si no se interrumpe la gestación, aquello acabará en nacimiento, de modo que seremos uno más en la gran familia de los humanos. Por eso las parejas que desean procrear, o las mujeres que deciden ser madres solteras, celebran la noticia del embarazo como una de las mejores de su vida, porque esperar un vástago es, salvo en casos de malformación, como si ya hubiera nacido. Sólo falta esperar unos meses, dedicarle una cierta atención y ya está aquí.

Con los instrumentos anticonceptivos a disposición de todos, lo ideal sería que sólo se fecundaran óvulos cuando el progenitor o progenitores se propusieran reproducirse.

El resto de los embarazos, los no deseados, son producto de la irresponsabilidad personal y social. La libertad sexual es una conquista irrenunciable, que no van a restringir ni un ápice quienes, habiendo optado por la sublimación del deseo, no pocos de ellos sin advertir que se adentraban en un camino de grave frustración, pretenden restringir la vida sexual de sus congéneres. El sexo entre humanos es una insustituible fuente de placer, además de una oportunidad única de unión y comunión de sentimientos entre individuos, por lo general de dos en dos.

Pero va acompañado de un par de pequeñas grandes condiciones, muy fáciles de cumplir: el respeto al otro y el uso de métodos anticonceptivos cuando no se desea tener hijos. Si en términos de respeto, sobre todo por parte de los hombres hacia las mujeres, aún queda un gran trecho por recorrer, es evidente que se ha avanzado mucho. Lo lógico sería, asimismo, que retrocedieran los embarazos accidentales, pero resulta que aumentan. Como sociedad, algo estamos haciendo mal. Para empezar, quienes están a favor de la despenalización del aborto en la fase inicial, que son casi todos los ciudadanos, incluso quienes predican hipócritamente lo contrario, deberían propiciar campañas de sensibilización hacia la gravedad moral de acabar con un embrión humano normal y viable, por pequeño que sea. Lo contrario es regalar argumentos, y muy sólidos, a quienes desean que las mujeres que hayan tomado la decisión de abortar se pongan en riesgo al hacerlo clandestinamente o carguen con el sobrecoste económico de pasar un fin de semana en cualquier país próximo de Europa.

El principio de libre disposición del propio cuerpo, tan reivindicado por los colectivos feministas y la cultura, y ya plenamente asumido en sus principios por la sociedad, choca de frente con otro principio: la defensa de la vida, en especial la humana.

Si en nombre de la libertad, cada mujer opta por seguir con la gestación o por la expulsión del feto, y dispone de un tiempo legal para decidirse, en nombre del respeto a la vida, tanto los ciudadanos, y en especial las ciudadanas, como las instituciones públicas y privadas, deberían adelantarse en la condena ética del aborto.

Despenalizado mediante una ley homologada a la corriente general europea, sí. Sin duda y con inamovible firmeza. Pero no aplaudido, no alentado. Al contrario, alimentar la conciencia personal y pública de que es un hecho conceptualmente cercano a provocar la muerte. No es asesinato, porque no existe la persona, y menos jurídica, hasta que nace. Pero la ciencia sitúa cada vez más cerca de la concepción el momento de la viabilidad del embrión humano fuera del útero materno. Y ahí sí se encuentra una clara frontera, jurídica y moral, que además seguirá retrocediendo. Expulsar del cuerpo un feto viable, es decir, que puede llegar a adulto con asistencia artificial, es algo que repugna a cualquiera (excluidos, por hipócritas, a los partidarios de la pena de muerte).

Hay que tener, pues, mucho cuidado a la hora de defender el aborto. Los principios de libertad y respeto a la vida tienen igual fuerza, y no es nada agradable tener que recortar uno de ellos al defender el otro. La despenalización acaba fundamentándose en razones humanitarias, de comprensión ante una decisión dolorosa, pero que va contra el instinto y el curso de la naturaleza. En este sentido, nada hay más alejado del humanismo, incluso del humanismo cristiano, que abogar por la cárcel como castigo a la interrupción del embarazo. Cada vez que una mujer llega a la conclusión de que el mal menor es abortar, la humanidad sale perdiendo. Previa a esta pérdida, está la mencionada irresponsabilidad compartida durante la relación sexual que acabó en fecundación. En cuanto a la condena ética del aborto, todos deberíamos estar de acuerdo, por lo que no es de recibo que se utilice el argumento de la defensa de la vida con la oscurantista finalidad de, por si fuera poco interrumpir el embarazo, añadirle la pena de tipificarlo como delito en el Código Penal.

Sobre la interrupción del embarazo en las primeras semanas sólo hay algo menos humanitario que practicarlo: ir a la cárcel por ello.

20-III-09, Xavier Bru de Sala, lavanguardia