´Las Españas y su (geo)política´, Josep Vicent Boira

En octubre de 1941, dos meses antes del bombardeo japonés de Pearl Harbor, el alcalde de Port Oxford, una pequeña ciudad de Oregón, desencadenaba otro ataque que, de haber fructificado, hubiera supuesto consecuencias profundas para la estabilidad (geo) política de Estados Unidos. Gilbert Gable anunciaba que cuatro condados de Oregón se unían a otros tres de la vecina California para formar un nuevo estado de la Unión, cuyo nombre debía honrar al venerado padre de la patria: el estado de Jefferson. Nunca fructificó, pero como el Guadiana, otros intentos vuelven a aparecer, como el ocurrido en febrero del 2009, cuando Bill Maze, un antiguo miembro del Congreso de California, propuso la división de su estado en dos. Y es que la obsesión por la frontera nunca ha muerto. Gracias a los cálculos del geógrafo Michel Foucher, sabemos que desde 1990 hay en el mundo 26.000 kilómetros más de líneas fronterizas estatales (¡sumemos las regionales!), en una aparente contradicción con la creencia de una globalización que significaba el fin de la geografía.

Hay otro ejemplo, más cercano, que reafirma la íntima relación entre mapa y ley. Édouard Balladur, primer ministro francés entre 1993 y 1995, presentó el pasado mes de febrero un informe cuyo mejor resumen es el titular que le dedicó La Dépêchedu Midi:"Balladur explose les Régions". El informe, solicitado por Sarkozy, presenta veinte propuestas que, partiendo de "la confusión de competencias" yel "despilfarro de gastos públicos", apuestan por la reducción de las veintidós regiones existentes a una quincena (fusionando las dos Normandías, integrando Loire-Aquitaine en Bretaña o dividendo y adscribiendo la Picardia a otras tres regiones), aboga por la supresión de una región, Poitou-Charentes, justamente la que presidió Ségolène Royal, y establece la creación del Grand Paris. Como se comprenderá fácilmente, la propuesta ha despertado una gran polémica. Adaptemos el mensaje a la situación española. Es como si el presidente Zapatero le pidiera a Felipe González que, en vista de la crisis económica y la racionalización de la administración pública, confeccionara un informe en el que se promoviera la agrupación voluntaria de regiones (las Castillas, por ejemplo), la modificación de sus límites territoriales (incluyendo Cantabria en esta superregión), la eliminación de alguna comunidad autónoma (Murcia o La Rioja), la creación de una decena de distritos metropolitanos (Barcelona, Valencia, Alicante, Sevilla, Bilbao, Vigo-A Coruña, etcétera), la revisión completa de las competencias entre todas las administraciones públicas, la obligación de someter a debate en el Parlamento el objetivo anual de gasto público local y la creación del Gran Madrid (bueno, en realidad esto ya está creado, con sus AVE de larga y corta distancia, M-Treintas y Cuarentas, Seseñas, Puertas de Toledoy T-Cuatros). Si el Informe Roca del año 2000 conmovió los cimientos de la (geo) política catalana cuando apostó por la modificación del mapa municipal y comarcal, es fácil imaginar lo que un supuesto Informe González causaría en España. ¿Panorama de pesadilla? ¿Informe ya redactado y guardado celosamente en algún armario de la Moncloa? ¿Realidad inminente aunque sea sólo en el plano de la teoría y la tertulia radiofónica?La realidad es que la (geo) política está de moda. Siempre lo ha estado. Hasta tal punto que es la esencia misma de la actividad política. No hay política sin mapa (cuando el mapa de España desapareció de las aulas, otro ha venido a sustituirlo). En un ejercicio de naturalidad manifiesta, esta palabra debió perder su prefijo por cuestiones de economía lingüística y la geopolítica pasó a denominarse sencillamente política. Pero en realidad es lo mismo. Cuando el fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera, alertaba en los años treinta del siglo XX sobre el peligro de la separación de Catalunya, Vasconia, Galicia y Valencia (sí, también de Valencia), lo hacía tanto por un tema político referido a su forma de ver la unidad de España, comoaun tema de estricta base geoeconómica: la separación causaría "la muerte por aislamiento de las tierras interiores". Notable lección geopolítica.

El libro de Enric Juliana es una prueba de la potencia, del magnetismo del concepto. Entrelaza la política con la geografía hasta el punto de que no se sabe dónde acaba una y empieza la otra. Bueno, en realidad sí. Sí sabemos donde empiezan ambas: empiezan en la sustancia de cada país, en su realidad geográfica. ¿Determinismo? Es posible. Ahora, en nuestras aulas de geografía, el determinismo no está de moda. Todo son posibilidades. Pero en realidad, hay factores (geográficos) insuperables que siempre han existido, ocultos y poderosos, como fuerzas telúricas.

En la tercera edición de su obra Handbook for travellers in Spain (publicada en Londres en 1855), Richard Ford presentaba en pocas líneas la esencia del problema español, que no es otro que la distancia entre realidad geopolítica y percepción pública o, en otras palabras, la cercanía entre geografía y política. Traducimos libremente: "Dado que España aparece, sobre el mapa, cuadrada y como el reino más compacto, políticos y geógrafos la han tratado, así como a sus habitantes, como una y la misma (as one and the same,dice); en la práctica, sin embargo, esta es casi una expresión puramente geográfica, dado que la tierra, el aire y los mortales de las diferentes porciones de este convencional todo, son totalmente heterogéneos". Además, Ford señalaba, anticipándose a Ernest Lluch, que sería mejor llamar las Españasaesteplural territorio y se despachaba señalando que en realidad este país "is an aggregation rather than an amalgamation".Con esta expresión de química política, Ford señala la quintaesencia de nuestro problema geopolítico. Agregados por intereses o por amenazas, una buena parte de ciudadanos españoles difícilmente pueden sentirse amalgamados, en la medida que se ha pretendido concebir una única forma de sentirse español,cuando la pluralidad ha sido y es cualidad consustancial a la geopolítica española. Hace cien años, en 1909, el alcalde de Barcelona, de visita en Valencia, dirigió un encendido discurso a decenas de miles de valencianos reunidos en la gran explanada de la Exposición Regional. El conservador alcalde dijo entonces una verdad como un piano: "Quisisteis evidenciar la excelencia de lo que tenéis y producís y fue vuestro arranque generosa impulsión para mostrar a la Patria que con regiones prósperas y fuertes asegurada tiene su fortaleza y su prosperidad...". Estaba implícito que el axioma era igualmente eficaz de forma inversa: con regiones pobres y débiles, asegurada quedaba la debilidad y pobreza de España. Este sencillo juego de palabras ha alimentado buena parte del ideario (geo) político del siglo XIX y XX en España. Con altibajos, esta dualidad entre regiones y estado centralizado se ejemplificó de forma perfecta en un humilde y olvidado artículo titulado La centralización,publicado en 1858 en la revista El pensamiento de Valencia (editada por los carlistas valencianos de Aparisi y Guijarro): "¡Peregrina ocurrencia, diría el Gobierno, la de administrarse las provincias sus intereses!, ¡¡Peregrina ocurrencia, decimos nosotros, la de administrar el Gobierno los intereses de las provincias!! Y él con una y nosotros con dos admiraciones salimos del paso". Dos admiraciones como dos bemoles,carlistas por supuesto.

Pero si esta tensión ha alimentado a España y su dialéctica la ha llevado a cotas de progreso saludable (con alguna tensión intrínseca en algunas naciones de España), el abismo se abriría ante nosotros si alguien dudara que este axioma puede ser igualmente válido para el XXI. Hay voces que piden sin recato recuperar competencias para el gobierno central de Madrid, rediseñar el mapa y remodelar la (geo) política de España. No tomen, les auguro, el caso francés como ejemplo. El señor Balladur (nacido en Izmir, Turquía, de familia armenia emigrada a Marsella) no destruye las regiones, sino que las remoza y las adapta a la talla europea. Es lo que algunos venimos pidiendo de hecho desde años, sin necesidad de tocar (casi) nada de la constitución (geo) política española: cooperación entre regiones, ejes mediterráneos de interés europeo, federalización de proyectos y de espíritus, acuerdos entre comunidades (aquí sí que habría que tocar la Constitución) para compartir el agua, no para robársela. Geopolítica, pues, de los hechos, no necesariamente de las leyes.

25-III-09, Josep Vicent Boira, culturas/lavanguardia