´Virgilio y el bendito clima´, Xavier Bru de Sala

¿Hay que maldecir el tiempo? A veces no queda otro remedio, pues parece que se las componga para fastidiar, como en la pasada Semana Santa. Apuesten a que seguirá haciéndolo, finde tras finde, hasta que se canse. ¿Tendremos una segunda parte de la primavera propicia? ¿Volverá este verano a comportarse con cierta amabilidad? ¿Se declarará amigo de las continuas borrascas como los cinco anteriores? Nadie tiene idea. Si fuera por estadística, el anticiclón de las Azores estaría preparándose para reinar en todo el Mediterráneo. Pero la oscilación, auténtica emperatriz de la climatología, desdice las estadísticas y las predicciones. Por mucho que los meteorólogos hallen nuevas formas de entretejer casuísticas, como la interrelación entre la ausencia de manchas solares y la presencia de nubarrones en los PaïsosCatalans, el tiempo sigue siendo imprevisible a medio plazo.

La ciencia que lo predice es la que más se parece a la futurología romana (cuyos especialistas eran venerados, por sus reiterados aciertos, muy por encima de nuestros meteorólogos).

A veces no queda otro remedio que maldecir el clima, pero teniendo en cuenta que le maldecimos por bendito, en el sentido de la palabra más contrario a la posesión de luces.

¿Por qué el tiempo cambia más allá de las predicciones? En parte, a fin de poner al descubierto la inmensa vanidad de la era científica. Los modelos son prodigiosos, pero la fiabilidad sigue siendo variable. Aun cuando los llamados sistemas caóticos cuenten con notables regularidades, u obedezcan a vectores decisorios como la batuta de un director de orquesta sin partitura, la meteorología no las ha descifrado todavía. Y cuando lo haga, se encontrará con el problema de armonizar los grandes ciclos del clima con lo medios y la combinación de ambos con las habituales predicciones. La legión de investigadores del clima que nuestro mundo ha puesto a trabajar merece mejores resultados.

También una mayor serenidad y contención a la hora de predicar el alcance de la causalidad humana como origen del cambio climático. Una cosa es la prudencia, que aconseja limitar al mínimo las emisiones, singularmente las de CO , y la 2 otra es echar todas las culpas a la humanidad, sin conocer el alcance del desastre. Según las previsiones más pesimistas, el nivel del mar subirá unos cuantos centímetros en los próximos decenios. Bueno, en época romana subió bastante más y tanto el carbón como el petróleo seguían bajo tierra. ¿Cómo se explican aquellos cambios? Lo único que podemos constatar es que por todo el Mediterráneo se encuentran mosaicos u otros pavimentos a profundidades que a menudo superan el metro; que el calado de los puertos romanos todavía en servicio es mucho mayor que el de cuando fueron construidos. Otrosí, hubo hace unos tres siglos la llamada pequeña glaciación, que llegó a convertir varias veces el Ebro en río helado. ¿Descendió entonces el nivel del mar, a causa del incremento de las masas heladas en los polos? Ignoro si puede saberse.

Lo cierto, el dato básico que se oculta sistemáticamente porque no encaja con las predicciones siniestras, es que el clima ha cambiado, y mucho, no en eras anteriores a la andadura humana sino en los dos o tres últimos milenios. La desertización del hasta entonces riquísimo y agrícola norte de Áfricase produjo al final del imperio por causas desconocidas, pero desde luego no atribuibles a la acción de nuestros antepasados. Fue tan brutal que no es descartable, por sus terribles consecuencias económicas y comerciales, como factor fundamental de la partición y posterior caída del imperio. Estoy a favor, incluso de modo ferviente, de la contención de las emisiones, pero no de las prédicas catastróficas de tantos científicos y pseudocientíficos. Y no lo estaré mientras no incorporen en su discurso los datos arriba mencionados y proporcionen las oportunas explicaciones diferenciales.

Finalmente, por si no han quedado convencidos de la veracidad de lo relatado, unos versos de Virgilio, de una belleza demoledora, en versión catalana de Llorenç Riber, mi traductor preferido del latín: "Aquí tenim la primavera asidua / aquí tenim l´estiu en altres mesos". O sea, que el verano duraba medio año y el resto era primavera. Con razón iban tan poco abrigados. ¿Exageraba? Sobre otros poetas, podrían sostenerlo. Sospecharlo de Virgilio sería ofenderle. Lo cierto es que el nivel del mar subió. ¿Por deshielo ártico? Asómbrense, porque el veraz Virgilio, hablando del tiempo en el norte de Europa, describe casi una glaciación coetánea, con la tierra y los rebaños sepultados bajo montañas de nieve, el vino que se cortaba con hacha, los vestidos rígidos y las barbas cubiertas de carámbanos, las gentes habitando bajo tierra, al calor de grandes troncos encendidos, ingiriendo litros de cerveza y viviendo de animales atrapados en el espesor de la nieve. Todo cubierto por un manto sempiterno de niebla helada.

Entonces, nadie buscaba explicaciones a tales acontecimientos. Ahora las buscamos pero aún andamos lejos de encontrarlas. Reconozcámoslo.

20-IV-09, Xavier Bru de Sala, lavanguardia