ŽEl lado oscuro de la victoriaŽ, Pilar Rahola

Lo habíamos previsto. Después de denunciar que esta campaña había sido deplorable, y que nadie se acordaba de Europa, mientras todos iban a la greña de sus cuitas, también fue fácil prever que todos se lamentarían, al día siguiente, del cansancio ciudadano. Ahora resulta que les pesa la abstención, y los hay que han encontrado al culpable de tamaño desafecto: los medios de comunicación. Es decir, haciendo suyo el clásico "lejos de mí cualquier culpa", buscan disparar al pianista, con la vana esperanza de que olvidemos cómo desafinan. Ramon Tremosa se lo espetó tan alegremente a Josep Cuní, el otro día: que si hubieran hecho el debate en domingo, que si la gente se va de paseo los viernes...

Tuvo que recordarle Cuní que las entrevistas a los candidatos habían pinchado en todos los shares,no porque las pasaran a mala hora televisiva, sino porque los políticos aburren más que las piedras. Y más allá de Tremosa, los socialistas y el resto del tripartito (más partito que nunca) también han enviado a sus comisarios a quejarse del periodismo, incapaces de vislumbrar los agujeros negros que contienen sus mensajes. Ya pueden ponerse como quieran, disparar al pianista, matar al mensajero, escupir al cielo, que su problema no habita en la pérfida prensa, sino en el descrédito cósmico que han acumulado. Me dicen que Duran Lleida me riñó en un mitin, por aquello de que no todos son iguales, y tiene razón. No todos chapotean en el barro, ni todos esconden miserias bajo la alfombra, ni todos se ríen de sus promesas, ni todos repiten consignas como si fueran cacofonías. Pero la marea negra es tan fuerte que, ¡ay!, a todos contamina. Sólo cabe pedir dos cosas: que ningún conseller de la izquierda verdadera encargue, con dinero público, ningún estudio para saber por qué no lo aman; y que se pongan ante el espejo de Dorian Gray, y, lejos de romper el espejo, miren en él su reflejo. ¿Existirá la palabra autocrítica en el diccionario político?

En línea con esa dificultad lingüística, las elecciones han repetido el manoseado ritual del éxito total. Nadie pierde nada, aunque los votos perdidos se cuenten por millares. Y todos ganan todo, aunque los votos ganados aún no permitan tocar las campanas. Veamos, pues, los sonoros éxitos de estos grandes jugadores, que siempre ganan incluso cuando están en bancarrota. Gana el partido de Rosa Díez, y es cierto que gana. Sin embargo, ¿gana bien? Cuando un partido que quiere representar a los ciudadanos presenta una cabeza enorme, bien situada en el centro mesetario, pero pincha en las periferias más significativas, y en Catalunya, por ejemplo, se sitúa por detrás de los antisistema y de los antitaurinos, más que un buen cuerpo político, parece un monstruo. Dice que gana Puigcercós con su Esquerra, por aquello del "objetivo conseguido". Es decir, que perder miles de votos en todas las urnas del país, y salvar por la mínima al eurodiputado gracias al aguante de los vascos de Aralar, es, en versión republicana, todo un éxito político. Pues ¿qué será un fracaso, para estos extraordinarios cómicos? En la misma línea, ganan los de IU-ICV porque aguantan, a pesar de los miles de votos perdidos. Lo cual nos recuerda que para la demagogia populista de izquierdas, no hacen falta demasiadas alforjas. Muy al contrario, mejor ir ligeros. En este caso, una salvedad. Quizás el tipo que más mérito tiene es el candidato Raül Romeva, porque aguantar electoralmente a pesar de los desaguisados de Joan Saura ha sido una obra titánica. De cualquier forma, tres opciones políticas distintas, con desigual resultado, pero igualmente necesitadas de una urgente visita al psicoanalista. En el primer caso, porque el éxito presenta síntomas de enfermedad evidente. En los otros dos, sencillamente porque han sido derrotados.

¿Y los grandes? Los grandes a sus cosas, que todos tienen motivos para mostrarse contentos y, a la vez, preocupados. El PSOE asegura que ha aguantado el tipo, y es cierto. Sin embargo, debería considerar estos resultados de alto riesgo: primera derrota de Zapatero (desaparecido en combate); desbandada de votos en Catalunya, clave en su anterior éxito electoral; censura global de su campaña electoral, y, finalmente, una persistente caída de credibilidad como gestor económico.

Por mucho que se desgañiten considerando que han perdido poco, han perdido. Y en política, perder es perder. CiU es, quizás, el partido más claramente vencedor, porque ha ganado de manera sostenible, en todo el territorio. Pero verse ya en la Generalitat sólo por arañar votos en Europa es como reproducir, en versión llemosí, el cuento de la lechera. Y finalmente, el PP, cuyo éxito indiscutible afianza a Mariano Rajoy, desactiva las fieras interiores y compacta a su electorado. Sin embargo, ¿es todo tan bonito? Porque al PP le pasa como a Rosa Díez, que pincha hueso en Catalunya, incluso presentando a su mirlo blanco. Lo cual nos lleva a una vieja pregunta: ¿puede permitirse Rajoy ganar sin Catalunya? O, peor, ¿ganar contra Catalunya?

Para acabar, una famosa frase de Kennedy, dedicada a la noche electoral: "La victoria tiene un centenar de padres, pero la derrota es huérfana". Y los políticos tienen todos una enorme vocación paterna.

10-VI-09, Pilar Rahola, lavanguardia