´Desde el noroeste´, Germán Ojeda

Los mapas se mueven. A comienzos del siglo XX el rector vasco Unamuno dejó escrita una idea memorable: "El litoral cantábrico ha de aportar más que el litoral mediterráneo a la renovación económica y política de España", pero hoy sabemos que no fue así, que las regiones de la cornisa atlántica están en crisis y que sólo el País Vasco mantiene su dinamismo gracias a su fuero y a su huevo, a su energía industrial y a su privilegio fiscal.

Hoy sabemos también que de todos aquellos grandes regeneracionistas, quien mejor descifró el nuevo mapa español fue Ortega y Gasset, que después de constatar a partir del "desastre" de 1898 que "Castilla hizo a España y también la deshizo", iba a concluir unas décadas después que lo único importante que había ocurrido en España en el primer cuarto del siglo XX era "la sublevación de las provincias contra Madrid", liderada por el catalanismo democrático, en realidad el verdadero motor de la renovación económica y política de España. Claro que cuando el viejo régimen centralista y reaccionario fue restaurado por Franco, Madrid, aprendida la lección, volvió a coger el toro por los cuernos: el toro del poder, de la economía, de las finanzas, de la administración y hasta del fútbol, con el Real Madrid convertido en el equipo de España. Pero muerto Franco se acabó la rabia, el centralismo de campamento tuvo que ceder el paso a las regiones en el marco de un sistema electoral "desproporcional" y de la política del "café para todos" autonómico, previa reordenación quirúrgica del mapa territorial, separando o juntando regiones - como Castilla y León-para ensanchar el centro, con el gran Madrid consolidado como gran capital, y ahora además como región.

El gran Madrid se hizo definitivamente grande, se vistió de democracia, fabricó una nueva bandera y hasta su arteria principal - la avenida del Generalísimo-recuperó el nombre propio: justamente la Castellana,porque llamarla por ejemplo la Española hubiera sido una quijotada.

Las otras dos grandes nacionalidades históricas periféricas reaccionaron siguiendo su identidad y su carácter, una buscando el pacto diferencial, otra a la brava tratando de imponer el fuero y el huevo. Los vascos, antes de doblarse se parten, mientras que los catalanes, antes de partirse se doblan, así que subidos al monte los vascos rescataron sus privilegios históricos, mientras que los catalanes tuvieron que ceder sus demandas en favor de la democracia.

El "café para todos" no pudo servirse hasta que Andalucía fue reconocida como la cuarta España: reclamando la historia, la deuda histórica y hasta la justicia histórica, dio un golpe en la mesa e impuso sus demandas, por supuesto históricas: solidaridad e integración, que, vista la fuerza electoral de tantos votos juntos, fueron atendidas con urgencia por el PSOE felipista nada más llegar al poder en 1982.

Fue, como cuenta Enric Juliana en su libro La deriva de España,la mayor operación de solidaridad de la historia de España, y fue además una operación nacional efectivamente histórica, pues, a diferencia del mezzogiorno italiano, la vieja tierra de María Santísima pasó de la marginalidad aristocrática a articular el nuevo eje del poder democrático español: Madrid-Sevilla, como en tiempos del imperio.

Para completar el mapa quedaban Galicia, Asturias y el Levante, pero mientras el sol llenaba de actividad económica la costa mediterránea, Galicia se refugiaba en el pasado con Fraga, mientras la Asturias industrial y antifranquista se embarcaba en la larga transición al capitalismo. Lo ha visto muy bien en su libro Juliana, y es el primero que lo dice: hoy el sur está en el noroeste, un noroeste que parte de Galicia y va de Asturias al antiguo reino de León, un noroeste dividido por cordilleras e identidades, viejo e incomunicado, perdido en los nuevos mapas, confinado en el finisterre español, por eso su integración es un reto histórico para Zapatero, como lo fue en su tiempo integrar Andalucía para González.

Si no queremos que Castilla siga haciendo y deshaciendo España, si no queremos que la nueva rebelión de las provincias contra Madrid prospere, el reto histórico definitivo es constitucionalizar de una vez por todas la distinta pluralidad de España y su representación, como a su manera quería ya hace tiempo el gran asturianista español Jovellanos desde el noroeste.

18-VI-09, Germán Ojeda, profesor titular de historia económica, Universidad de Oviedo, lavanguardia