´El alicaído nacionalismo escocés´, III-04

El alicaído nacionalismo escocés

El alicaído nacionalismo escocés.

Los independentistas han perdido fuerza desde que moderaron su discurso y aceptaron la autonomía. (III-04)


Cinco años de autonomía en Escocia no han producido más que desencanto y el alza de las fuerzas políticas marginales a expensas de los dos grandes partidos (laboristas y nacionalistas). El traspaso limitado de competencias por parte de Westminster no motiva a nadie, el proyecto carece de rumbo y todo el mundo se pregunta cuál será el próximo paso de la corta historia autonómica.

Los laboristas escoceses no forman parte de un gobierno tripartito sino bipartito (con los liberal demócratas), dado que en las elecciones del año pasado perdieron seis escaños (de 56 a 50) y prefirieron una coalición estable que ir a salto de mata, de una crisis a otra y con la permanente espada de Damocles de unas elecciones anticipadas. Pero el experimento no les está dando buen resultado, porque se ven presionados por todos los lados: el comité central del Labour en Londres, sus socios en el poder y las bases sindicales del partido. Y a veces la goma, por mucho que se estire, no da más de sí.

Del poco carismático primer ministro escocés, Jack McConnell, se dice que tiene despacho pero no gobierna, y los periódicos se preguntan un día tras otro para qué sirve un flamante Parlamento cuya sede –diseñada por Enric Miralles– va a costar más de 600 millones de euros: ¿acaso para hablar de la caza del zorro y la homosexualidad en los colegios cuando en la capital del reino se administra el dinero y se toman las decisiones realmente importantes sobre educación y sanidad? “El nacionalismo requiere pasión –comenta el profesor de sociología Euan McIntyre– y en Escocia la autonomía ha matado la pasión.”

Los perjudicados por el adocenamiento y la “normalidad política” no han sido tan sólo los laboristas, sino también los nacionalistas del SNP (Scottish National Party), que optaron por una aproximación gradual al objetivo final de la independencia y aceptaron el paso intermedio de la autonomía. El SNP se pegó la gran castaña en las elecciones del 2003, perdiendo ocho escaños que fueron a parar al más radical SSP (Scottish Socialist Party). Su líder, John Swinney, ha corregido parcialmente el rumbo y ha adoptado un discurso más contundente: autonomía no, independencia sí.

Escocia tiene muchas similitudes con Catalunya como país, pero varias diferencias fundamentales: la falta de un idioma de uso generalizado que canalice su identidad, el absoluto dominio político de la izquierda, la ausencia de un nacionalismo económicamente conservador y la supeditación en Londres a un Gobierno central de izquierda moderada que ve con buenos ojos las autonomías y no se interpondría en el camino de la independencia de Escocia si los escoceses así lo decidieran.

El SNP aspira a recuperar el terreno perdido gracias a planteamientos más duros, los liberal demócratas (tercer partido) cuentan con beneficiarse de la presencia en el poder y la habilidad con que imponen muchas de sus políticas a pesar de ser el socio minoritario en el Gobierno, pero el Labour nada entre dos aguas, presionado por Tony Blair para que siga la línea oficial de Londres y por sus bases de izquierda no nacionalista para que se desmarque del socialismo descafeinado que se cuece en Downing Street (varias ramas sindicales han roto con el partido y trasladado su apoyo al SSP). El laborismo escocés solamente se ha desmarcado de Londres en algunos temas, como el de las matrículas universitarias y la atención a los jubilados, por ejemplo, porque Escocia tiene una mayor tradición de solidaridad y colectivismo que Inglaterra. En parte por ello, los “tories” han desaparecido casi del mapa, con tan sólo dieciocho escaños en el Parlamento autonómico.

La relación política entre Londres y Edimburgo es muy complicada, y la autonomía no la ha hecho más fácil, sino todo lo contrario. Tres de cada cuatro escoceses (y no sólo los que se definen como nacionalistas) piden la capacidad de recaudar, administrar y gastar su propio dinero, en vez de la actual e insignificante potestad de subir o bajar dos puntos los impuestos respecto a las cifras del resto del Estado, pero el Labour se niega a hacer esa concesión. Y, por otro lado, los ingleses se quejan de que Escocia está “subvencionada” (recibe del Tesoro 1,25 libras por cada libra que recibe Inglaterra) y “excesivamente representada” en Westminster (un diputado por cada 72.577 habitantes, frente a un diputado por cada 92.890 para los ingleses).

La “venganza” centralista por la autonomía consiste en reducir el número de representantes escoceses de 72 a 59 a partir de las próximas elecciones generales británicas, y un creciente movimiento para impedir que puedan votar sobre temas que afectan al resto del país pero no a Escocia, en virtud de las transferencias autonómicas. Es la llamada “West lothian question”, planteada originalmente por Tam Dalyell, el diputado por esa circunscripción: ¿qué sentido tiene que un parlamentario de Aberdeen tenga derecho a votar sobre los hospitales de Leicester, cuando un diputado de Leicester no tiene ni voz ni voto sobre los hospitales de Aberdeen?

La solución del Gobierno de Tony Blair a esta tensión creciente es conceder la autonomía a todas las regiones inglesas que la quieran, constituir asambleas regionales y avanzar hacia un Estado federal.