´Acoso moralista´, Salvador Cardús

Uno de los juegos escolares de mi infancia en un colegio sin patio exterior y en el que había que recurrir a divertimentos de salón, era "el rebotxí".Consistía en hacer saltar con habilidad un hueso - creo que de la rodilla de un cordero-,y según cayera, se atribuía a la cuadrilla de jugadores distintos roles que permitían, de manera arbitraria y mostrando con crudeza las pérfidas alianzas propias de los grupos de iguales, pegar unos correazos en las manos del menos empático o del menos hábil o con peor suerte. No me cabe ninguna duda que aquel juego de "antes" ahora sería prohibido por los maestros, antes de que los propios padres pusieran una denuncia en la comisaría más cercana de los Mossos.

He recordado con cariño este juego que ahora sería considerado cruel y violento al leer la noticia del último estudio que se conoce sobre lo malo que es la televisión para los menores y que, como es habitual, suele dar por descontado que "antes", todo estaba mejor. El estudio presentado por el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, con el horrible título "Qué menores ven nuestros menores en televisión", llega a la conclusión de que en las series en las que aparecen menores se "desautoriza la figura paterna" y se "trivializan asuntos como el consumo de drogas y las relaciones sexuales". Y entre los programas señalados, se encuentran Los Simpson, HKM o Padre de familia. No podría faltar en un estudio de esta naturaleza alguna referencia a la violencia, que según sus autores queda banalizada, se aborda desde el punto de vista del agresor y no desarrolla ninguna empatía hacia la víctima. Y como resulta que la "influencia" de la televisión en la construcción de la identidad en la infancia y la adolescencia es "innegable", al paso que vamos, no me extrañaría que pronto obligaran a poner en el frontal de los aparatos televisivos una frase imborrable que sentenciara: "Este aparato perjudica seriamente la salud".

La asociación de ideas entre mi "violento" juego escolar pretelevisivo y el nuevo estudio que redescubre la sopa de ajo de los "peligrosos" contenidos de las series vistas por nuestros menores, me confirma en el acoso moralista de nuestra actual mirada educativa. Estoy convencido que no es cierto que ahora se vivan riesgos morales educativos mayores que los de antaño, cuando no existía ni la televisión, ni los videojuegos, ni internet. La violencia, en los estadios educativos anteriores a la televisión y la cultura de masas incluso era más directa y cruel, sin intermediarios, y se vivía sin tanto tapujo moralista. Es decir, se experimentaba no de manera virtual, sino en la propia piel, a correazos, a pedradas o a sonoras bofetadas repartidas por la propia autoridad escolar o familiar. No creo que pueda demostrase que nuestra infancia se desarrollara en una sociedad más justa o más ejemplar. Lo que realmente ha cambiado es nuestra mirada, más desconfiada, más sensiblona y de un moralismo agobiante.

Es el juicio hipermoralizador el que ha convertido la cultura de masas en el chivo expiatorio de todos nuestros males. Y es esta ofuscación es la que nos impide descubrir hasta qué punto la cultura de masas ha contribuido y contribuye, decisivamente, a desarrollar nuestras capacidades cognitivas. Ésta es la tesis principal del libro de Steven Johnson que acaba de publicar Edicions La Campana con el título Si és dolent t´ho recomano,que recoge la ironía del título original, "Everything bad is good for you", gran bestseller en esa lengua. Sí: de manera convincente, Johnson demuestra que el notable aumento medio del nivel de inteligencia a lo largo del siglo XX sólo puede explicarse como resultado del entrenamiento en la creciente complejidad del lenguaje de la cultura de masas. Incluso virtudes tan fundamentales para la educación como la paciencia y la tenacidad, difícilmente se encuentran - a parte de la práctica deportiva y el estudio de la música-en otra experiencia que no sean los videojuegos que requieren superar obstáculos sistemáticos relegando la satisfacción del éxito final para quién sabe cuando. Johnson sigue un tipo de razonamiento que otros autores ya habían desarrollado, como aquél de John Katz, "Virtuous Reality",publicado en 1997, pero aporta datos nuevos y poco discutibles sobre tal bondad.

Insisto en mi argumento: el problema no está en los mecanismos de la cultura de masas, que se demuestra que son tan estimulante para la inteligencia cognitiva como lo pueda ser la lectura. Educativamente hablando, la televisión de hoy resulta tan estimulante como lo era antes la calle. Y, por lo que se refiere a los contenidos morales, como ocurre en todas las épocas, lo decisivo es el contexto de recepción.

Lo peor que le puede ocurrir a un menor es que sea la realidad vivida la que demuestre que la degradada figura paterna de la serie televisiva es cierta o que sea el sexo en la vida cotidiana de los adultos el que esté verdaderamente trivializado. Precisamente, pertenece a The Simpson el diálogo entre Homer y sus hijos, después que éstos hayan dudado de su padre al ser señalado injustamente por televisión de acoso sexual. El padre les reprocha: "He notado que dudábais..." Lisa responde: "Perdona, papá: tenemos fe en ti…" Y Bart añade: "Pero es difícil no hacer caso de la tele: ella ha invertido más tiempo que tú en nuestra educación". Y es que el sofocante moralismo educativo actual es producto de la mala conciencia y de la inseguridad de los actuales educadores y no el resultado de una supuesta amenaza de la cultura de masas, capaz de sátiras tan brillantes como ésta.

8-VII-09, Salvador Cardús i Ros, lavanguardia