´El pupitre de los 18´, Pilar Rahola

Con todos los vaivenes de estos días de alambicada vida política, no ha habido tiempo para debatir el globo sonda que ha lanzado, con diurnidad y feliz alevosía, el ministro ÁngelGabilondo. Fiel a la tradición de los titulares de Educación, de pasar por el ministerio dejando huella, parece que Gabilondo también quiere jugar a los experimentos, mezclando gaseosa con educación. Cada gobierno, una nueva sacudida; cada ministro, una nueva ley, y así vamos improvisando en la Arcadia infeliz de un sistema educativo que - para muestra, los informes-está a la cola de Europa. Lo dejó caer el otro día, como quien no quiere el lío, sabedor de que más vale un rumor en mano que ciento volando. Y así, en este país desconcertado, cuya educación oscila entre la nostalgia del curso del 63 y la bondad cósmica del todovalismo, añadimos otro elemento para el debate asambleario, sin anestesia de presupuestos holgados, sin estrategia para mejorar los bajos niveles de los alumnos, sin otra condición que la palabra de ministro, y el titular que arrastra. Dijo Gabilondo que "es bueno que esbocemos la posibilidad de que haya una enseñanza obligatoria hasta los 18 años", y acto seguido puso gotitas de bálsamo, asegurando que no era una reforma inmediata, que hacía falta un debate profundo, que ello ayudaría a "modernizar el sistema productivo", y que todo estaría bajo los auspicios del pacto de Estado para la Educación. Es decir, globo sonda. O, lo que es peor, no saben si hacerlo o no hacerlo, no tienen estrategia definida, no han hecho la reflexión pertinente, y con todo ello revuelto, abren otro estridente frente, a ver si de improvisación en improvisación paren alguna idea. Ahora toca obligar a los jóvenes a estar en la escuela hasta los 18 años, emulando a los portugueses, que, como todo el mundo sabe, lideran la calidad europea en educación. Es decir, aparcamiento obligado, contingente de jóvenes abducido de las listas del paro, y un sistema educativo aún más lastrado de lo que ya parece.Por supuesto, sólo soy una madre. Ni soy una profesional del sindicalismo permanente, ni un sufrido profesor, ni he lidiado nunca con un claustro de ídem, ni sé más de lo que sabe cualquiera que tenga hijos en la escuela. Pero en la medida en que todos somos escuela, y todos sufrimos sus déficits, me resulta difícil entender cómo se evitará que los jóvenes que no quieren estudiar impidan una buena educación en las aulas. Si ya se dan muchos problemas con los chicos de 14 a 16, ¿se imaginan la obligatoriedad hasta los 18? Y ello sin recursos añadidos. ¡Pobres alumnos y maestros! Y pobres todos, que continuamos en manos de un gobierno que vive a golpe de titular, tan empachado de correctismo político que está perdiendo el sentido común. Si hasta un intelectual como ÁngelGabilondo hace méritos para parecer Bibiana Aído, ¿qué nos queda?

7-XI-09, Pilar Rahola, lavanguardia