´El deber de alegrarnos por 1989´, Francesc-Marc Álvaro

Tiene razón el amigo Iván de la  Nuez cuando escribe que nuestra generación, los que andábamos por la veintena hace dos décadas, nos abrimos al mundo "gracias a la experiencia liberadora de aquel 1989". Lo dice él, que fue niño en el castrismo, y lo digo yo, que fui niño en el franquismo.

1. Por encima de las experiencias personales y más allá de las panoplias ideológicas con que aparecen los tiranos a cada momento, con la caída del muro de Berlín nos hicimos adultos al comprender dos cosas: el afán de libertad tiene mucha más fuerza que el miedo y las grandes cosas suceden sin que nadie las haya previsto. "No veo - afirma este lúcido cubanocatalán-cómo negarnos a festejar el vigésimo aniversario de aquella demolición". Ciertamente. No sólo tenemos todo el derecho a celebrar el fin del comunismo y la división del mundo en dos bloques, tenemos incluso el deber de hacerlo, sin esconder nuestra alegría. Ello no implica que nuestra mirada sea triunfalista o simplista. Octavio Paz resumió bien el desafío en el que vivimos desde entonces cuando nos advirtió que habían fracasado muchas respuestas pero seguían pendientes las viejas preguntas. En ello estamos.

2. "Con el capitalismo y la democracia seguimos teniendo muchas dificultades", declaran algunos alemanes del Este que hoy aparecen en los reportajes conmemorativos. A diferencia de la sociedad ideal que prometía el llamado socialismo real, las democracias y el libre mercado nunca han escondido su naturaleza imperfecta y, por ello, han convertido las políticas reformistas en la base del bienestar y el desarrollo colectivos. La sociedad abierta no pretende ser un paraíso, se contenta con tratar de avanzar gradualmente en diversas direcciones: justicia, dignidad, igualdad y libertad. La utopía comunista no competía contra otra utopía, eso hay que tenerlo muy presente, incluso aceptando que el llamado "fin de la historia" de Fukuyama nunca pasó de ser una reflexión lastrada por un exceso de entusiasmo. De ahí que la parte más anquilosada de la izquierda europea y latinoamericana sea incapaz hoy de poner proyectos serios sobre la mesa y se dedique a esperar "nuevas utopías" que "motiven a las multitudes". Las izquierdas que consiguen resultados - el brasileño Lula, por ejemplo-trabajan sobre lo concreto con otras claves, sin nostalgia por lo que pudo haber sido y no fue.

3. Las miles de personas que se opusieron a los gobiernos comunistas y por ello fueron apartadas de sus trabajos, encarceladas, deportadas, torturadas o asesinadas no luchaban - como algunos sugieren hoy-por tener al alcance las marcas occidentales de automóviles, ropa, perfumes y electrodomésticos. Los que se arriesgaron a discrepar lo hicieron porque no querían seguir viviendo dentro de una jaula, por mucho que en la jaula no faltara la ración diaria de agua y alpiste. El Muro no cayó solo, fue lentamente corroído por la acción de hombres y mujeres que, durante décadas, se jugaron la piel porque anhelaban libertad y dignidad, porque no querían ser figurantes de una gran mentira. Antes de esa noche mágica del 9 de noviembre, hay mucho dolor, mucha desesperanza, mucho sufrimiento y millones de vidas aplastadas. Todos los intentos anteriores por salir de la pesadilla fueron vanos, como supieron los húngaros de 1956 o los checos y eslovacos de 1968. El polaco Czeslaw Milosz, uno de los primeros disidentes que relataron cómo funcionaba aquel universo, escribió lo siguiente en La mente cautiva:"En las democracias populares se lucha por tener poder sobre el espíritu. Es necesario conseguir que el ser humano llegue a entender. Cuando entienda, aceptará. ¿Quiénes son los enemigos del nuevo sistema? Son los que no comprenden. No comprenden porque su mente funciona poco, o bien porque funciona mal". El opositor, a menudo, era tratado como un enfermo peligroso. Los chinos, los cubanos o los iraníes de hoy corren el mismo peligro.

4. La caída del muro de Berlín se vio bastante desenfocada desde aquí, no podía ser de otro modo. Estar fuera de todo lo que atravesó la historia del siglo XX se paga caro. Hay demasiados filtros que impiden observar con claridad. Tengo dos recuerdos en este sentido. Primero: el sindicato Solidarnosc, que surgió en Polonia en 1980, era menospreciado o claramente calumniado por nuestros progresistas oficiales; nunca se me borrará el comentario que una profesora de mi instituto, enrollada ella, le hizo a un colega, ante nuestros oídos adolescentes: "A esos obreros meapilas que se arrodillan todo el día habría que fusilarlos inmediatamente". Segundo: me encontré a una persona muy querida al cabo de pocos meses de la caída del Muro y me confesó que se sentía mal, porque no sabía qué hacer con todo en lo  que había creído durante la mayor parte de su vida; no supe qué responder, pero retuve que hablaba sin resentimiento y con una tristeza enorme en los ojos.

5. Un muchacho que ha sido alumno mío se define solemnemente como "antifascista" y luce una camiseta con la hoz y el martillo. Le recuerdo que, para millones de personas, ese símbolo que a él tanto le fascina remite a tiempos muy penosos y oscuros. Y le pregunto, de paso, si cree que vivir bajo una dictadura en nombre del socialismo es mucho mejor que vivir bajo una dictadura en nombre de la patria o la raza. No me contesta, pero sonríe como si le hubiera explicado un chiste. En 1989, el mundo fue un poco más libre, pero todavía hay mucho trabajo por hacer.

11-XI-09, Francesc-Marc Álvaro, lavanguardia