ŽLa Mota NegraŽ, Enric Juliana

"¿Qué es la Mota Negra, capitán?

- Es un aviso o intimidación, compañero. Ya te diré si me la echan. Pero tú sigue ojo avizor, Jim, e iremos a partes iguales, te doy mi palabra".

En el tercer capítulo de La isla del tesoro,el joven Jim Hawkins tiene noticia de que el enigmático huésped de la posada Almirante Benbow, el adusto capitán Bill Jones, teme la llegada de un marinero con una sola pierna. Tiene miedo a que John Silver el Largo le haga llegar un pedazo de papel con una mancha de tinta en el centro. La señal corsaria de que su tiempo se ha acabado. La temida Mota Negra.

Tenía que ocurrir esta semana, tan obsesivamente invadida por una mala historia de piratas. Esta semana corsaria y bucanera, a José Montilla, presidente de la Generalitat de Catalunya, le han hecho llegar la Mota Negra. Se la trajo de Madrid el inquieto Miquel Iceta, un hombre de gran perspicacia que no desentonaría al lado del pequeño Jim, el doctor Livesey, el capitán Smollet y el caballero Trelawney en la búsqueda del fabuloso tesoro imaginado por Robert Louis Stevenson. A Iceta se la echó José Luis Rodríguez Zapatero en persona durante la reunión de la ejecutiva federal del PSOE, celebrada el pasado lunes en la calle Ferraz.

Lo contaba el martes Juan Carlos Merino en La Vanguardia:"Muy duro y tajante, según algunas fuentes, muy claro y concreto, según otras, con mucha seriedad, según todos, Zapatero le espetó a Iceta que el PSOE respetará lo que el Tribunal Constitucional diga sobre el Estatut de Catalunya, porque las sentencias se acatan siempre". Ante un amago de protesta de Iceta, Zapatero añadió un poco más de tinta a la mota: "Lo digo, por si acaso". La señal estaba dada. El PSOE ha decidido abandonar al tripartito catalán a su suerte para no perder la nave Hispaniola,escenario de sordas conspiraciones y vibrantes combates en la gran novela de Stevenson.

La Mota Negra nos dice en su anverso que el PSOE da la batalla del Estatut por perdida. María Teresa Fernández de la Vega, hoy en horas bajas, muy bajas, ha fracasado en su correoso intento de garantizar una sentencia medianamente favorable. Al ministro de Justicia, Francisco Caamaño, uno de los pocos federalistas sinceros del actual Gobierno, también le espera un mal trago. La sentencia está al caer y será claramente restrictiva. Será algo más que la castración química augurada hace unos meses, con gran ingenio, por Victoria Prego, una de las periodistas mejor informadas de Madrid. Escribía Prego que el Constitucional buscaba la manera de restar potencia al nuevo formato de la autonomía catalana, respetando sus más visibles atributos formales. Se quería evitar una gran humillación. Dicho con mayor claridad: se trataba de castrar al catalanismo sin dejar a Convergència i Unió inapetente, puesto que algún día la derecha española volverá a necesitar sus votos en el Parlamento de Madrid. La impresión dominante estos días es que habrá algo más que inyección química. Se avecina una dolorosa emasculación.

Meticulosamente acosada por la extrema derecha madrileña (el último bulo consiste en atribuirle una estrecha amistad con el dirigente de Batasuna Karmelo Landa), la presidenta del Tribunal Constitucional, María Emilia Casas, no se atreve a someter la sentencia a su voto de calidad. No quiere. No acepta cargar sobre sus espaldas el estigma de la liquidación de España, puesto que el frente de rechazo también incluye a influyentes sectores del PSOE, representados intelectualmente en el diezmado tribunal. El frente de rechazo comienza en la derecha extrema y acaba - con la obvia gradación de matices-en Gregorio Peces-Barba, egregio padre de la Constitución que el pasado 14 de septiembre profetizaba lo siguiente en El País:"El Gobierno de España va a sufrir tras la sentencia, pero es el precio que se paga por una permisividad exagerada, y una dejación de responsabilidad poco justificada".

Y Zapatero no quiere sufrir más. Acuciado por la crisis y las encuestas, atento a la progresión de Rajoy, convencido, ahora, de que la buena vía es el españolismo homeopático del pacto vasco, y lastrado por un Gobierno flojo en el que ya afloran las rivalidades personales, no ha dudado en tintar la Mota Negra. Le dice dos cosas a Montilla: Que no se opondrá a la sentencia emasculadora, y que podría ser el primero en aplaudirla si ello conviene al tesoro electoral.

22-XI-09, Enric Juliana, lavanguardia