´Haidar en el laberinto´, Pilar Rahola

Reconozco que me cuesta entender a los mártires. Creo que la muerte no dignifica a nadie, ni tan sólo cuando es el resultado de una entrega absoluta. ¿Una patria vale tal sacrificio? Sinceramente, no lo creo, porque las patrias, en sus avatares, sólo reconocen a los héroes cuando les colocan placas en las calles de sus ciudades. Tenemos el tiempo que tenemos para vivirlo, no mucho más, y acabar con ese caudal de emociones y proyectos que es la vida, por una causa, siempre me ha resultado algo incomprensible. Si, además, nos acompañan hijos por la vida, mi incomprensión se vuelve profundo desconcierto. Dicen que es la generosidad extrema, pero no lo concibo así, porque la generosidad tiene que ver con la vida, y no con la muerte. A pesar de ello, y como no puede ser de otra manera, manifiesto mi respeto por los luchadores que optan por la resistencia pasiva y que antes de hacer daño a nadie, se lo hacen a sí mismos. Aminatu Haidar forma parte de esa estirpe de gente de bien, cuyo compromiso no los lleva por los derroteros de la violencia, sino por las sendas que Gandhi trazó para que el mundo fuera más digno. Dicho lo cual, espero que deje pronto esta ciega carrera hacia la muerte, porque luchar puede significar vencer, pero morir siempre es una derrota. Y en su caso, una derrota inútil. Haidar ya ha conseguido situar el conflicto del Sáhara en el centro de nuestra conciencia, ya ha derrumbado los muros de la indiferencia y del olvido, y ya ha creado, con su sacrificio, un conflicto político de enormes proporciones. Dejar la huelga de hambre, ahora, sería otra muestra de su sensibilidad, y no un síntoma de debilidad. La fortaleza, a veces, es vivir.

A la espera, pues, de que Aminatu acabe con su agonía para volver a florecer junto a su gente, el tema del Sáhara retorna como lo que es: una vergüenza histórica de España, una venta encubierta, una ignominia. Los acuerdos de Madrid, a seis días de la muerte del dictador, con la dictadura deshaciéndose por los descosidos, fueron el último coletazo malvado, la última herencia negra del franquismo. Los "anexos secretos", cuya información completa desconocemos, ya mostraron el mercadeo entre la dictadura marroquí y la española, tú te quedas la explotación de fosfatos saharauis y yo me quedo los derechos de pesca, tanto monta que abandonemos a los saharauis a su suerte. Y su suerte ha sido un deambular por el limbo territorial, con sus gentes hacinadas en un trozo de desierto, sus líderes encarcelados, su territorio diezmado y sus esperanzas quebradas. Las desgracias de este "territorio pendiente de descolonización", según definición de la ONU, son culpa de España. ¿Resulta extraño que ahora nos chulee Marruecos? ¿Por qué debía serlo, si sabe que tenemos una ardiente cola de paja? No somos amigos de Marruecos, somos sus primos. Y como primos, unos pringados.

11-XII-09, Pilar Rahola, lavanguardia