´La fiebre del ladrillo mata´, Gregorio Morán

Dos concejales zafios y corruptos, un burdel de carretera por mal nombre Mesalina - lo romano farda mucho en el mundo del puterío-,un uruguayo que se dedica a dos actividades golfas y comunes - trajina fulanas y futbolistas-,un fabricante de zapatos arruinado a la busca de algo que calzarse, un par de checos con cuerpos de madera, de los que se ponen a las puertas de las discotecas para asustar a los paletos. Y un muerto. De toda la fauna del retrato coral quizá el único que merezca algo más de una línea es el fiambre, y no por ninguna otra cosa que no sea su categoría de víctima.

Lo mataron mal, de tres balazos tan torpes que aún hay quien cree que lo hicieron para escarmentar al difunto. Tardó ocho días en morirse.

No, desengáñense, no tenemos novela negra. Lo nuestro son frivolidades de escritores con escaso oficio y mucho tiempo, que se tiran toda la novela describiendo con trazos gruesos a personajes sacados de un almacén de pasamanería. Ful, lo nuestro es ful. Se ven demasiado las costuras y los descosidos a una literatura corta hasta de solemnidad. Nosotros no tenemos novela negra, lo que sí tenemos es industria de la novela negra, pero eso ya es muy otra cosa. Reconozcámoslo, las novelas de Manolo Vázquez Montalbán eran muy divertidas (para nosotros), estaban llenas de guiños (para nosotros) y entendíamos (nosotros) los dobles sentidos y la tesis subyacente (sic). En resumen, idóneas pajas mentales para una generación que se consolaba en la derrota riéndose de los vencedores (literariamente). La novela negra en España da de comer a un buen puñado, y hasta hay festivales y premios, y el gremio de la pluma negra goza de buena prensa y mucho vocero, pero es al género de la delincuencia lo que las novelas de Marcial Lafuente Estefanía al oeste americano: una modesta ficción para gente distraída. Como casi todo entre nosotros, la realidad nos desborda y nos supera.

Ahí está, ya digo, esa historia de dos concejales atrapalotodo, un puticlub de carretera con sala vip, el uruguayo locuaz y los dos muebles humanos fabricados en la vieja Checoslovaquia. Ocurrió en Polop y para mí que pasará a la historia como símbolo del tránsito entre dos etapas mafiosas. La de la acumulación primitiva y la de optimización de los beneficios con exigencia de crimen.

Porque resultó que un día, vísperas de 1995, dos tipos descubrieron al mismo tiempo que había mucho que dinero que ganar y que estaban desaprovechando su talento de mercado. Uno de ellos era Juan Cano, bisojo y arrogante, parlanchín y responsable en el pueblo de la sucursal de la CAM-Caja del Mediterráneo, para los legos-,una fuente inmarcesible, en un pueblo que rebosa de aguas, para saber cuánto dinero se manejaba la gente y cuánto se podía ganar. El otro, un modesto vendedor, taimado y miedoso, ayudante siempre de cualquier verdugo en la modesta escala de Polop, un pueblo que fue hermoso con 4.100 habitantes registrados, un tal Joaquín Montiel, más conocido por Ximo Duracell, por eso de la familiaridad y porque vendía pilas, y es posible también porque no se estaba quieto y tenía, como suele decirse, cuerda para rato.

¿Qué mejor sitio para encontrarse dos almas gemelas en ambición y burricie que en un partido, una alcaldía y una inmobiliaria? Allí se fueron los dos al Partido Popular, uno de concejal de Urbanismo y el otro de Turismo. Tal que Zipi y Zape. Y a meter mano a la caja, o al menos acariciarla. Acompañaban al alcalde de su partido, Alejandro Ponsoda, un pringao sin otra ambición que ascender en el escalafón del municipio, que había empezado de funcionario en el Registro y llegó a regidor. No tenía, con toda seguridad, sangre de emprendedor, de hombre de negocios; ellos sí. Tan es así que en apenas unos años emprendieron su ascensión a la gloria y confirmaron aquella frase, hoy tan olvidada, de su vecino y jefe de partido, Eduardo Zaplana, alcalde otrora de Benidorm, a nueve kilómetros de Polop: "Nos vamos a forrar".

Y empezaron a cumplirlo. Se les cruzó un vado. Textual. Un miserable vado y un cabrón, un listo que por eso de que le pedían una propinilla por la concesión del vado - 25.000 euros, cuatro millones de los de antes-una nadería, en fin, que el tío lo fijó en el móvil y pasó la copia a la Guardia Civil. Hubo que tapar el asunto y los jefes del PP, que debían estar curados de espanto, y hasta el mismo alcalde, el tal Ponsoda, un blando sin pasión por los negocios, los cesaron y hubieron de retirarse en el 2003. Pero volvieron, vaya si volvieron, y su partido, como ocurre siempre, les aceptó ante la amenaza de que formaran un grupo independiente, algo así como "Demócratas por Polop", que acabaría con la mayoría absoluta del PP. Hay quien a esto lo llama chantaje, pero en la lengua del gremio político-inmobiliario se denomina negociación. Negociaron y volvieron a las listas. Ya eran tipos bragados, auténticos profesionales en el mundo de la burbuja. Pasmo causaban. En el 2004 una parcela rústica que les costó 7.500 euros la vendieron en 290.000. Eso es saber invertir, lo demás mariconadas. Chalets, coches de alta gama, 24 cuentas corrientes; una menos que su señora, doña Mari Carmen Berenguer, que disfruta de 25 talonarios. Sin descuidar el futuro, una buena educación para la niña, en Miami, para que aprenda inglés y business y se codee con gente que hizo como su padre pero muchos años antes.

Lo que viene luego introduce una novedad. Que los alcaldes de España vayan a la cárcel es algo que uno acaba acostumbrándose - sólo en Alicante ya van cuatro, y sin prejuicios ideológicos, socialistas y populares, que quien recalifica unido sigue unido hasta la trena-,pero que en un mismo partido se organice el asesinato del alcalde es infrecuente. Lo será cada vez menos, porque hay mucho dinero en juego y la vida es así y nuestras alcaldías también. Según los informes policiales el vicealcalde, Juan Cano, el bisojo que veía muy lejos, organizó con varios socios de la burbuja la liquidación del alcalde Alejandro Ponsoda. Se encargaron de ejecutarlo los dos checos y a fe que lo hicieron de pena: o se pasaron en la advertencia o se quedaron cortos en la liquidación. Necesitó ocho días para el más allá. Hasta aquí lo que nos han dejado saber. ¿Y el resto?

Entre el asesinato del alcalde de Polop y las detenciones transcurren dos años. ¿Es tiempo, no? El suficiente para que el organizador del asesinato, según  la Guardia Civil, le sustituyera en el cargo, siendo desde el comienzo el principal sospechoso. Bastaba con preguntarse el tópico cui prodest las dos coincidencias entre los comisionistas de las burbujas inmobiliarias, sean en Polop o en l´Hospitalet, son el descaro y el bautismo anglosajón-,la situación del Ayuntamiento, el silencio del pueblo. De todo eso nada.

Desde el momento en que están en juego miles de millones en recalificaciones, burbujas, blanqueos y tráficos varios, los pueblos se convierten en vertederos sociales, basureros de lujo donde el silencio se compra. Fíjense en Polop. De los once concejales, seis son del PP, 2 socialistas y tres del curioso y de seguro rentable partido Gent de Polop. Los populares no han perdido la mayoría absoluta porque el alcalde encarcelado no ha cedido el acta ni se la han pedido, ni es probable que lo haga. De esta historia lo que más me sorprendió es lo mucho que ha caído el precio de una vida. Aseguran que por matar al alcalde, al pobre Alejandro Ponsoda, desembolsaron 50.000 euros. No llega a diez millones de las antiguas pesetas. Una inversión modesta, casi como un parking.

5-XII-09, Gregorio Morán, lavanguardia