´La familia unida jamás...´, Pilar Rahola

Permitan que les presente el comedor de mi casa, esa tupida red de sentimientos que puede con todo, los sinsabores, las esperanzas fallidas, los fracasos. Y que, a la vez, goza también con todo, las ilusiones, los proyectos, los éxitos. Se sientan a la mesa tres hijos. La mayor, hija biológica de mi primer matrimonio, el segundo, hijo adoptivo también de mi primer matrimonio, y la pequeña, hija adoptiva de mi segundo marido. Los orígenes también son diversos, unos catalanes, otros navarros, la pequeña, nacida en Siberia. En el círculo ampliado, la mesa se agranda con unos padres que se mantienen como el tronco central de nuestro sentido familiar, y con ellos, hermanos, sobrinos... No solo es un comedor feliz, sino que es la garantía de esa felicidad, hasta el punto de que nada de lo que pasa fuera es más importante de lo que nos pasa entre nosotros. Somos porque vamos juntos por la vida, y la complicidad que tejemos nos construye, nos protege y nos mejora como personas. Esa familia que es mi familia ¿entraría en la corrección inmaculada que exigen los voceros de monseñor

Rouco Varela? Cuando estos garantes de la ortodoxia salen a la calle a gritar a favor de la familia tradicional, ¿de qué familia hablan? ¿La mía es tradicional siendo divorciada, a pesar de ser profundamente amante de las tradiciones? Y, sobre todo, ¿quiénes son para considerar que hay familias moralmente más elevadas que otras, en función de su diseño interior? ¿Qué es la familia, un estándar prefabricado, regido por unas normas artificiales, o el resultado de algo tan sutil como el amor y la convivencia? Y sobre todo, cuando hablan de defender la familia, ¿están defendiendo la familia, o están defendiendo un conjunto de prejuicios ancestrales, cuya inflexibilidad tiene poco que ver con la trascendencia divina, y mucho que ver con los miedos atávicos? Que no metan a Dios en esto. Porque Dios, probablemente, está más cerca de esa familia monoparental que lucha contra las dificultades, o de esa pareja homosexual cuya felicidad va pareja a la del niño que han rescatado de la nada, que no en el interior de un saco de prejuicios. Dios es un concepto moldeable, que sirve para un roto y para un descosido. Lo triste es que sirva para imponer ortodoxias, cuyo mantenimiento no tiene que ver con la felicidad de la gente, sino con su falta de libertad.

No olvidemos que, a pesar de estos ayatolás del dogma, que intentan secuestrar el concepto de familia, el divorcio nos ha hecho libres y... nos ha permitido a muchos volver a creer en la familia. ¿Qué es, pues, la familia? Un comedor de casa feliz. El interior de ese comedor depende de contingencias, errores y aciertos, orientaciones, elecciones y deseos. Es una red de complicidades y sentimientos, y como tal es poderosa. No porque lo imponga ningún dogma jurásico, sino porque lo impone el amor.

29-XII-09, Pilar Rahola, lavanguardia