┤Trinidad, chica, ┐te decides o no?┤, Quim Monzˇ

Yo, que de política sé poco,  me enteré de la existencia de Trinidad Jiménez hace siete u ocho años, cuando el PSOE la presentó como candidata a la alcaldía de Madrid, en aquellas elecciones en las que ganó Ruiz-Gallardón (primo suyo, por cierto). Su cartel, en el que aparecía con chaqueta de cuero negro, daba un toque motero que consiguió muchas columnas de prensa y el mayor número de concejales socialistas desde que el alcalde Barranco perdió el cargo.

Ahora Jiménez es ministra de Sanidad. Es la encargada de dirigir la reforma de la ley del tabaco en los lugares públicos, una reforma con la que llevan años mareándonos y que aún brilla por su ausencia. El lunes, Jiménez se fue a Onda, en la Plana Baixa, a inaugurar un centro de día para enfermos de alzheimer, y volvió a hablar de la reforma. Según las agencias dijo: "Hoy en día ya sabemos que perjudica gravemente a la salud no solamente el hecho de fumar, sino que el humo ambiental es gravemente perjudicial", y que su "obligación como ministra de Sanidad es proteger la salud de toda la ciudadanía". Todo muy bonito. Acto seguido explicó que el rollo de la Federación Española de Hostelería - que hace un par de meses se sacó de la manga un apocalipsis según el cual, si se hace la reforma, cerrarán setenta mil establecimientos y se perderán doscientos mil lugares de trabajo-no tiene fundamento, porque en países donde se han aplicado leyes similares (Gran Bretaña, Italia, Turquía, México, Argentina, Chile y Uruguay) ni bares ni restaurantes han visto que la clientela mengüe en absoluto. Todo como si la cosa estuviese ya muy decidida. Pero, acto seguido, al preguntarle cuándo se haría efectiva, no anunció ninguna fecha y se escabulló por la tangente: "Tomaremos la decisión en el momento oportuno, que será cuando lleguemos a un acuerdo y a un consenso básico con todos los grupos políticos del Congreso". Es decir: nunca, porque con el grupo popular ese consenso es imposible, si no cambian las tornas.

Lo de esta ley pasa de castaño oscuro. Primero se hizo mal - cargando en las espaldas de los hosteleros la decisión de si en sus locales se fuma o no-y luego, cuando vieron que era un fiasco, quisieron ponerle remedio y ahí están aún, sin avanzar. Sucede que, por una de esas maravillas de la vida, lo de fumar en locales públicos se ha convertido en una cuestión identitaria. En zonas nacionales,fumar es un símbolo inquebrantable, como el toro en medio de la bandera rojigualda. El Gobierno socialista, si de verdad está convencido de que fumar en lugares públicos es una animalada, debería dar ya el paso siguiente. Pero no lo da porque tiene miedo a una batalla que les reste votos. De modo que mitinean y prometen la reforma pero no se atreven a hacerla. No tienen agallas. Son un hatajo de falsos. Tanta chaqueta de cuero y tan poca entereza.

12-III-10, Quim Monzó, lavanguardia