"Enseñar a vivir", Quim Monzó.

Enseñar a vivir

Han sido necesarias unas cuantas décadas con los modelos educativos en manos del poder progre para que una serie como Supernanny sea una realidad. La pasan los domingos por TV3, poco antes de las ocho de la tarde. El simple hecho de que alguien haya visto en ella un filón demuestra hasta qué punto, en el planeta entero, muchos padres han perdido el norte. Miembros de pleno derecho de lo que Jordi Barbeta define como la Internacional Papanatas dejan crecer a sus vástagos sin negarles nunca nada. No quieren frustrarlos ni reprimirlos; quieren que sean felices y, para ello, no se les ocurre nada mejor que no ponerles límites. De modo que crecen cual arbolillos silvestres, y si a los tres años son ya expertos en poner los pies en los sofás (propios y ajenos), a los dieciocho se saltan alegremente las barreras de los pasos a nivel, aunque después venga un tren y los arrolle, como en Vilaverd. Si nunca se han acomodado a ninguna norma, ¿por qué deberían hacerlo por el hecho de tener un volante en las manos?

Cuarenta años atrás, Supernanny hubiese sido impensable, por irreal. Pero la sobredosis de plastilina y laissez faire que empezó por aquel entonces nos ha llevado a la situación actual. La idea de la serie es simple. Más que de cuidar a los niños, la protagonista muestra a los padres cómo educarlos. Les enseña a plantar cara a su tiranía, a castigarlos cuando hacen lo que no deben y a felicitarlos cuando lo hacen bien. El niño del primer episodio, el que pasaron el domingo, se llamaba Charly, y con sólo dos años era ya un déspota al que sus padres, pobres de espíritu, se veían incapaces de controlar. Basta girar la vista alrededor para ver la cantidad de Charlys y padres de Charlys que hay a nuestro alrededor. Coincido cada tanto con una señora, cercana a los sesenta, que a la que puede me cuenta con cara emocionada las diabluras de su nieta, una cría maleducada que se dedica a putear a su hermano pequeño. Los padres y los abuelos fingen reñirla, pero en el fondo están encantados. "Ay, es tan mala...", me explica la mujer con una cara enfurruñada tras la que reluce su orgullo de abuela. "Ay, es tan mala...", dice, pero en realidad lo que piensa es: "Es tan espabilada..."

Supernanny no será un éxito masivo, es evidente, porque a quien no tiene o no ha tenido críos todos esos docudramas con niño le importan un pepino. Pero en cambio será -seguro- tema de debate estival, en la terraza del bar de veraneo, e incluso, llegada la rentrée,en las reuniones de las APA y las AMPA, que es como han sido ortodoxamente rebautizadas la mayoría. Yo espero anhelante el día en que, emparedado entre dos mitades de esa Supernanny que se esfuerza por demostrar que la disciplina y las normas son imprescindibles para que los niños se conviertan en personas y no en energúmenos, nos pasen un bloque de anuncios en el que haya alguno de esos que tanto complacen a los herederos lolailos de las teorías de la educación antirrepresiva. Ese de Skip, por ejemplo, en el que dos niñas van con las manos sucísimas y se las limpian en el vestido y entonces aparece la madre y, en vez de pegarles una bronca de cuidado y explicarles que las manos nunca deben limpiarse en el vestido, les dice que no se preocupen, que muy bien hecho, que los niños tienen que ensuciarse y que las manchas enseñan a vivir.

lavanguardia, 15-VII-05