´Grecia y el futuro de Europa´, Walter Laqueur

Seis años es un lapso de tiempo muy largo en política. Hace seis años, Grecia fue país anfitrión de los Juegos Olímpicos, ganó (inesperadamente) la Eurocopa de fútbol y el mundo admiró (como dijo Kathimerini,el principal periódico de Atenas, la semana pasada) los logros económicos, sociales y culturales del país. ¿Qué cabe decir hoy? No hay más remedio que referirse a la crisis, a sus causas, al alcance de sus efectos en Europa y a lo que cabe hacer al respecto (si es que realmente puede hacerse algo) para impedir un desastre completo.

Los historiadores, por su parte, abordarán los factores que provocaron la crisis: que las autoridades griegas se engañaran a sí mismas y a los demás sobre la auténtica dimensión de sus deudas y el hecho de que Grecia es, fundamentalmente, un país pobre que ha gastado mucho más de lo que ganaba. La circunstancia de su pertenencia a la eurozona no ha resultado tampoco de gran ayuda; de haberse visto en el brete de arreglárselas por su cuenta, la magnitud de sus graves problemas habría salido a la luz mucho antes. Se han propuesto explicaciones carentes de sentido: por ejemplo, la afirmación de que Grecia gastó excesivamente en defensa (un 2,8% de su PNB). Pero la vecina Turquía gasta más y está en mejor forma financiera. Irlanda gasta menos en defensa que cualquier otro país europeo (salvo Luxemburgo) y afronta actualmente dificultades casi tan aterradoras como las de Grecia. En el caso de Portugal, algunos analistas creen que la crisis obedeció en parte a la reacción de los mercados después de que la coalición de trotskistas y maoístas lograra un 10% en las elecciones del 2009. Pero aunque los mercados tienden a ponerse histéricos y a comportarse a veces de modo insensato, no han perdido del todo la cabeza. ¿De qué peligro estaríamos hablando? ¿Qué podría hacer la extrema izquierda en Portugal aunque accediera al poder de un modo u otro?

¿Cómo explicar, por cierto, que Polonia y Eslovaquia hayan seguido una senda próspera durante los últimos años mientras que Hungría haya derivado por la vía contraria? Grecia ha estado malacostumbrando a algunos sectores de su población, en concreto a los jubilados; los salarios no eran tan altos como las pensiones, que sí eran elevadas y se concedían a los 61 años frente a los 67 años en Alemania. Tal situación no propició una buena disposición por este país, que habrá de pagar muchos millones para sacar a Grecia del apuro, al menos de forma provisional.

En un momento dado de la historia, el primer ministro griego tuvo la brillante idea de reclamar reparaciones de guerra a Alemania por la ocupación durante la II Guerra Mundial. Pero sean cuales fueren los daños y delitos causados por los alemanes, han transcurrido 70 años y desde entonces Grecia ha recibido una ayuda sustanciosa a través de la UE. Con el mismo argumento justificativo, los griegos podrían reclamar reparaciones a Turquía, que ocupó el país durante siglos: cabe imaginar cuál podría ser la reacción turca.

¿Qué sucederá ahora? Todos los economistas coinciden en que no existe una buena salida de esta situación y en que la ayuda concedida no hará más que retrasar el momento de rendir cuentas. ¿Debería Grecia declararse en bancarrota? ¿Debería Grecia abandonar la eurozona? ¿Debería circunscribirse la eurozona a las principales economías europeas? Las hipótesis de una catástrofe son variadas. Cuando hace tres años publiqué un libro sobre la crisis, censuraron mis puntos de vista por considerarlos demasiado pesimistas, pero ahora soy yo quien constato la desesperación de mis críticos. Entonces consideraba, y sigo considerando, que la crisis europea es de tipo económico-financiero sólo en parte y que tal factor podría ser además el aspecto menos determinante de la situación presente.

Europa puede avanzar hacia una unión política más estrecha. Como observó Leo Tindemans, el político belga, en un informe sobre la situación de Europa hace más de 30 años, una casa a medio hacer no puede durar; la lluvia, el viento y la erosión causarán, en último término, la ruina del edificio. Si la economía griega hubiera sido gestionada por una autoridad central, posiblemente el desastre no se habría producido. Aunque había notable oposición: ¿por qué debería decidirse la trayectoria (como también la aplicación, en cada caso, de los principios del Estado de bienestar y de muchos otros aspectos) de la economía griega en Berlín, París o Bruselas? Y lo propio cabía y cabe decir de cualquier país europeo. Algunos políticos y economistas creen que una tendencia a una integración política y económica más estrecha se producirá - si realmente se produce-sólo como consecuencia de una crisis importante. Como dijo hace muchos años Jean Monnet, uno de los padres de la UE, las crisis son grandes factores de cohesión.

No obstante, es posible que nunca llegue la ocasión. La alternativa estriba en limitar la eurozona a los países que no incurran en gasto excesivo o, incluso, en abolir totalmente el euro. No sería el fin del mundo ni de Europa. Sería una situación similar, en ciertos aspectos, a la predominante en Latinoamérica, donde los distintos países conviven en paz y comparten parecidos valores culturales e intereses comunes, pero no se hallan estrechamente vinculados entre sí. Implicaría, también, que la situación de Europa en el mundo y su importancia política, así como su capacidad de influir, tendrían las dimensiones de las de Latinoamérica.

9-V-10, Walter Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington