´No siempre los buenos lo son´, Quim Monzó

Hace unos meses, un día, en Sevilla un peatón decidió cruzar una calle y lo hizo por donde le pareció. Empezó a sortear coches justo en el momento en el que pasaba un ciclomotor que, sin tiempo para frenar, se lo llevó por delante.

Ahora, la Audiencia Provincial ha condenado al peatón a pagar treinta y cinco mil euros. Considera que el culpable del accidente fue él, y desestima así el recurso que había interpuesto, alegando que el lugar por el que cruzó, "aun cuando no sea de paso habilitado para peatones, es una zona frecuentada por estos". Según detalla Europa Press, "el peatón ´tuvo la culpa´ del accidente al ´irrumpir´ de manera ´inopinada´ en la calzada por un lugar no habilitado para ello. Según la sentencia, el atropello se produjo ´en una vía de circulación rápida con varios carriles de circulación en cada sentido de la marcha, mientras que el peatón atravesaba por un lugar no habilitado para ello y entre vehículos que estaban circulando´. La sala añade que ´ni de las lesiones causadas ni de ninguna otra circunstancia se puede derivar como acreditado la existencia de una velocidad inadecuada o una distracción por parte´ del conductor de la motocicleta".

Nos encontramos ante una sentencia tan sensata que se ha convertido en noticia. Como se supone que los viandantes son los débiles de la película (los que van en bicicleta, moto o coche circulan a más velocidad que ellos y, en estos últimos casos, con los cuerpos o parte de los cuerpos protegidos por cascos o carrocería), muchos creen que son angelitos caídos del cielo, con impunidad total para cruzar cuando y por donde les apetece, sin usar los pasos de cebra ni respetar las señales de tráfico. Hace años la prensa dijo que, en Barcelona, la Guardia Urbana había empezado también a multarlos pero, como sucede a menudo, todo quedó en nada. El resultado es que siguen haciendo de las suyas, surgen donde los automovilistas menos se lo esperan y sin calcular si el vehículo que se acerca podrá o no detenerse. El caso extremo son los ancianos suicidas, que aparecen de pronto en la calzada, buscando la muerte sin previamente mirar si viene alguien. Y, de la misma forma que es indignante el comportamiento de muchos ciclistas y motoristas -que circulan por la acera llevándose por delante a los peatones-, es indignante que los peatones invadan la calzada sin atender ni a lógica ni a normativa. Por todo lo cual digo yo que habría que instaurar también un carnet de puntos para peatones. Cada peatón tendría el suyo y, por cada infracción que cometiese, se le multaría y se le restarían unos cuantos puntos. Y cuando ya no le quedase ninguno, se le confinaría en casa durante medio año, con la puerta sellada por la policía y sin posibilidad ninguna de ir al Lidl a proveerse de chóped o al Casal Sant Jordi a jugar al set i mig.

8-V-10, Quim Monzó, lavanguardia