´Grafitis´, Quim Monzó

Grafitis y totemismo

El líder supremo chino, Hu Jintao, se fue a la Prefectura Autónoma Tibetana de Yushu a demostrar lo magnánimo que es el Gobierno con los tibetanos desde que son parte de la República Popular. Y, como les suele suceder a los políticos cuando van de gira, le tocó ir a una escuela. Las escuelas son chulas, porque el político se puede fotografiar con niños. En este caso se trata de una escuela para huérfanos, que abundan en Yushu desde que hace un mes un terremoto mató a dos mil trescientas personas. El Gobierno aprovechó la desgracia para convertirla en una plataforma de propaganda y, a tal efecto, la televisión oficial puso énfasis en el heroísmo de los soldados y de los médicos enviados desde Pekín (que, por cierto, eran incapaces de hablar tibetano y, monolingües orgullosos de su ombligo, no comprendían cómo era posible que allí la gente no entendiese mandarín). Mientras, simultáneamente, minimizaban los esfuerzos de rescate de los tibetanos en general y de los monjes budistas en particular.

El caso es que el líder supremo estaba en la escuela, leyendo con los huérfanos un texto en voz alta y en mandarín (para poner así su grano de arena en el proceso de sustitución lingüística), cuando se acercó a la pizarra, tomó una tiza y escribió: "¡Habrá nuevas escuelas! ¡Habrá nuevos hogares!". Son dos frases impetuosas, dos promesas para los desheredados por el ímpetu de la escala de Richter. Luego, cuando se hubo ido, los de la escuela, maravillados porque el líder supremo se hubiese dignado escribir en su humilde pizarra, la descolgaron y la llevaron al museo provincial. Sabia actuación, porque podría haber pasado que, en un descuido, un niño se aplicase con el borrador y la hiciese desaparecer, como los obreros de Melbourne que taparon con una capa de pintura una obra de Bansky.

Como la tiza es un material no precisamente duradero, ha llegado ya al museo un experto en preservación de obras de arte, el mismo que reparó los famosos guerreros de terracota. Aplicará su sabiduría y su experiencia en construir un contenedor hermético, a la medida exacta de la pizarra, para que esta encaje y se conserve por los siglos de los siglos, en un admirable ejercicio de idolatría simultáneamente marxista y posmarxista.

Grafitis y sacralización

Al principio, los grafiteros empezaron con los tags, esas firmas a lo hip-hop, con sus seudónimos. Gregarios, hoy todos los tags del mundo se parecen, calcados los unos de los otros a partir de los estadounidenses. Ante tanto rebaño, los grafiteros que han destacado a lo largo de las décadas son precisamente los que se desmarcan. El primer caso sonado fue el de Keith Haring. Sus dibujos con rotulador o con tiza, siempre en el metro de Nueva York, eran simples y figurativos. El bebé radiante,y las demás figuras humanas o caninas, regordetas, lo llevaron a la fama mundial. Tras Haring, los mejores son el francés Blek le Rat y el británico Bansky, un artista que, como todo grafitero, juega con una personalidad fantasma, porque pintar edificios está castigado, en principio. Lo bueno de Bansky y de Blek le Rat es que son grandísimos dibujantes. No se limitan a emporcar las paredes con sus seudónimos ególatras y quillos. Las pinturas de Bansky son inteligentes, irónicas, y muy bien hechas. Como debe ser, tiene un montón de denuncias pendientes, pero la gente adora tanto sus monigotes que en ocasiones fuerza a los ayuntamientos a no borrarlas.

La noticia, ahora, es que en Australia, en Melbourne, los obreros encargados de la limpieza dieron una capa de pintura a un grafiti que Bansky pintó hace años sobre un muro de un edificio municipal. Los obreros cumplían con su deber: les dijeron que tenían que limpiar la calle y así lo hicieron. Probablemente no tenían ni idea de quién es Bansky. De modo que ahora el Ayuntamiento intentará quitar la capa de pintura con la que lo cubrieron y proteger el grafiti con una capa de polimetilmetacrilato transparente, como hicieron hace años con otro de Bansky que otro grafitero repintó a su manera. Es una situación fantástica. Los grafitis son una plaga, pero si el grafitero que los pinta tiene consideración internacional, las autoridades (que persiguen a los otros), a este lo protegen. ¿La pompa del arte engulle a los rebeldes?

En 1969, con motivo de la exposición Miró, l´altre, Miró hizo una gran pintada en las cristaleras del Col·legi d´Arquitectes, en la plaza Nova de Barcelona. Cuando llegó el momento de cerrar la exposición, ya había surgido la polémica. ¿Había que conservar aquellos cristales, ya de valor incalculable al haber sido santificados por Miró? Ni corto ni perezoso, para acabar con la polémica Miró en persona empezó a limpiarlos con una espátula, tras lo que llegaron las mujeres de la limpieza, con mochos y cubos. Nacido más de ochenta años después de Miró, ¿será Bansky más conservador que él? ¿No debería aprovechar la circunstancia para, poniéndose ahora del lado de los obreros del Ayuntamiento de Melbourne, cubrir él mismo su grafiti y denunciar así la sacralización a la que lo están sometiendo? ¿O ya le va bien?

15/14-V-10, Quim Monzó, lavanguardia