´Sed amables con el recién llegado´, Quim Monzó

La idea de presentar como candidato electoral a un personaje extravagante, que al romper la norma pone al resto de los candidatos en evidencia, viene de antiguo. El primer caso que recuerdo fue el de Coluche, el cómico francés, pero quizá antes hubo algún otro. Meses antes de las elecciones de 1981 Coluche anunció medio en broma que iba a presentarse. Inmediatamente las encuestas le dieron un 16 por ciento de intención de voto. El pánico cundió entre los candidatos serios y empezaron las amenazas de muerte, por teléfono y por carta. Poco después, su regidor apareció con dos balas en la nuca. Dos meses antes de las elecciones Coluche decidió retirarse.

Ahora, en Islandia, otro cómico -Jón Gnarr- ha conseguido llegar a la alcaldía de Reikiavik encabezando las listas del Partido Mejor, fundado hace apenas seis meses. Que nadie piense que esa alcaldía es poca cosa. Teniendo en cuenta que, de los 318.000 habitantes de Islandia, 200.000 viven en Reikiavik, no se trata de una victoria menor. Las armas que lo han llevado a ella se salen de lo usual. Los políticos al uso aseguran siempre tener las manos limpias y juran que cumplirán sus promesas; y luego pasa lo que pasa, como se puede ver con sólo echar un vistazo a nuestro alrededor. Los candidatos del Partido Mejor, en cambio, ya durante la campaña electoral se han confesado corruptos, y aseguran que no cumplirán sus promesas. De entrada hay que decir que la de no cumplirlas los obliga a cumplirlas.

Es el hartazgo universal. La gente aguanta, aguanta, aguanta y, cuando ya no puede más de mangones e inútiles, revienta con inventos como esos. De hecho son la válvula de escape que evita que la olla a presión acabe explotando de verdad. Por eso los políticos profesionales no deberían vilipendiarlos, a no ser que -como le sucedió a Mitterrand cuando Coluche anunció que se presentaba- les fuese en ello la presidencia del Estado. Como también aquí la gente está hasta la coronilla, no es descabellado pensar que Ariel Santamaria -el equivalente catalán de Gnarr- pueda llegar al Parlament. Son muchos los catalanes que, hartos de las cabriolas tripartitas, cambiarán esta vez su voto y optarán por algo que nunca votaron; por CiU, la mayoría. Pero otros no están hastiados sólo del tripartito sino del pack entero: de los gobernantes incapaces de prever la crisis anunciada y que luego piden que seas tú quien se apriete el cinturón, sí, pero también de Gürtel, del milleteo, de los pretorianos... Atravesando todo el espectro político, la corrupción y la ineptitud asquean, y ese asco hará que parte de los votantes opte por la excentricidad. Por eso, cuando este otoño Ariel Santamaria entre en el Parlament, yo, si fuese diputado, no le pondría mala cara. Al contrario: sonriente, le agradecería haber hecho de válvula de escape de la indignación ciudadana. Además, igual incluso hay que pactar con él.

2-VI-10, Quim Monzó, lavanguardia