´Más allá de Sudáfrica´, Quim Monzó

La columna del jueves de Magí Camps decía unas cuantas verdades sobre las pruebas de selectividad de estos días. Que el control de lectura no está bien planteado (y los que las convocan deberían leer su argumentación, de cara a otros años). Que ya cansa el sonsonete de que la prueba de catalán es más difícil que la de castellano. Soy de su misma opinión. Para la mayoría de los que se quejan, la prueba de catalán sólo sería de su agrado si no existiese. A ver si, el año que viene, los medios de comunicación no vuelven a recortar la verdad a su medida para conseguir titulares a costa de esa cantilena.

Y, hablando de titulares, el de la columna de Camps ("Qué difícil, pobrecitos") condensa en tres palabras la sensación de que hay oleadas de estudiantes para los que cualquier prueba es un trauma, sobreprotegidos como viven entre algodones. Es una pandemia que se da en medio Occidente, y que hace días vi llegar a un grado de desatino fenomenal leyendo el National Post canadiense. Resulta que, desde hace un mes, en la liga infantil de fútbol de Ottawa, si un equipo gana un partido por más de cinco goles, lo pierde automáticamente. Es decir: puedes ganar por 1 a 2 o por 9 a 4, pero, si pasas de cinco goles de diferencia, consideran que estás abusando y, en vez de conseguir los tres puntos, los pierdes. Como es obvio, y por mucho que South Park se burle de los canadienses, también los hay con dos dedos de frente y se han llevado las manos a la cabeza y protestan diciendo que esa nueva norma no prepara a los chicos para la vida real; que los niños y los adolescentes crecen precisamente contra la adversidad; que en ningún lugar del mundo ha habido nunca una norma así; que, desde que se implantó, los equipos que a medio partido ganan ya por cinco goles no saben qué hacer con la pelota, y que se limitan a pasársela sin avanzar, por miedo a marcar, mientras que para los que pierden nada mejor que les metan otro gol, para así llevarse ellos los tres puntos. El mundo al revés.

Los defensores de la norma dicen que así la autoestima de los que pierden no queda machacada y piden que "los entrenadores de los equipos más fuertes convenzan a sus jugadores para que eviten los contraataques, que los hagan rotar a fin de que no jueguen en sus posiciones usuales, que les ordenen pasarse la pelota en rondos, que les pidan que chuten con su peor pie, que saquen a unos cuantos jugadores del campo para jugar con menos, o que digan a sus jugadores que marquen desde más lejos". Según estos iluminados - que saben tanto de fútbol como de educar a niños-,la nueva norma favorece el espíritu deportivo en un mundo en el que ya hay demasiada competitividad. Crecidos entre tanta blandenguería, no es extraño que de mayores acaben convirtiéndose en abúlicos o en monstruos, liofilizados en ambos casos. Realmente, qué difícil, pobrecitos.

12-VI-10, Quim Monzó, lavanguardia