´Creatividad digital´, Manuel Castells

Hace poco he disfrutado de una fascinante conversación científico-intelectual. Nos reunimos en Sevilla a puerta cerrada un pequeño grupo integrado por personas del mundo de la neurociencia (Antonio Damasio y Hanna Damasio), el diseño (William Mitchell), el desarrollo local y regional (Peter Hall), la comunicación (Manuel Castells), la cultura libre digital (Larry Lessig) y la creación musical transformada en política de la cultura (Gilberto Gil). Nuestro propósito era entender, desde distintas perspectivas, cómo se transforman (o no) la creatividad y la innovación en el entorno digital que caracteriza nuestra sociedad. No es una cuestión baladí. La creatividad está en el origen de la innovación y la innovación es fuente esencial de la riqueza en la economía del conocimiento. No llegamos a conclusiones. No era ése el objetivo. Pretendíamos simplemente iniciar una reflexión que abarcase desde cómo el cerebro crea hasta cómo esa creación se convierte en innovación comercial o social. Por tanto, no le puedo hacer un resumen del seminario. Si le interesa, encontrará la grabación dentro de poco en la web de Fundación Telefónica. Pero sí puedo compartir mi propia visión del tema. Un tema que tiene verdadera trascendencia para la cultura, para la economía y para las instituciones que regulan la cultura y, naturalmente, los derechos de propiedad intelectual.

Sabemos que la creatividad (producir algo nuevo) y su derivada la innovación (añadir valor a un producto o un proceso mediante la aplicación de una creación) constituyen un proceso de activación mental dependiente de la estructura y dinámica del cerebro. Pero ese proceso se desarrolla en interacción con un contexto cultural e institucional y en determinados tiempos y espacios. El proceso de creación mediante activación del cerebro se hace social a partir de la exteriorización de la creación más allá de la frontera biológica del individuo creador. Ese cruce de la frontera mental al territorio social se llama comunicación. La comunicación consciente es el rasgo distintivo de nuestra especie y por consiguiente las formas que adopta la comunicación afectan tanto a su contenido como a sus efectos. Hay distintas formas de cultura y de innovación a partir de la cultura según las tecnologías de comunicación que se utilicen. Lo distintivo de nuestra sociedad es que la comunicación decisiva es la digital, caracterizada por una serie de rasgos llenos de significación. Podemos mezclar, combinar y comunicar cualquier producto cultural con otros sobre la base de un lenguaje común, el lenguaje digital. A través de internet y la comunicación móvil podemos comunicar interactivamente de lo local a lo global y de lo global a lo local en cualquier tiempo. La comunicación es multimodal, visual, textual, auditiva y también presencial: vivimos en la virtualidad real. Podemos reconfigurar de forma ilimitada todos los contenidos de la comunicación así como sus programas de relación. Podemos tener acceso a innumerables bases de datos digitalizadas que constituyen un hipertexto en el que está contenida, en evolución constante, la inmensa mayoría de los resultados de creación de la humanidad. En la medida en que las redes de comunicación de los contenidos culturales se relacionan unas con otras, se constituye gradualmente una mente colectiva mediante una red formada por miles o millones de cerebros. El resultado es que la creatividad, aun originada individualmente, es un proceso colectivo e interactivo: son redes de creadores más que creadores en red. La producción de nuevos significados desborda al individuo para desplazarse a la red. Ejemplos concretos de este proceso son fenómenos como la colaboración artística en red virtual; las redes cooperativas de programación en software libre, como Linux; la creación musical y de imágenes a partir de la recombinación de productos existentes a los que se añade la contribución propia; las enciclopedias cooperativas, como Wikipedia; la inmensa variedad de proyectos wikis; la creación de formas, relaciones y proyectos en ese mundo virtual-real en el que se ha convertido el juego virtual Second Life, en donde viven más de cuatro millones; el despliegue de creatividad en los 100 millones de vídeos que se ven cada día en YouTube y con los que interactúan más de 20 millones de personas; las ideas, poemas, experiencias y debates que se intercambian en los 70 millones de blogs; y desde luego las colaboraciones de científicos investigando en línea o de estudiantes haciendo sus deberes con sus amigos por internet o SMS.En ese nuevo universo comunicacional, la alta cultura, la cultura popular y mi cultura se entremezclan en sus expresiones y en sus audiencias. La práctica simultánea de múltiples tareas se convierte en norma de vida para las nuevas generaciones. Yel cerebro necesita aguzar sus capacidades de atención y, sobre todo, de selección y de edición para transformar el océano de señales en el que vivimos en contenidos útiles para lo que de verdad queremos hacer. Pasamos del estado vegetativo de mirar la televisión a la hiperexcitación interactiva del entorno digital en el que vivimos.

Naturalmente, el régimen tradicional de derechos de propiedad intelectual se hace impracticable. Los intentos desesperados de las grandes empresas y de las sociedades intermediarias de gestión por mantener el monopolio de la cultura se oponen al desarrollo autónomo de una creatividad cultural basada en la libertad de usar lo que otros han hecho para recombinarlo y devolverlo a la comunidad de creadores a través de la red. Pero hay algo mucho más grave. Al etiquetar como piratas a los millones de jóvenes que en todo el mundo se intercambian la música y las imágenes que han cargado en sus memorias electrónicas convierten en delincuentes a buena parte de toda una generación. En realidad, apenas pueden castigar a unos pocos, porque contra un movimiento espontáneo de esta dimensión poco puede hacer la represión. Pero el daño mental, como señalaron Lessig y Damasio en nuestro diálogo, es mucho mayor. El crecer y ser joven en una sociedad que te señala como criminal por hacer algo que necesitas y que te parece normal y justificado ensancha aún más el foso entre nuestras instituciones y nuestra juventud, o sea, entre nuestro presente y nuestro futuro.

De ahí que parece inevitable la transformación del modelo de negocio de las industrias culturales, las industrias más importantes de nuestro tiempo (mucho más significativas económicamente que el automóvil), mediante una adaptación a las nuevas condiciones de gestión de la propiedad intelectual en consonancia con la creatividad, madre de la innovación, que es a su vez la madre del cordero económico.

Y, en fin, la innovación depende cada vez más de la capacidad de relacionarse con ese universo digital en donde están los productos de la creación y su intercambio constante. A veces para crear productos o inventar procesos que desemboquen en un proyecto empresarial en el propio mundo digital, como los creadores de Google o de MySpace o de YouTube o de Second Life, o de los miles de proyectos innovadores grandes o pequeños que pueblan la red, algunos de ellos, como Bamboo, generados en Barcelona.

En muchos otros casos, para utilizar el estímulo constante de una red en ebullición para pensar nuevas formas de hacer viejas cosas o viejas formas de hacer nuevos productos, como se documenta en el libro Pensat a Barcelona,que acaba de publicar Barcelona Activa.

En medio de esta efervescencia, el cerebro (origen de lo que hacemos y sentimos) evoluciona a través de una nueva relación con su entorno, los creadores experimentan con nuevas formas de expresar sus sueños, los innovadores encarnan los sueños en su práctica emprendedora y la comunicación digital alimenta y configura toda esta erupción multiforme de vida. Pero nuestras instituciones, formas cristalizadas de intereses creados, se osifican y atrincheran en el mundo de donde surgieron y que ya sólo existe en las mentes atrofiadas de sus burócratas. Yes así como en la galaxia digital en la que vivimos la creatividad y el poder entran en colisión. Aunque Gilberto Gil, mutante bicéfalo de creador y ministro, nos convenció de que tal vez otro mundo sea posible.

lavanguardia, 2-VI-07.