´La relación padres-hijos´, Luís Racionero

La relación padres-hijos ha cambiado de tal modo en el curso de mi generación que mi vecina payesa de Cinc Claus la resumió así: "Mi padre me manda y mis hijos no me obedecen". Pero una cosa es que los hijos no obedezcan y, por lo mismo, no mandarles ni obligarles a trabajar para los padres, y otra es la abyección en que cayeron mis contemporáneos de someter su tiempo al capricho de sus hijos o a los caprichos inventados para ellos por los propios padres, que deseando, legítimamente, una vida mejor para ellos, se pasaron tres pueblos en la sumisión y dedicaron su vida a ser los chóferes de sus hijos.

"Ve a llevar a los niños al colegio, que cuando yo salga de trabajar llevaré a la niña al ballet y al niño a clase de judo". Por no hablar de los fines de semana en la nieve, tras conducir horas por las heladas carreteras del Pirineo. Ami padre ni a ninguno de su generación jamás se le pasó por la cabeza que fuera obligación suya llevarme en coche a esquiar. Tomábamos el tren en la Plaza Cataluña a las cinco de la madrugada y nos íbamos a La Molina.

¿Qué ha sucedido para que los padres inmolen su tiempo - y por tanto sus vidas - en provecho de los lujos y distracciones de sus hijos? No lo sé. Nadie lo ha explicado, quizás porque es un tema tabú, que ni se plantea. Se vive una experiencia vicaria,como dicen los ingleses, o sea se vive a través del hijo/ a.

Querer realizar en los hijos las cosas que uno no vivió es atavismo conocido, tanto como querer que los hijos salgan como nosotros. En eso nos distinguimos de siglos anteriores. En la sociedad estática del siglo XVIII, por ejemplo, el padre quería que el hijo fuese como él; en la acelerada mutación del siglo XX, los padres no han querido que sus hijos fuesen igual que ellos, porque eso lo hacía imposible el cambio tecnológico imparable, sino que su deseo es que los hijos realicen las ilusiones que ellos tuvieron y no pudieron cumplir.

19-VI-10, Luis Racionero, es/lavanguardia