´Una Castellana y media´, Enric Juliana

Una Castellana y media. Vamos a usar una unidad de medida muy española antes comience el inevitable baile de cifras. Una Castellana y media. Las mayores manifestaciones convocadas en Madrid en los últimos seis años, todas ellas con el timbre del Partido Popular, han tenido lugar en el tramo central del paseo de la Castellana, con punto y final en Colón o en la puerta de Alcalá. He tomado notas de todas ellas, de todas, y puedo afirmar que ayer desfiló más gente por las calles del centro de Barcelona. ¿Una Castellana y media? Sí, más de una unidad de medida madrileña.

Un gran éxito, alimentado en el último minuto por la sagaz decisión del Tribunal Constitucional de adelantar la difusión del texto de la sentencia, prevista inicialmente para el próximo lunes día 12. Leídas esas páginas en las que al constitucionalismo español aún le duele la pérdida de Cuba y Filipinas, mucha gente decidió salir a la calle sobreponiéndose a la fatiga de seis años de insoportable estrés estatutario. Ese fue ayer el acento principal: el deseo de sobreponerse a una fatiga. Sin la estratégica visión de la señora Emilia Casas quizás ahora estaríamos hablando de una Castellana a secas.

¿Seguro que fue la presidenta del Alto Tribunal quien decidió calentar la protesta catalanista? Después de seis años en Madrid, no me lo puedo creer. No. La llave de esa decisión hay que buscarla en el complejo de la Moncloa.

Esa medida no se adopta sin el conocimiento de la presidencia del Gobierno, cuando faltan pocos días para un importante debate parlamentario sobre el estado de la nación española, esa nación que es la única que cabe.

El esquema de trabajo de José Luis Rodríguez Zapatero y sus asesores es fácil de imaginar. La difusión de la sentencia el lunes contaminaba el arranque de la semana; se volcaba sobre el debate parlamentario (miércoles y jueves), y podía interferir las extraordinarias ondas vibratorias de una victoria de España en el Mundial de fútbol de Sudáfrica, acontecimiento en el que el presidente del Gobierno tiene mucha fe. Zapatero ansía entrar el miércoles en el Congreso subido en el carro triunfal de la roja y hacer frente a Mariano Rajoy con la bandera del patrio optimismo.

El Estatut debía quedar fuera de ese cuadro narrativo. En marzo del 2008, tras hallarse a a solo nueve diputados de la mayoría absoluta, Zapatero llegó a la conclusión de que ahora debe mantenerse alejado del sintagma Catalunya. Sin esa determinación estratégica, no se entiende el destilado que nos acaba de servir el Tribunal Constitucional.

Después de más de tres años de onerosa dilación, el Gobierno podía haber bloqueado la sentencia, acelerando desde el Senado la renovación del tribunal. El PSOE podía haberlo hecho y, con su reconocida astucia, así lo ha puesto en escena. Lo ha simulado. En realidad ha preferido acelerar, para despejar el peligroso desfiladero de otoño (presupuestos generales del 2011 sin mayoría parlamentaria clara). Urgía la sentencia y para obtenerla había que aceptar el decimonónico manifiesto político de Manuel Aragón y pactar con el espectro de Manuel Azaña. Así se ha hecho.

¿Le interesaba al PSOE calentar la manifestación de Barcelona? No busquemos tantos maquiavelismos. Zapatero desea, simplemente, entrar el miércoles en el Congreso montado en el carro de la roja.Y tiene un motivo adicional para no temer la calentura catalana. Un catalanismo en ebullición, muy crítico con su estamento político y entregado al grito de In-de-pen-dèn-cia!,dificulta, por ahora, un mayor entendimiento público entre CiU y PP.

Una Castellana y media. Cívica, pacífica, amplia, desbordante, entregada a la fantasía liberadora de la independencia. Una Castellana y media, desconfiada, muy desconfiada. El principal damnificado es José Montilla que ayer, con mucha dignidad, asistió, como en un fantasmal relato de Edgar Allan Poe, a su propio entierro. Al entierro de la centralidad del PSC catalanista y administrativo. Sólo un gesto fuerte de sus 25 diputados en el Congreso durante el próximo debate sobre el estado de España podría salvarle. Y ese gesto no se va a producir.

A Artur Mas no le será nada fácil gestionar todos los malestares que ayer desfilaron por Barcelona. Una Castellana y media de desconfianzas y fantasías. Nada más humano. Si un magistrado del Constitucional puede dictar sentencia desde el convencimiento de que España acaba de perder Cuba y Filipinas, o después de comunicar con el espíritu de don Manuel Azaña, ¿por qué razón un menestral de Sabadell no tiene derecho a imaginarse ciudadano de una Catalunya independiente? Respetando las normas básicas -no matar, no robar...- en el parque humano todo debiera ser posible.

(Hubo ayer una incipiente presencia de banderas europeas. Habrá que seguir insistiendo. El Eurocatalanismo también es una fantasía interesante).

11-VII-10, Enric Juliana, lavanguardia