´El sueño de treinta noches de verano´, Quim Monzó

Mañana acabará por fin este Mundial, uno de los más tediosos de la historia. En unos cuantos días el planeta entero se irá olvidando de Sudáfrica y lo que perdurará en la memoria será la tortura de las vuvuzelas, que en Europa serán la gran novedad de la próxima temporada. Convenientemente modificadas por sus fabricantes chinos, eso sí: en las que ya exportan a Europa han reducido el chillido de las sudafricanas (127 decibelios) a más o menos la mitad. El mundo se olvidará de Sudáfrica, pero allí quedará un montón de estadios que no se sabe para qué servirán. Antes de que empezase el campeonato, el diario sudafricano Mail & Guardian se preguntaba qué harían luego con esas construcciones, quién llenará las gradas cuando los hinchas de estos días se larguen. El economista Stan du Plessis explicaba que los estadios han sido construidos (rehabilitados, algunos) con la vista puesta únicamente en el campeonato, sin calcular en ningún momento su rentabilidad posterior. "La cosa es simple: algunos de esos estadios no estarán en condiciones de cubrir costes. Serán una sangría económica". Du Plessis habla del caso de los estadios que los griegos construyeron para los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, y que ahora se herrumbran sin remedio.

Dar otro uso a antiguos palacios, fábricas o iglesias es fácil. Muchas de estas han sido convertidas sin problema en salas de conciertos o en restaurantes. En los años ochenta, en Nueva York, yo iba a The Limelight, un club de rock y música disco de la Sexta Avenida, situado en lo que había sido la iglesia episcopaliana de la Sagrada Comunión. Pero convertir un estadio en otra cosa es difícil, porque su estructura no es versátil. Para construir edificios demolieron el campo del Espanyol por completo. El precioso estadio londinense de Highbury, en Londres, donde jugaba el Arsenal, ha acabado convertido en un espectacular complejo de pisos, que mantiene parte de la antigua fachada. Pero en ambos casos fueron estadios que funcionaron durante muchas décadas, no sólo durante un mes. El reportero Andrew Jennings, que últimamente investiga los casos de corrupción que se dan en las grandes organizaciones deportivas, tiene las cosas claras: "Un país en proceso de desarrollo como Sudáfrica no necesitaba nuevos megaestadios. ¿Quién pagará ahora la factura? Sudáfrica. Es la larga historia de codicia de la FIFA, a quien Sudáfrica le importa un pito. Han explotado a los sudafricanos de forma vergonzosa. Los han dejado con unos estadios grandiosos pero imposibles de mantener, y ahora los que tienen que pagar la factura son ellos". Vistas las cosas desde esa perspectiva, casi que empiezo a entender el lema de la organización que preside el señor Blatter: "Por el juego, por el mundo".

10-VII-10, Quim Monzó, lavanguardia