´Cuántas vidas en una´, Xavier Bru de Sala

Renunciar. Aprender a renunciar corre parejas con escoger, apreciar de veras lo que a uno le compensa. No obligatoriamente aquello que gusta a los demás. Lo masificado tiene dos orígenes. Por un lado, la similitud entre lo que produce placer o satisface a los humanos. Salirse de la cotidianidad, escapar de las obligaciones, las relaciones de jerarquía - tanto si se ocupa un lugar preeminente como uno subalterno, pues todo acaba cansando-,ir de acá para allá, variar, experimentar sin riesgo. Por el otro, la oferta del ocio, bastante limitada, a pesar de lo que pueda parecer al consultar catálogos. A poco que nos descuidemos, ser sociable comporta seguir la corriente. Si no se puede pasar entre tanto personal, maldeciremos la masa, pero subyace una sensación de haber escogido apropiadamente. Por el contrario, si somos pocos, señal que no debe valer la pena. Un lugar de vacaciones no masificado (suponiendo que lo encuentren) es casi un no lugar.

La tranquilidad, al no ser un bien de consumo, cotiza a la baja. No abundan los robinsones por vocación.

Muy al contrario, parece que la plenitud vital, o lo más parecido a ella, consiste en probarlo todo sin saciarse de nada, apuntarse a lo que sea, subir en globo y descender, no a las profundidades pero sí unos metros bajo la superficie, haber estado en todas partes o en algún sitio parecido o comparable a cualquiera que pueda visitarse, practicar innumerables deportes ni que sea por un día, multiplicar las experiencias, abrirse como abanicos de tres cientos sesenta grados. La tendencia dominante, de un cándido y alocado infantilismo, consiste en coleccionar actividades como los cromos de nuestra infancia. ¿No has estado allí? ¿No lo viste con la luz irrepetible que tuve la suerte de captar? ¿No has probado lo otro y lo de más allá? ¡Lo que te has perdido! Tengui, tengui, repe, falta. Como estos cromos no se cambian, a por ellos. Cuantos más mejor. El ideal, haber vivido todas las vidas en una. Lástima que, a diferencia de los álbumes de antaño, la colección de cromos nunca se completa.

Si la lista de mínimos es interminable, pues en ella se incluyen unas cuantas decenas de destinos turísticos al uso, con fijos y variables, amén de actividades lúdicas, culturales, deportivas, suponiendo que más o menos la vayamos completando, siempre habrá algo nuevo que hacer. A la postre, por mucho que nos hayamos esforzado en colmar el vaso, quedará más fuera que dentro.

Por esta vía, no hay modo de discriminar. ¿Cómo llegaremos a distinguir lo que nos place de veras de aquello que nos sentimos obligados a encontrar exquisito sin haberlo degustado por nuestra cuenta y riesgo? Por esta vía, resulta imposible cultivar la propia sensibilidad. Por esta vía, sin renunciar a nada, renunciamos sin advertirlo a la pasión por algo concreto, al descubrimiento y seguimiento de las aficiones y aptitudes, al conocimiento pormenorizado de una parcela. Nadie es capaz de apropiarse de la realidad al completo. Quien así lo pretenda, surfeará por la existencia sin quilla ni lastre.

Pero es que, habiendo tantas cosas que valen la pena, ¿cómo voy a limitarme? Pues de eso se trata, de reconocer en primer lugar lo limitado de la existencia humana. De partir de ahí. De adaptarse a ella. Al parecer, algo tan elemental, tan simple y de cajón es para la mayoría un colosal, casi imposible descubrimiento. No les estoy proponiendo que renuncien a las merecidas vacaciones, sino que busquen el modo de extraer, no el tutti fruti acostumbrado, sino el jugo que mejor les aproveche. En cada caso será distinto. A nadie le viene mal un poco de inconformismo en su cotidianidad. Ya que no es fácil escapar de las rutinas el resto del año, ya que estamos obligados a cumplir como pepes, procurémonos un programa personalizado en este periodo dorado de libertad que son las vacaciones. Cumplir con lo adocenado es fuente de aburrimiento, aunque al girar como aspas de ventilador no se den cuenta.

Aspirar a ciertas dosis de sabiduría está al alcance de pocos. Más bien es un don que una conquista, si bien con la edad puede uno acercarse a ellas. Mejor no meneallo. Sin embargo, no es tan difícil como parece huir en primer lugar de lo que parece agradable al decir de todos pero en realidad es insulso, vacuo, nimio, estéril y empobrecedor. Si les repatea el calor, las colas para acceder a playas repletas, pues no vayan. Busquen alternativas, que las hay. Pregúntense, que las preguntas contienen respuestas.

Disponemos de una sola, única e irrepetible existencia. A menos que crean en la metempsicosis o que conciban su tiempo como un chicle inacabable,  busquen el modo de aprovecharla mejor. Es posible que para otros, sus opciones no valgan, que las critiquen o ridiculicen, pero no conozco a nadie que no admire a quienes renuncian a lo que encuentran superfluo y van en busca de la autenticidad de su experiencia.

¿Cuántas vidas caben en una? Una, sólo una. Para empezar a disfrutarla, nada mejor que despreciar a los cantos de sirena que les invitan a vivir muchas más. O renuncian a las demás vidas o a la suya.

6-VIII-10, Xavier Bru de Sala, lavanguardia