´Celebrar la derrota´, Manuel Castells

El 11 de septiembre: fecha significativa en el mundo por razones varias, generalmente dramáticas, del sanguinario golpe de Pinochet al bárbaro ataque terrorista a Nueva York. Para los catalanes es su Diada, una fiesta nacional que paradójicamente rememora la fecha de entrada de las tropas españolas en Barcelona en 1714, tras un largo asedio. O sea que Catalunya conmemora su derrota como una forma de no olvidar. Ese síndrome político-masoquista es más actual que nunca en una coyuntura marcada por el recorte constitucional de la autonomía de Catalunya, por la negación del Estado español a la voluntad mayoritaria de los catalanes de definirse como nación y, más allá de lo propiamente político, por el clima de rechazo a la identidad catalana que se ha generado en España, ejemplificado en la furibunda reacción a la prohibición de las corridas de toros, en contraste con la indiferencia con que se acogió hace años una decisión similar de Canarias. Es más, en los últimos tiempos muchos catalanes (genéticos, culturales o autoidentificados) han tenido experiencias desagradables en su convivencia cotidiana con esa España que se suponía plural y tolerante.

Le cuento una anécdota personal, para mí reveladora, que no quise comentar en su momento para no atizar pasiones. Como ahora las pasiones ya están en la calle, puedo contarlo, aunque con la circunspección necesaria para no alimentar controversias personales. Hace algo más de un año fui invitado a dar una conferencia en un país europeo por el principal diario del país y la empresa nacional de telecomunicaciones con motivo de la publicación en esa lengua de mi trilogía sobre la era de la información. En la cena formal que siguió a la conferencia estaba el embajador de España, invitado por los organizadores. Departimos cortésmente hasta que en un momento mi anfitrión me preguntó si la identidad catalana era, como se decía, tan acentuada como la de su país. Como suelo ser muy moderado en situaciones regidas por el protocolo, le respondí contándole, sin alharacas, la historia de la Diada, del monumento erigido en el Fossar de les Moreres a los patriotas ejecutados por su defensa de las libertades del país, la ofrenda institucional anual en el monumento a Casanova y demás indicadores objetivos de persistencia de esa historia identitaria. El señor embajador se fue poniendo lívido y en cuanto pudo me lanzó una perorata por lo bajines acusándome de ofender la dignidad de España y despotricando contra los catalanes explotadores de andaluces.

Tras lo cual, y ante mi actitud imperturbable sin propósito de enmienda, se levantó y se fue entre el asombro de los contertulios, que, en realidad, se apercibieron del incidente porque entendían castellano. Cubrí la situación con un brindis a la identidad de las naciones en general y acabé la cena con tranquilidad, pero con el triste estupor de sentir la sombra de la intolerancia todavía presente en mi vida, como si este mal sueño de sentirse catalán en España no acabara nunca. Pero reaccioné, como espero que todos reaccionemos, desactivando los mecanismos que envenenan no sólo la coexistencia ciudadana sino los caminos hacia el autogobierno legítimo.

Empezando por el victimismo paralizante justificativo de todos los males de Catalunya. De hecho, celebrar la derrota es una actitud tremendamente constructiva, porque significa voluntad de seguir trabajando para poder decidir lo que se quiera ser colectivamente, aprendiendo de esa derrota. Y algo así habría que aplicar a la situación actual. Si Catalunya quiere tener recursos humanos, económicos y políticos para poder avanzar hacia niveles superiores de autogobierno, tiene que hacer sus deberes antes de encerrarse en autoafirmaciones ideológicas que no se pueden sostener en la práctica y por tanto conducen a la desmoralización. Lo cual implica fundamentalmente elevar el nivel de democracia y participación ciudadana, porque la gente no se siente reconocida en la clase política. De modo que aunque el sentimiento pro independencia suba hasta el 47% en un momento de cabreo, vuelve a bajar (aun manteniéndose a un nivel históricamente alto) en cuanto el personal observa la barahúnda política partidista que se organiza entre los que se supone que tendrían que liderar ese sentimiento nacional y de hecho lo aprovechan para destruir al vecino en las próximas elecciones. Las naciones que en la historia han podido afirmar sus derechos lo han hecho sobre la base de un acuerdo nacional entre sus élites políticas y sociales. Ese acuerdo existió relativamente en Catalunya en la época de la transición democrática, mientras que, paradójicamente, se ha perdido en un momento clave de indignación popular contra el centralismo. Sin altura de miras de la clase política, y con una legitimidad por los suelos de unas élites sociales marcadas por negocios sucios y chaqueteo político, la ciudadanía se va encontrando huérfana de referencias y obligada a reconstruir por su cuenta sus formas de expresión social y nacional. Lo que puede ampliar la democracia pero también conducir a toda clase de demagogos y demagogias e incluso a incrementar la xenofobia como expresión del descontento popular en una situación de crisis económica, de crisis social marcada por un descomunal nivel de paro, de crisis constitucional y de crisis de legitimidad política. La reconstrucción del tejido social y político de Catalunya es una condición previa para cualquier proyecto autonomista o soberanista. Proyecto que pasa por una dinamización de la economía catalana, rompiendo con el modelo especulativo inmobiliario, que está presente en Catalunya como en España, y movilizando el potencial de emprendimiento, de innovación, ciencia y tecnología donde Catalunya tiene su punto fuerte. Reconducir la relación entre España y Catalunya pasa por reconducir la relación de Catalunya consigo misma, constituyéndose como nación unida, democrática y próspera en su práctica política, económica y social. Para eso no hace falta permiso del Constitucional ni buenas palabras del centralismo español. Celebrar la derrota es afirmar la vida que se lleva dentro en lugar de suplicar el derecho a existir.

11-IX-10, Manuel Castells, lavanguardia