´En serio y en broma´, Jordi Balló

La declaración del futbolista internacional Sergio Ramos quejándose de que su compañero Gerard Piqué contestara una pregunta en catalán en una rueda de prensa de la selección española deviene un caso significativo de la temperatura democrática en España. Me hizo pensar en el caso de Nicolas Anelka en el mundial de Sudáfrica: el delantero francés (que comparte con Ramos alguna leyenda urbana sobre sus luces) fue expulsado de la selección por haber insultado en privado a su entrenador. En cambio, Sergio Ramos insulta en público a una lengua constitucional y nadie le reprocha nada.

La cuestión merece un análisis comparativo. Imaginemos que esto sucede en Suiza. La selección helvética está en Zurich y un periodista de la televisión TSR con sede en Ginebra pregunta en francés y un jugador responde en la misma lengua. ¿Sería capaz otro jugador de habla alemana de menospreciar la lengua usada por su compañero? Si lo hiciera, ¿no sería inmediatamente sancionado? Vámonos a Irlanda: la televisión pública TG4 le pide a un jugador que conoce bien el gaélico si puede responder en este idioma oficial irlandés pero hablado sólo por una minoría. ¿Se atrevería otro jugador a atacarle por el hecho de no responder en inglés? ¿Y en Canadá, si la televisión de Quebec le pide a un jugador que conteste en francés, pese a estar en Toronto? Si alguien se molestara le caería el peso de la vergüenza y la admonición.

La enfermedad democrática en España es tan grave, que un hecho como este no provoca una reacción inmediata de carácter pedagógico. El centralismo político-lingüístico es tan ignorante y avasallador, que a muchos les cuesta entender lo mismo que a Sergio Ramos: que en un Estado federalizado como el español, todas las lenguas oficiales pueden utilizarse libremente en cualquier lugar del territorio, y que coartar su uso es un acto repulsivo y denunciable.

Pero volvamos a la sucesión de los hechos en la rueda de prensa. Si analizamos las imágenes, nos damos cuenta inmediatamente de que la actitud gestual de los dos jugadores es totalmente distinta. Piqué está expresivo, ríe, mira a izquierda y derecha, se pone serio, se nota que piensa mientras ocurren los hechos. Frente a él, la actitud de Ramos es de un muro infranqueable: su molestia es tan visceral que no deja espacio mental a ninguna negociación. Ni un rictus, ni un balanceo, nada que pueda hacernos presumir que algo bulle en su cabeza mientras habla. Actúa como esos luchadores de catch que saltan al ring con ideas fijas.

La opinión pública catalana, o parte de ella, se quejó de este acto tan visceral y a la vez tan usual. Por su parte, alguna cadena televisiva de ámbito estatal llegó a presentar el evento con el titular "Sergio Ramos defiende al castellano", otra frase que muestra el grado de autoritarismo que impera en el país: ¿enojarse ante el catalán es defender el castellano? Pero en paralelo a este debate, se erigía la cuestión de fondo: ¿cuál iba a ser la reacción de la Federación Española? No debemos olvidar que se trataba de un partido de la selección y que en estos casos la ejemplaridad es un gran valor (algo que justificó que en el caso Anelka intervinieran altas instancias del gobierno francés). Como ya es notorio, nadie de la Federación dijo nada y, por lo tanto, avalaron implícitamente el insulto del jugador.

La noticia tuvo un primer epílogo: ante el revuelo organizado, Ramos había colgado en Twitter una autoexculpación, alegando que "lo de hoy era en plan broma". Resulta interesante pensar en el curso del tiempo que le lleva a esta rectificación. ¿Se le ocurrió a él solo? Es difícil de imaginar. ¿A alguien de su entorno íntimo? También difícil, porque seguro que si algo recibió en Salamanca fueron parabienes por su "defensa del castellano". ¿Fue Piqué quien le hizo comprender en pocos minutos lo que Ramos no había entendido en toda su vida? Sería una obra maestra de la seducción. Una explicación posible es que alguien de las altas instancias le sugiriera rectificar, pero sin que pareciera una orden. No fuera a interpretarse como una debilidad del Estado a favor de las otras lenguas oficiales.

20-X-10, Jordi Balló, culturas/lavanguardia