´Maldita política´, Xavier Bru de Sala

Uno de los fantasmas entre la niebla que recorren Europa cabalga a lomos del descrédito de la política. Es el más visible, aunque no el más siniestro. Pero como lo tenemos casi encima, y más en plena precampaña, bueno será todo intento de ahuyentarlo un poco, si no en ayuda de los desacreditados, que también, sí a favor de la ciudadanía. Aunque fuera del todo merecido - y a mi juicio sólo lo es en parte-,el descrédito de los políticos es excesivo. Apañados estaríamos si fuera cierta la vox pópuli del todos son iguales y sólo buscan el provecho propio. Lo buscan - ¿y cuántos no?-pero no se trata de su única pretensión. La mayoría de los políticos procura armonizar en lo posible su interés con el de su grupo, el general o ambos. Último ejemplo, el nuevo Gobierno, pensado por Zapatero para sucederse a sí mismo. Juicios de valor aparte, nunca debe olvidarse que de todos modos la política influye más que cualquier otro factor en el curso de la historia.

¿Es la política un mal imprescindible? Depende de cómo consideremos en esencia al ser humano. He repasado la concepción de fondo de cuatro filósofos sociales de distintos países europeos: Hobbes, Vico, Rousseau y Herder. Ninguno de los cuatro amaba la política como lucha por el poder. Los cuatro abominaban de la guerra, y esperaban que mediante sus ideas disminuyera el sufrimiento de la humanidad. Pero, en cuanto aquí nos ocupa, y a pesar de las diferencias entre ellos, señalan vías opuestas. Hobbes y Vico estarían de acuerdo en considerar que el hombre es malo, en origen o en esencia, y bueno lo que le mete en cintura, lo apacigua o civiliza, aunque le llamemos leviatán. Rousseau y Herder parten de la idea contraria. Lo malo es la política, el poder, el estado, que se ceban sobre la bondad natural del hombre o la nación armoniosa y los echan a perder. ¿En qué quedamos? ¿De dónde venimos? ¿Horribili bestioni y homini lupus?¿Pueblos y personas admirables? ¿La política guía a los salvajes que en el fondo seguimos siendo o corrompe nuestra bondad natural? ¿De qué seríamos capaces en caso de necesidad? Que cada cual examine a sus semejantes, no a sí mismo, antes de dictaminar. Ahora volvamos al presente.

Si Sarkozy no afloja, los franceses seguirán siendo unos privilegiados que se jubilan antes que el resto de los europeos, sólo que un poco menos privilegiados. En vez de buscar consensos entre interlocutores sociales y poder político como los alemanes, en Francia, como por otra parte en Gran Bretaña, Italia o España, son los mandamases de la política quienes deciden lo que más conviene. Con independencia de su supuesto ideario pero convencidos de que no hay alternativa (y por ahí, incomprensiblemente, crece su autoestima) lo imponen, sin desviarse del camino trazado, tanto si gusta como si disgusta, tanto si es comprendido y compartido como aceptado a regañadientes o rechazado. Todos se tienen por grandes estadistas al justificar sus drásticas medidas por la gravedad de la crisis, que pone de relieve la insostenibilidad del gasto. Cabe considerar aviso de navegantes, que estando Gran Bretaña menos apurada y acosada que España, Cameron y Clegg despiden a medio millón de empleados públicos. Por conveniente que fuera o llegara a ser, es algo imposible de plantear en esta España heredera de la del despilfarro. Por su cuenta y riesgo, con o sin diálogo, los políticos mandan.

En vez de considerar la política como un mal necesario, o por lo menos insustituible, conviene actuar como miembros consecuentes de la polis y hacer algo, por poco que sea. Por lo menos preocuparse, procurar un mejor entendimiento de la contemporaneidad y cuanto en ella acontece. Es bastante cierto que la política, la toma de decisiones que afectan el curso general de los acontecimientos, está en manos de profesionales organizados mediante unas reglas que dejan poco margen. Pero es asimismo cierto que las sociedades forjan mecanismos y vectores de fuerza, a menudo conscientes, de manera que los políticos no actúan solos. Si es cierto que las relaciones entre las sociedades y el poder dibujan los rumbos de los países, deberíamos considerar que alejarse de la política y cultivar el propio jardín es algo tan legítimo como contraproducente. A menos sociedad, más política por su cuenta, sin tener en cuenta las fuerzas sociales. De todos modos, y para consuelo de pesimistas, al final imperan los resultados, que se maquillan con  dificultad y raras veces consiguen ocultarlos.

Lo ideal, lo deseable, es la restauración de la confianza. Desde la distancia actual parece utópico, pero cualquier paso que propicie un acercamiento será positivo. La principal responsabilidad, en este sentido, es de la política, pero la ciudadanía debería hacer algo también. Al fin y al cabo, son nuestros políticos. No hay otros. La alternativa a la fatalidad de alejarse y condenar, equivalente a someterse, es participar, preocuparse, prestar atención ciudadana a la cosa pública, dialogar desde ella, elevarse en lo posible por encima del interés inmediato. Eso es, fortalecer la sociedad.

22-X-10, Xavier Bru de Sala, lavanguardia