´Los nenes del autobús´, Ramon Solsona

En cuanto suben al autobús cunde el pánico. No tardan ni un segundo en hacerse notar con sus exigencias y rabietas de niño consentido. Si están en el cochecito, quieren ir en brazos y, si van en brazos, se revuelven con grandes lloros de berreador profesional. Exigen un asiento y en cuanto lo consiguen prefieren otro. Nunca están satisfechos con lo que tienen y lo demuestran con un escandaloso desagrado. Labraron una personalidad tiránica en la cuna, donde descubrieron que tenían a papá y mamá a su merced en cuanto rompían a llorar. De forma perversamente autodidacta, se convirtieron en unos virtuosos del chantaje e hicieron de la corajina y el llanto desconsolado su modo de expresión habitual. Aunque el billete del transporte público no incluye el deber de soportarlos, es ahí donde exhiben todo su arte.

Cuando son más creciditos, los dictadorzuelos corretean por el autobús, se ponen de pie en los asientos, hacen cabriolas e importunan a todo quisque. Es poco probable que su papá o su mamá les llame la atención y, si se da el caso, suena a pura rutina. Las amenazas son risibles porque los nenes del autobús están acostumbrados a la impunidad. Tampoco ejercen su mando moral los abuelos polivalentes que lo mismo hacen de canguro que de chico de los recados. Los abuelos y abuelas suben al autobús cargados con la mochila escolar, con la guitarra y con la bolsa de deportes de los nietos. Alguien se compadece de ellos, les cede el asiento y se queda de piedra al comprobar que los mayores, a su vez, lo donan a los retoños para que hagan la mona a sus anchas.

El transporte público es en todas partes un escaparate del país real. Ahí se ve el promedio de gentileza y de buena educación. Sería inexacto afirmar que la adustez se ha convertido en norma. Crece el número de personas que saludan a los conductores de autobús - cada vez más son mujeres, por cierto-y estos son más sensibles a las carreras de la gente que se da un sofocón para alcanzar el bus in extremis. Pero los asientos reservados son una fuente de bochorno. Los ocupan con desfachatez niños y adultos que hacen como que no ven a la mujer mayor que apenas se sostiene o a la gestante tan avanzada que parece que vaya a dar a luz allí mismo. El nene del autobús al que no le han ordenado jamás que ceda su asiento ignora que la cortesía y el sacrificio altruista hacen la vida más agradable. Ignora también que él mismo es un serio impedimento de la convivencia.

Hace unos días presencié en el mercado la pataleta de una niña déspota que exigía no sé qué caprichos con revolcones, llantos, amenazas, patadas e insultos a su madre. Una dependienta dijo que estaba harta de este tipo de escenas y que echaba en falta el valor pedagógico de una bofetada dada a tiempo. Lo tenía muy claro: "Un buen bofetón a la madre le daría yo".

25-XI-10, Ramon Solsona, lavanguardia