´¿Cómo defender a estos niños?´, Miguel Lorente

Habitualmente, la violencia de género es definida más por números que por palabras, cifras que parecen reflejar la realidad cuando en verdad tan sólo muestran una parte de ella, estadísticas que se refieren a distintas personas (mujeres agredidas y hombres agresores) y a diferentes momentos para conseguir información sobre su evolución. Sin embargo, no suelen referirse al aumento que supone que la violencia crezca dentro de la misma persona, y lo hace en los agresores con esa dinámica que la describe como "violencia cíclica de evolución creciente", pero también cuando los menores expuestos a ella la integran como parte de su comportamiento.

Los niños y niñas que viven el ambiente de la violencia sufren sus consecuencias. Los menores sufren el impacto de la violencia que padecen sus madres, conocemos su vulnerabilidad. Sin embargo, muchos no ven el daño que les produce vivir en un hogar donde el padre utiliza la violencia contra su madre.

De nuevo encontramos la invisibilidad como argumento y la negación como respuesta, algo frecuente al hablar de violencia de género y consecuente con toda esa serie de referencias culturales que la envuelven y que la presentan como algo que puede ocurrir dentro de la normalidad de una relación de pareja. Los menores expuestos a violencia de género sufren consecuencias negativas que le producen problemas de salud y alteraciones conductuales. En un estudio publicado en Journal Epidemiology Community Health (2009) realizado sobre adultos expuestos a violencia de género en su infancia, se concluye que tienen más riesgo de sufrir depresión, alcoholismo y de ejercer maltrato infantil y violencia contra las mujeres. La violencia de género va dirigida contra las mujeres, son ellas las que la sufren, pero también la padecen sus hijos e hijas. No debemos confundir la violencia doméstica con la violencia que sufren las mujeres, el escenario, ese ambiente familiar o doméstico, no es el que da a lugar a la violencia ni el que la condiciona, pero sí se deben tener en consideración las circunstancias específicas de este cuando se produce dentro de sus paredes y con la presencia de menores como testigos. Y si sabemos que sufren las consecuencias debemos procurar que se adopten medidas para alejarlos de la fuente de la violencia y ello pasa por un distanciamiento del agresor. Un maltratador nunca es un buen padre, como con frecuencia se argumenta para separar la violencia de género de su significado.

Hacerlo ahora significa prevenir nuevas agresiones, pero sobre todo, garantizar que no estarán presentes en el futuro.

26-XI-10, Miguel Lorente, lavanguardia