´¿Qué hacer con Irán?´, Walter Laqueur

¿Qué hacer con Irán?

Sorprende, aunque no tanto, la decisión de los líderes europeos de suspender las conversaciones con Irán. Hace unos pocos días, el canciller alemán Gerhard Schröder anunció que bajo ningún concepto debía emplearse la violencia. Como casi todo el mundo coincidía en que las negociaciones se habían convertido en una farsa que difícilmente desembocaría en una solución satisfactoria, esa declaración fue interpretada como señal de que había aceptado el surgimiento de Irán como potencia nuclear en el campo militar.

Si bien es cierto que la CIA acaba de publicar un nuevo análisis según el cual a Irán le faltan diez años para tener bombas nucleares, y no cinco, tal como se pronosticó en el pasado, este optimismo ha sido refutado por otros expertos. Al parecer, el informe de la CIA se basó en la suposición de que Irán no contaba con centrifugadoras efectivas para enriquecer uranio con fines militares. Sin embargo, algunos expertos independientes sostenían que esta predicción optimista distaba mucho de ser cierta y, en cualquier caso, Irán podía comprar esas centrifugadoras, tal como había hecho en el pasado con otros componentes de su programa nuclear.

De todos modos, el hecho de que Irán tarde tres, cinco o diez años en conseguir la bomba nuclear no afecta a la cuestión principal. El Gobierno iraní aduce que tiene el derecho inalienable de desarrollar un programa nuclear sin ningún tipo de trabas y, si atendemos al razonamiento abstracto, esto es del todo correcto. Cualquier país tiene derecho a fabricar su bomba. Pero si Irán tiene la bomba, por razones obvias, Turquía y Egipto también van a querer contar con dichas armas. Y si Turquía puede, ¿por qué no Grecia? Esas son las imprevistas consecuencias que tienen la acción y la inacción en asuntos exteriores.

¿Por qué habría que inducir a Irán a abandonar su programa nuclear si Gran Bretaña y Francia, India y Pakistán, así como Israel, cuentan con estas armas? Es simple. Los principales dirigentes políticos y militares de ningún otro país han amenazado con utilizar estas armas, a diferencia de Irán después de las elecciones, en las que llegaron al poder fuerzas más radicales y agresivas. ¿Deberían tomarse en se-rio sus amenazas? Por más fanáticos que sean los mulás y sus seguidores, no tienen inclinaciones suicidas. Saben que si llegaran a emplear armas nucleares contra otro país, sería el fin de gran parte de Irán, al menos durante una temporada. Es muy improbable que vayan a aceptar semejante riesgo; su deseo es contar con bombas nucleares para presionar políticamente y, quizá, para chantajear.

Pero no es éste el único ni el principal peligro. La experiencia del pasado nos demuestra que los radicales de Teherán simpatizan con grupos terroristas organizados en su propio país y en el extranjero, tanto en Iraq como en Líbano o incluso en Argentina. ¿Y si les diera por pasar algunas armas de destrucción masiva a Hezbollah o a otra organización similar? ¿Quién podría probarlo? Tal vez piensen que el peligro de represalias quedaría bastante reducido. Habría sospechas y ninguna prueba concluyente. Los líderes de Irán han mostrado en el pasado su disposición a aceptar los riesgos que suponen los actos terroristas cometidos por sus agentes en otros países dando por sentado que van a salirse con la suya. ¿Será posible persuadirlos de que no deberían embarcarse en apuestas peligrosas, pasarse de listos? El mes pasado se publicó en Nueva York la biografía de Herman Kahn. Su nombre no suena ahora tanto como hace treinta o cuarenta años, cuando era el principal pensador estratégico de EE. UU. Entonces, pensaba lo impensable>¿Qué hacer con Irán?

Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington.
LV, 29-VIII-05.

Sorprende, aunque no tanto, la decisión de los líderes europeos de suspender las conversaciones con Irán. Hace unos pocos días, el canciller alemán Gerhard Schröder anunció que bajo ningún concepto debía emplearse la violencia. Como casi todo el mundo coincidía en que las negociaciones se habían convertido en una farsa que difícilmente desembocaría en una solución satisfactoria, esa declaración fue interpretada como señal de que había aceptado el surgimiento de Irán como potencia nuclear en el campo militar.

Si bien es cierto que la CIA acaba de publicar un nuevo análisis según el cual a Irán le faltan diez años para tener bombas nucleares, y no cinco, tal como se pronosticó en el pasado, este optimismo ha sido refutado por otros expertos. Al parecer, el informe de la CIA se basó en la suposición de que Irán no contaba con centrifugadoras efectivas para enriquecer uranio con fines militares. Sin embargo, algunos expertos independientes sostenían que esta predicción optimista distaba mucho de ser cierta y, en cualquier caso, Irán podía comprar esas centrifugadoras, tal como había hecho en el pasado con otros componentes de su programa nuclear.

De todos modos, el hecho de que Irán tarde tres, cinco o diez años en conseguir la bomba nuclear no afecta a la cuestión principal. El Gobierno iraní aduce que tiene el derecho inalienable de desarrollar un programa nuclear sin ningún tipo de trabas y, si atendemos al razonamiento abstracto, esto es del todo correcto. Cualquier país tiene derecho a fabricar su bomba. Pero si Irán tiene la bomba, por razones obvias, Turquía y Egipto también van a querer contar con dichas armas. Y si Turquía puede, ¿por qué no Grecia? Esas son las imprevistas consecuencias que tienen la acción y la inacción en asuntos exteriores.

¿Por qué habría que inducir a Irán a abandonar su programa nuclear si Gran Bretaña y Francia, India y Pakistán, así como Israel, cuentan con estas armas? Es simple. Los principales dirigentes políticos y militares de ningún otro país han amenazado con utilizar estas armas, a diferencia de Irán después de las elecciones, en las que llegaron al poder fuerzas más radicales y agresivas. ¿Deberían tomarse en se-rio sus amenazas? Por más fanáticos que sean los mulás y sus seguidores, no tienen inclinaciones suicidas. Saben que si llegaran a emplear armas nucleares contra otro país, sería el fin de gran parte de Irán, al menos durante una temporada. Es muy improbable que vayan a aceptar semejante riesgo; su deseo es contar con bombas nucleares para presionar políticamente y, quizá, para chantajear.

Pero no es éste el único ni el principal peligro. La experiencia del pasado nos demuestra que los radicales de Teherán simpatizan con grupos terroristas organizados en su propio país y en el extranjero, tanto en Iraq como en Líbano o incluso en Argentina. ¿Y si les diera por pasar algunas armas de destrucción masiva a Hezbollah o a otra organización similar? ¿Quién podría probarlo? Tal vez piensen que el peligro de represalias quedaría bastante reducido. Habría sospechas y ninguna prueba concluyente. Los líderes de Irán han mostrado en el pasado su disposición a aceptar los riesgos que suponen los actos terroristas cometidos por sus agentes en otros países dando por sentado que van a salirse con la suya. ¿Será posible persuadirlos de que no deberían embarcarse en apuestas peligrosas, pasarse de listos? El mes pasado se publicó en Nueva York la biografía de Herman Kahn. Su nombre no suena ahora tanto como hace treinta o cuarenta años, cuando era el principal pensador estratégico de EE. UU. Entonces, pensaba lo impensable: ¿qué pasaría si estallara una guerra nuclear, qué represalias podrían tomarse, cuáles serían las consecuencias, cuánta gente sobreviviría? Recibió por ello ataques furibundos, fue ridiculizado, de él se hizo una famosa película Teléfono rojo. ¿Volamos hacia Moscú? protagonizada por un científico loco, el doctor Strangelove. Los planteamientos atrevidos de Kahn fueron equivocados, sobrestimó el expansionismo de los soviéticos y subestimó su cautela. En términos generales, los líderes soviéticos no eran jugadores de apuestas, no asumían grandes riesgos. Por desgracia, hoy la situación es distinta, más peligrosa, no estamos tan seguros del sentido común de los islamistas fanáticos. Desde el punto de vista militar, un país como Irán nunca será tan peligroso como la Unión Soviética, pero es muy probable que sea menos cauteloso, menos previsible, que esté más motivado por creencias mesiánicas y dispuesto a asumir riesgos.

En síntesis, se precisa un Herman Kahn para la era posterior a la guerra fría. ¿Qué hacer en esta peligrosa situación? No parece que tenga demasiado sentido prolongar indefinidamente las conversaciones con Teherán, porque los líderes iraníes quieren sus armas nucleares al precio que sea y lo que Europa les ofrece no les resulta atractivo. Los altos ingresos obtenidos del petróleo contribuyen a reforzar su posición. China se encargará de que el Consejo de Seguridad no apruebe ninguna resolución contra Irán. Unas negociaciones interminables no harán más que afianzar en Teherán la creencia de que Europa es un tigre de papel y que no tiene nada que temer si la desafían. Por supuesto que los dirigentes actuales de Teherán no ocuparán el poder para siempre, aunque, al parecer, ese cambio no se producirá pronto. Por lo tanto, el mundo se enfrenta a otra carrera contra el tiempo.

lavanguardia, 29-VIII-05