┤La evidencia┤, JosÚ Antonio Marina

Evidencia es una palabra luminosa, por eso me gusta. Designa la energía con que se impone una cosa a la mirada. No se puede dejar de aceptar esa presencia. Es el último fundamento de la verdad, y eso nos interesa a todos. La verdad es un tema central en nuestras vidas, por ello la filosofía, que trata entre otras cosas de los criterios para reconocerla, brota de nuestras más íntimas necesidades y aspiraciones. Buscar la verdad no es una exclusiva de los científicos, sino una necesidad de todos.

En griego, la verdad se dice aletheia,que significa "lo que aparece cuando se retira el velo que lo ocultaba". Es una definición propia de una cultura visual, como la griega. En cambio, en las lenguas semíticas, la verdad es emunah,es decir, lo que es tan firme que se puede construir sobre ello. Es fácil ver la diferencia. Un amor verdadero, en griego, sería aquel cuya luminosidad lo hace innegable. En cambio, un amor verdadero en el mundo semítico es aquel sobre el que puedo construir una vida entera. Las evidencias pueden ser de muchos tipos: afectivas, científicas, poéticas, religiosas. Un místico vive la experiencia del contacto con Dios. Un matemático vive entre evidencias matemáticas. Un poeta queda deslumbrado por la imponente presencia de un aspecto de la realidad. Para Rilke la belleza era la manifestación de un existir más poderoso que el nuestro. Pero esa claridad fundamentadora tiene su contrapartida, lo que nos muestra la azarosa constitución de la inteligencia humana. No podemos negar lo que aparece como evidente, por ejemplo, que el sol se mueve en el cielo. Y, sin embargo, sabemos que eso no es verdad, que es la Tierra la que se mueve. ¿Qué ha sucedido? Pues que una evidencia más fuerte - la elaborada por la astronomía- ha tachado la anterior. Acabamos de tener la experiencia del error. Lo que me parecía seguro no lo era. Esa antigua evidencia no era tan fuerte para construir sobre ella. No era emunah.Como escribió Antonio Machado: "En mi soledad / he visto cosas muy claras / que no son verdad". Sólo nos percatamos del error cuando hemos salido de él. Vivíamos un espejismo. De ahí surgen tres estirpes humanas: los fanáticos, que están tan absolutamente seguros de su verdad que no se esfuerzan por someterla a prueba; los escépticos, que piensan que nunca conseguiremos conocerla, y tampoco se esfuerzan; y los críticos, que saben que nos podemos acercar cada vez más a la verdad, mediante un tenaz proceso de análisis y corroboración. Las dos primeras posturas son posturas perezosas y, en muchos casos, acobardadas. El fanático necesita aferrarse a sus certezas, no puede vivir en la lucha por la verdad, descansa en dogmatismos confortables. El escéptico vive en una impostura falsamente prestigiada, porque es imposible vivir sin establecer diferencias entre la verdad y el error. Antes de someterse a una operación, contará con que el cirujano no sea un escéptico radical. Yél mismo no lo será antes de comerse unas setas. La actitud crítica, que confía en alcanzar la verdad, pero sabe que es una tarea ardua, resulta esencial para la buena marcha de la sociedad. Es la filosofía inherente a los sistemas democráticos. Una de sus funciones es "poner en evidencia", admirable expresión. Significa "arrojar luz sobre algo", "poner al descubierto", aunque ha pasado a significar "avergonzar a alguien", como si sólo se pudiera descubrir lo vergonzoso. No es así. Poner en evidencia significa también explorar, explicar, demostrar. La tarea de la filosofía es, precisamente, poner en evidencia la realidad.

22-I-11, José Antonio Marina, es/lavanguardia