ŽLa plantaŽ, Enric Juliana

Aquella mañana de 1978, paseando por la madrileña plaza de Santa Ana, lugar de comediantes y toreros, Pedro de Silva Cienfuegos-Jovellanos tuvo la certeza de que la fusión minera dejaba de ser conveniente. Había que desestimar la fantasía sindical de una Gran Autonomía Minera del norte de España. Pese a sus rasgos comunes y sus concomitancias históricas, las provincias de Asturias y León debían de acudir con tazas separadas a la fiesta del café para todos.Su acompañante era taxativo: "Pedro, quítatelo de la cabeza, esa autonomía sería, para todos, un problema al cuadrado". Aquella mañana, Pedro de Silva, descendiente de don Gaspar Melchor de Jovellanos, y Rodolfo Martín Villa, ministro del Interior, sellaron una pieza importante de la Nueva Planta española.

"La verdad es que yo ya estaba bastante convencido, pero en Madrid comprobé que Martín Villa albergaba los mismos temores. En Asturias todo estaba en crisis; si le añadíamos la cuenca minera de León, multiplicábamos el problema por dos", rememora el ex dirigente socialista asturiano en conversación telefónica desde Gijón. De Silva fue el primer presidente electo de Asturias (1982) y pilotó los difíciles años de la reconversión, con un trato no siempre plácido con Felipe González y Alfonso Guerra. Retirado formalmente de la política, se dedica a la escritura, a las montañas y a la ironía. Conoce muy bien algunas de las vetas subterráneas de la transición.

Martín Villa, cancerbero del gradualismo suarista, hombre fuerte de los azules,(ex dirigentes del Movimiento) y táctico de primer orden, tenía poderosos motivos para evitar que el fantasma de la Revolución asturiana de 1934 se pasease por la Nueva Planta. Ya había demasiados problemas sobre la mesa: ETA, en primer lugar, por supuesto; los deseos del PNV de unir el País Vasco y Navarra en el minuto cero de la autonomía; el delicado juego de equilibrios en una Catalunya apenas estabilizada por la audaz operación Tarradellas;los influjos catalanistas en Valencia, que Fernando Abril Martorell, con el concurso de Guerra, se encargaría de cortar por lo sano (barrera electoral del 5% y activación de un regionalismo radical con brotes violentos); el acerado andalucismo del ministro de las Regiones, Manuel Clavero Arévalo, y las andanzas por Libia de la gente de Alejandro Rojas Marcos buscando fondos para el "Poder Andaluz"; la descarada ayuda de Argelia al movimiento independentista canario del abogado Antonio Cubillo, un africanista visionario que acabó apuñalado en una callejuela de Argel..., ¡sólo faltaba agrupar a los mineros de Asturias y León bajo una misma bandera regional!

El designio era otro. Crear tres Castillas. Tres contrafuertes al impulso centrífugo de vascos y catalanes. Dos grandes Castillas que embalsasen el voto moderado de la España interior - El disputado voto del señor Cayo,que escribiría Miguel Delibes-y una tercera Castilla llamada Madrid, en aquel momento copada por las izquierdas, pero seguro escenario de fortísimas batallas políticas para devolver el péndulo a su sitio. La primera Castilla debía enmendar el mapa regional de 1833, el mapa sin trascendencia administrativa que todos los niños aún estudiaban en la escuela, y comerse las tres provincias del viejo Reino de León (León, Salamanca y Zamora). La segunda, la Nueva, la de abajo, la del ingenioso hidalgo de La Mancha, prescindiría de Madrid y separaría Albacete de Murcia. La tercera quedaría a la espera de acontecimientos.

Se redactaba la Constitución y al grito de "¡Nosotros no vamos a ser menos!", el activista Clavero Arévalo sembraba España de juntas preautonómicas. Las élites locales querían protagonismo, todos los viejos recelos estaban activados y las nuevas generaciones soñaban futuros de sabor casero: autonomía y desarrollo; autonomía y nuevos puestos en la Administración; autonomía y orgullo en un país de gente vencida y humillada. La primera idea de Adolfo Suárez, seguramente inspirada por Torcuato Fernández Miranda, consistente en dos o tres estatutos especiales (Catalunya, País Vasco y, eventualmente, Galicia), más una regionalización administrativa, iba a ser desbordada. La Constitución de Gades, que no de Cádiz, se quedaría en el cajón, después de haber sido celebrada su redacción (marzo de 1977) en el restaurante madrileño del famoso bailarín comunista.

No hubo un explícito veto militar a una descentralización de dos pisos. Ese es el mito simplificador que ha convenido a muchos. Nadie quiere hacerse responsable del café para todos y Suárez no puede hablar. Lo que querían los militares franquistas era seguir tutelando el poder civil. En el reparto del café intervinieron, al menos, otros tres factores: el bullicio de las élites locales, los resquemores históricamente acumulados (no sólo referidos a Catalunya), y la formidable competición electoral entre UCD y PSOE, de gran intensidad en la decisiva Andalucía.

Costó ensamblar la Nueva Planta. En León - tierra natal de Martín Villa-se resistieron a la Gran Castilla. El rebote leonesista aún perdura y sirvió de escuela táctica al joven diputado socialista José Luis Rodríguez Zapatero en su fase de despegue provincial. También se rebelaron Santander y Logroño, incluidas en el decreto de preautonomía castellana de agosto de 1978. Para entenderlo bien hay que retroceder dos años en el relato. En febrero de 1976, el primer gobierno de la Monarquía, presidido por el franquista Carlos Arias Navarro, crea una comisión para estudiar "un régimen especial para las cuatro provincias catalanas". Y el 30 de octubre de aquel mismo año, el segundo gobierno monárquico - ya con el joven Suárez al timón-acuerda devolver la autonomía fiscal a las provincias traidoras de Vizcaya y Guipúzcoa, castigadas por Franco. Algo se mueve en la Vieja Planta y los procuradores en Cortes de las provincias castellanas se ponen nerviosos.

"Nosotros no vamos a ser menos". Los de Castilla la Vieja se citan en el hotel Molinico de Tordesillas (Valladolid) y los de Castilla la Nueva en el mesón Don Quijote de Mota del Cuervo (Cuenca). Los primeros avisan de un posible trato de favor a otras regiones y reclaman el concierto económico para todas las provincias castellanas en el supuesto de que Vizcaya y Guipúzcoa recuperen su viejo fuero. Los castellano-manchegos van en la misma dirección y deciden constituirse en comisión permanente.

La devolución del concierto a vizcaínos y guipúzcoanos también encenderá los ánimos en Santander - antiguo puerto de Castilla-,donde late un leve regionalismo, muy receloso del potente eje Madrid-Bilbao, animado por el franquismo para intentar ganarse a los vascos. El Manifiesto de los Cien (marzo de 1976) reivindicará el concierto y pondrá las bases de la autonomía uniprovincial, pronto secundada por el líder socialista local Jaime Blanco. UCD, dividida, acabará sumándose. Uno de los promotores del manifiesto es el economista Miguel ÁngelRevilla, que no tardará en fundar el Partido Regionalista Cántabro. Un tipo listo que sabrá aliarse con el PSOE para conseguir la presidencia de la comunidad y expandir, en tiempos del plural Zapatero, el federalismo de las anchoas,un populismo simpático y de baja intensidad que encanta en Madrid: banalidad, regionalismo de alpargata, Celtiberia Show.

En Logroño, donde un joven inspector de Hacienda llamado José María Aznar observa el proceso con pavor y escribe artículos indignados en La Nueva Rioja,el PSOE (Javier Sáenz Cosculluela) jugueteará con la idea de sumarse a la Comunidad Vasca para diluir al PNV. Al final, autonomía uniprovincial. El grupo musical Carmen, Jesús e Iñaki será el gran publicista de la escisión con la canción "La Rioja existe". Otra victoria de las élites locales. El periodista ÁlexRodríguez escribe en el semanario Opinión:"Las campañas de concienciación del riojano, hasta la fecha totalmente despreocupado de estos temas, están alcanzando cotas elevadas".

En La Mancha se impone el designio de UCD, bajo la batuta de su secretario general, Rafael Arias-Salgado: una autonomía rural, moderada, fiel al centrismo y con cuota en el Fondo de Compensación Interterritorial. El PSOE, siempre atento al mapa electoral, apuesta inicialmente por una Castilla La Nueva que incluya el Madrid izquierdoso. Y el PCE, tras leer los análisis de Ramón Tamames sobre el Gran Madrid, lanza la propuesta más moderna: una Región Centro que enmarque la capital y redistribuya rentas.

Madrid se queda sola. Un gran negocio. Todos los beneficios de la capitalidad, ninguna obligación de reparto regional, y licencia para impartir futuras lecciones de patriotismo y solidaridad. No saben por dónde empezar. Francisco Umbral se cachondea en la prensa y le encargan el himno al poeta anarquista Agustín García Calvo. A cambio de una peseta, redactará la siguiente epifanía libertaria:

Yo estaba en el medio: giraban las otras en corro, y yo era el centro.

Ya el corro se rompe, ya se hacen Estado los pueblos,

Y aquí de vacío girando sola me quedo.

Cada cual quiere ser cada una: no voy a ser menos.

20-II-11, Enric Juliana, lavanguardia