Aviador Dro, adelantados de la política nuclear

"Nuclear, sí (por supuesto)", Aviador Dro, 1983, youtube 2´28´´

El proyecto estrella del renacer nuclear europeo es la planta de Olkiluoto, una isla en la costa oeste de Finlandia. Será la primera central que se inaugure en Europa en más de 20 años y cuenta con la tecnología más avanzada en seguridad, el Reactor Presurizado Europeo de la multinacional Areva, participada al 90% por el Estado francés. Pero su brillo se ha ido apagando mucho antes de que empiece a funcionar.



La construcción de la planta, iniciada en el 2005, debía costar 3.000 millones de euros, una cifra elevada pero justificada por los altos niveles de exigencia en seguridad. Sin embargo, los últimos cálculos indican que su precio final será probablemente del doble. Defectos en el diseño y la construcción han obligado a deshacer y rehacer partes importantes del reactor, como su base de hormigón.

Lejos de haber entrado en funcionamiento en el 2009 como se anunció, no estará operativa hasta mediados del 2013. El contratista finlandés y los fabricantes de la planta, Areva y Siemens, se reparten las culpas. A pesar de todo, el parlamento finlandés aprobó el año pasado la construcción de dos centrales nucleares más.

Desde el 2007, la empresa francesa construye un reactor similar, de tercera generación, en la planta de Flamanville, cerca del canal de la Mancha. También allí el coste y el calendario de ejecución empiezan a dispararse: se prevé que abra con dos años de retraso y cueste 5.000 millones de euros, en lugar de 3.300. Tampoco aquí alterará la apuesta política por la nuclear: Francia es el país europeo con más centrales (58) y su gran defensor.

14-III-11, B. Navarro, lavanguardia

IX/ 1957 URSS Una explosión en la central secreta de Cheliabinsk40, conocida como Mayak, en los montes Urales, causa al menos 200 muertos X/ 1957 Reino Unido El incendio en la planta de Windscale en Liverpool, dedicada a producir plutonio para el ejército, causó una fuga radiactiva que afectó a 300 km2VIII/ 1979 EE. UU. Una fuga de uranio en una central nuclear cerca de Erwin (Tennessee) contamina a un millar de personas. El año pasado, un río junto a la central resultó contaminado con uranio enriquecido IV/ 1993 Rusia Una explosión en la planta secreta de Tomsk-7, en Siberia occidental, durante una tarea de limpieza contamina un área de 1.000 kilómetros cuadrados. Las autoridades ocultan el número de víctimas. IX/ 1999 Japón Un error humano en la central de Tokaimura provoca dos muertos y más de 600 expuestos a la radiación.

HARRISBURG

En los cines acababa de estrenarse El síndrome de China, con Jane Fonda y Michael Douglas, una película sobre una catástrofe nuclear en Estados Unidos.

La guerra fría y el equilibrio del terror con al Unión Soviética estaban en su esplendor.

Hace 32 años, la pesadilla atómica estuvo a punto de hacerse realidad. El 28 de marzo de 1979, una combinación de fallos humanos y técnicos en la central de Three Mile Island, cerca de Harrisburg, la capital de Pensilvania, provocó el mayor accidente nuclear de la historia de EE. UU.

A las cuatro de la madrugada, el flujo de agua que refrigera el reactor se interrumpió, un fallo similar al que se ha producido en la central de Fukushima, en Japón, a consecuencia del terremoto del viernes. Como consecuencia del fallo, el uranio radiactivo de Three Mile Island se calentó y el reactor dejó de funcionar.

"En el peor de los casos posibles, la fusión del combustible nuclear habría llevado a la ruptura de las paredes del edificio de contención y a la fuga de cantidades masivas de radiación", recuerda en un informe la Comisión Regulatoria Nuclear de EE. UU.

La confusión, propiciada por la desinformación, desató la alarma.

Las escuelas cercanas a la central cerraron y hubo evacuaciones masivas.

En la escala de siete que califica la gravedad de un accidente, Three Mile Island se sitúa en el 5 (Chernobil en el 7, y Fukushima, en el 4). Sin embargo, y pese a las fugas de radiactividad, EE. UU. evito lo peor. No murió nadie ni ha habido pruebas concluyentes de daños en la salud.

El efecto más claro fue que los recelos hacia la energía nuclear se dispararon, recelos confirmado siete años después por el accidente de Chernobil.

A raíz de Three Mile Island, EE. UU. aparcó la construcción de centrales nucleares. La energía nuclear suministra aquí el 20% de electricidad, un nivel bajo comparado con otros países industrializados como Francia (80%) o Suecia (47%).

El presidente Barack Obama ha acabado con la cuarentena. En febrero de 2010 anunció una ayuda pública de 8.330 millones de dólares para construir la primera central nuclear en tres décadas.

La decisión respondía a dos motivos. El primero era la voluntad de reducir la dependencia energética y de situarse en la vanguardia mundial de las políticas energéticas. El segundo era ecológico: las centrales nucleares no emiten gases de efecto invernadero y pueden sustituir el carbón, que sí contamina.

Los partidarios de la energía nuclear en EE. UU. alegan que, además de la contaminación, el carbón ha causado más muertes - en la minería, por ejemplo-que la energía nuclear, y que las medidas de seguridad hace muy improbable un accidente como el de Three Mile Island. Los antinucleares recuerdan que no se ha resuelto qué hacer con los residuos nucleares, y que las dudas sobre la seguridad persisten. Está por ver si el accidente japonés tendrá repercusiones en la política nuclear de EE. UU.

CHERNOBIL

La explosión en la central nuclear de Fukushima tras el tsunami de Japón trae a la memoria una de las historias más conocidas de nuestro tiempo: la de Chernobil y su reactor número 4, que explotó en la madrugada del 26 de abril de 1986 y cuyas consecuencias se sentirán durante cientos o miles de años. Hoy se construye un nuevo sarcófago sobre el que levantaron miles de voluntarios que arriesgaron su propia vida.

Hace 25 años los responsables de Chernobil, sin los conocimientos adecuados, iniciaron pruebas para comprobar su capacidad de resistencia durante un corte de suministro eléctrico. Con su insensato proceder provocaron una situación incontrolable.

Los directivos cometieron numerosas violaciones, pero sobre todo interrumpieron el sistema de seguridad del reactor. Los ordenadores no pudieron, por lo tanto, cancelar automáticamente las pruebas.

Un fallo en el diseño provocó, además, un rápido sobrecalentamiento del núcleo y un aumento de la presión del vapor. Eso desencadenó una gran explosión que voló la tapa del reactor, un blindaje de cien toneladas de peso, lo que expulsó a la atmósfera una radiactividad 500 veces mayor que la liberada por la bomba atómica de Hiroshima en 1945.

La nube radiactiva se extendió por toda Europa y contaminó las regiones cercanas a Chernobil de lo que ahora son Ucrania, Rusia y, sobre todo, Bielorrusia. Según el consenso científico, las consecuencias para la salud de las personas son catastróficas. Sin embargo, resultan imposibles de cuantificar con precisión. Según los médicos del Instituto Endocrinológico de Kiev el cáncer de tiroides "en Ucrania es un 29% más frecuente que antes del accidente".

Esta dolencia es la única que se puede rastrear con cierta seguridad. Pero no es posible demostrar que una leucemia o una dolencia cardiaca estén provocadas por la radiactividad. Por este motivo, los datos de las instituciones oficiales internacionales difieren de los estudios de las organizaciones ecologistas. Un informe del Foro de Chernobil de 2006 predecía 4.000 muertes a causa del accidente. La organización Greenpeace mostraba informes que indicaban la aparición de 270.000 cánceres en los años siguientes y que 93.000 serían mortales.

Tras el accidente, la región de Chernobil es una cicatriz en el norte de la actual Ucrania. Un total de 350.000 personas tuvieron que ser evacuadas y comenzar una nueva vida en otra parte. Unas 47.000 vivían en Pripyat, una ciudad a apenas un kilómetro de la central y construida para los trabajadores del complejo nuclear, que llegó a albergar seis reactores. La región seguirá contaminada durante miles de años.

Hoy, cinco millones de personas viven en zonas afectadas.

En el momento del accidente fallecieron 31 personas, la mayoría bomberos que acudieron para evitar que el incendio se extendiera a otros reactores. Otros 600.000 "liquidadores" trabajaron en los meses posteriores en la limpieza de la zona - para liquidar los restos radiactivos-y en la construcción de un sarcófago que sellase el núcleo del reactor.

Chernobil sigue soltando radiactividad. Además, se teme que el sarcófago se rompa y vuelva a repetirse la tragedia. Para evitarlo, el año pasado arrancó con mucho retraso la construcción de un nuevo sarcófago, cuyo principal donante es la UE. El coste será de 1.600 millones de euros.

 13-III-11, G. Aragonés/M. Bassets, lavanguardia