Bofetada tras bofetada, vamos dándonos cuenta, quizás demasiado lentamente, de algo que tiene que ver con el núcleo de nuestro sistema. Somos capaces de construir cosas inmensas, pero no de controlarlas verdaderamente, ni mucho menos de predecir las grandes catástrofes que se pueden producir con construcciones de tales dimensiones. Consumimos una cantidad extraordinaria de energía para disfrutar de nuestro moderno estilo de vida, y las centrales nucleares producen parte de esa energía, pero luego, irregularidades humanas o fenómenos naturales tan antiguos como un terremoto o un tsunami colapsan el sistema y ponen en peligro la salud de cientos de miles de personas, y, en el caso de la contaminación radiactiva, con consecuencias negativas incluso para la salud de las generaciones futuras, que aún no han nacido. Una y otra vez la misma piedra: Three Mile Island en 1979, Chernobil en 1986 y ahora Fukushima.
El verdadero debate nuclear no reside en decir sí o no a la energía nuclear, por muy importante que esto sea, ni en discutir los adecuados emplazamientos para las centrales nucleares, lejos de zonas sísmicas, lejos de gobiernos dictatoriales de imprevisible política exterior, lejos de irresponsables reducciones de costes en seguridad, por muy crucial que todo esto sea. El verdadero debate nuclear reside en revisar a fondo el núcleo de nuestro sistema, quizás para descubrir que el hombre moderno ha jugado a aprendiz de brujo: sabemos iniciar un embrujo, pero no pararlo; construimos un sistema enorme y complejo, pero no sabemos controlarlo, quizás porque antropológicamente no estábamos preparados para cosas tan complejas y tan vastas. Puede que el siglo XXI no tenga por qué ser el umbral de la guerra de las galaxias, sino más bien el redescubrimiento de la simplicidad: un fin de semana en familia o con tus amigos, en tu ciudad, da tanta felicidad, o más, que pasar un puente de cuatro días en un exótico país lejano, y supone un gasto energético mucho menor, aunque nunca cero, no seamos ingenuos. Mientras estemos vivos, necesitaremos energía, y para ello, recursos y tecnología. Las opciones, tanto de modelo energético como de modelo de sociedad, son múltiples. Y nosotros, libres para escoger entre ellas. Y por ello, responsables.