īDe Bottonī, Sergi Pāmies

Alain de Botton no se parece a nadie. No tiene ni el físico ni la actitud que el tópico atribuye a los escritores y sus libros no se adaptan a las etiquetas que, a veces hasta la asfixia, cuadriculan el mercado. Miserias y esplendores del trabajo (Ed. Lumen) no es una excepción. Tiene el estilo de una novela, la apariencia de un ensayo, el intimismo de un dietario, la minuciosidad de un tratado de ornitología sociológica, la sabiduría de una aventura antropológica, la amenidad divulgativa de una aproximación psicológica a la economía y la historia, una elegante ironía suiza y los deslumbrantes hallazgos de una buena colección de poemas.

Si se aceptan los límites inevitables de un título, podría decirse que el libro trata del trabajo, aunque esta afirmación no le haría justicia. De Botton observa diversas formas de actividad humana productiva. Los buques mercantes, que transportan productos tan indispensables y extravagantes como el dióxido de carbono (a partir del cual se fabrican las burbujas de los refrescos) o la isoglucosa. Se sumerge en el universo de la fabricación de galletas y descubre su oscura y fascinante dimensión psicológica. Viaja hasta la Guayana para asistir al estruendoso lanzamiento de un satélite de comunicaciones. Comparte la disciplina de un pintor de robles centenarios y los horarios de una tribu de auditores hipermodernos, alienados y melancólicos, la vocación de un experto en la belleza monumental de las torres de alta tensión escocesas. Por decirlo a la manera de De Botton: todo aquello que recuerde "la inteligencia expansiva de la mente colectiva moderna". Dicho así, puede parecer una pedantería pero no lo es. Al contrario: la complejidad de los temas tratados, combinada con un criterio sutil y crítico de la abundancia, se simplifica cuando pasa por el filtro de la mirada-prosa del autor. A medida que el libro avanza, el tono alterna la precisión del notario, la sorpresa del curioso, la fidelidad del testigo. Y, al final, tras haber acumulado reflexiones que enriquecen el conocimiento de nuestra cotidianidad (industrial, tecnológica, estética) y experimentar un agridulce vértigo planetario, el lector descubre una dependencia con su entorno que, en lugar de invitar al desánimo o al pánico, alivia y tranquiliza. Es una sensación agradable y perdurable, de conocimiento adquirido sin dolor, con delicadeza, como si hubieras caído en manos de un dentista educado, minucioso y competente que, a base de combatir tus dudas con argumentaciones lógicas y amenas -y pese a estar a punto de arrancarte una muela-, consiguiera anular muchos de tus temores. Ese es el gran talento de Alain de Botton: sacar a la superficie, a través de una prosa elegante y amena, realidades invisibles y tremendamente accesibles.

25-III-11, Sergi Pàmies, lavanguardia