´Treinta y tres aņos de silencio´, Jordi Graupera

Una de las aportaciones más llamativas de la intelectualidad española es el silencio. Sí, se grita. Sí, cuando la derecha dice cosas de derechas, la izquierda monta performances. También la derecha monta
una peli de Berlanga por la Castellana cuando la izquierda dice cosas de izquierdas. Ruido, haylo, efectivamente. Pero cuando en España se saca el tema de las minorías culturales –por usar un término
aséptico que entiendan izquierdas y derechas– el paradigma científico, filosófico y literario es el silencio.

Muchas veces se menciona amargamente el contraste entre la frenética tendencia de cantautores y poetastros españoles de dar su apoyo a todo tipo de causas, pegatina en pecho, y la indiferencia con la que reciben los conflictos identitarios. El problema, sin embargo, es más profundo. No ha existido en 30 años ningún discurso, movimiento literario o corpus filosófico que se haga cargo del intento de etnocidio perpetrado durante la era fascista, ni mucho menos sobre las etapas anteriores. Hay para alquilar sillas, que diría Pla, porque es una excepción. En EE.UU. existen cientos de cátedras dedicadas a estudiar la destrucción de la cultura de los nativos americanos, o de la cultura negra después de la esclavitud, o sobre el trato a los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. En Sudáfrica el debate sobre el apartheid, y sus consecuencias actuales, ha traspasado fronteras. O Alemania. Uno de los primeros actos públicos de Habermas, el filósofo europeo más influyente de nuestro tiempo, fue una carta de 1953, en la que cuestiona a Heidegger su contemporización del nazismo. Incluso mucho más tarde, en 1986, estalló el Historikerstreit. Historiadores y filósofos polemizaron a propósito de la tesis que afirma que el nazismo fue una consecuencia de la cultura alemana. Habermas, o el Nobel Günter Grass, se han caracterizado por un ejercicio constante de reflexión sobre su responsabilidad, sin disimulos. Esta es la izquierda occidental, que ha entendido que la ficción de la democracia se sustenta en una incesante
revisión del poder de la cultura de la mayoría sobre la minoría.

Claro, los catalanes no somos los judíos –aunque los chistes que se cuentan digan lo contrario–, ni erradicar una cultura es exterminar un pueblo. El ejemplo alemán sirve por la venda, no por la herida.
Pero la pulsión etnocida ha existido y existe, y a nadie parece importarle que su obra sea una evolución acrítica de una cultura totalitaria. La extirpación de la pulsión etnocida no la podemos hacer los catalanes. Por eso el silencio intelectual da para maravillarse. Este es el tuétano del fracaso actual de España. La izquierda y los liberales españoles no van a tener un discurso universal creíble hasta que
no solucionen este particular silencio. Un comienzo: la palabra etnocidio, “la extinción deliberada de una cultura por otra”, que aparece en el diccionario del IEC, en el Oxford, y hasta en Wikipedia, no existe para la RAE.

29-I-11, Jordi Graupera, lavanguardia