La gravedad del siniestro del pasado 11 de marzo en la planta nuclear de Fukushima ha sido catalogada como de nivel 7, el máximo en la Escala Internacional de Sucesos Nucleares y Radiológicos. Una valoración análoga a la de Chernóbil, el peor accidente en la historia, cuyo 25. º aniversario se cumplirá el próximo día 26 de abril. Esta catástrofe, junto a la de Three Mile Island en 1979, supuso un parón de dos décadas en la construcción de nuevos reactores en gran parte del mundo.
En los últimos años, la industria nuclear parecía haber logrado mejorar su imagen y grado de aceptación entre gobernantes y opinión publica. Hace apenas un mes, la World Nuclear Association mostraba ufana cómo las propuestas y planes de construcción de nuevos reactores superaban en número a los 440 actualmente en funcionamiento en el mundo. Pero, tras el accidente en Japón, muchos gobiernos han anunciado ya su intención de revisar la seguridad de sus plantas nucleares y de revaluar sus planes de futuro. Pese a las llamadas a la calma y a evitar el juicio en caliente emitidas desde la industria y organismos del sector nuclear, lo más probable es que la popularidad de la energía atómica vuelva a situarse bajo mínimos, reflejando la percepción de que estamos ante una fuente energética poco fiable y peligrosa.
Tres accidentes graves en treinta y dos años constituyen una evidencia de la inseguridad de las centrales nucleares. Es verdad que en Fukushima el desastre fue causado por un cataclismo natural de magnitud inusual. Pero esto no es excusa. Quienes planificaron la central subestimaron de forma incomprensible los peligros inherentes a una zona costera en una zona de gran actividad sísmica.
Y tampoco es justificable la escandalosa y deficiente gestión de Tepco, la compañía operadora de la central, más preocupada por amasar beneficios que por las posibles consecuencias derivadas de su desidia. A golpe de sobresalto, la percepción pública está evolucionando hacia posiciones cada vez más fatalistas: por una razón o por otra, lo altamente improbable tarde o temprano acaba por ocurrir.
Por otra parte, la repercusión mediática de la crisis de Japón ha sido extraordinaria. En todo el mundo, familias enteras han contemplado en directo una sucesión de imágenes alarmantes que durante días han copado los informativos. Nunca antes habíamos visto en televisión la escena de una planta nuclear explotando ante nuestros ojos, ni las imágenes de ciudadanos obligados a desplazarse de sus hogares, sometiéndose a controles de radiación y viviendo temerosos de las consecuencias de esta para su salud y la de sus descendientes. Tras Fukushima, peligrosidad y miedo son dos sentimientos que inevitablemente aflorarán en cualquier discusión, socavando a medio y largo plazo la aceptación pública de la energía nuclear. Un hecho con profundas implicaciones electorales que ningún político puede obviar.
Y sucede que el futuro de la nuclear es en buena medida una cuestión política. De hecho, en Europa y Estados Unidos, el renacimiento nuclear fue siempre más una promesa que una realidad, porque la magnitud de los riesgos financieros que su desarrollo conlleva implica necesariamente una decidida intervención por parte de los gobiernos y, a menudo, los apoyos ofrecidos por estos no han bastado para atraer la inversión privada.
El caso de Estados Unidos resulta paradigmático. En el 2007, el Congreso acordó otorgar garantías de préstamos a la industria nuclear, registrándose desde entonces 28 peticiones para nuevas plantas. Pero la recesión económica y el auge en la producción de gas no convencional como una fuente alternativa para la generación de electricidad, hacen que hoy en día sólo dos plantas estén en construcción.
Tras la catástrofe de Fukushima, la industria nuclear está tocada, pero no hundida. El crecimiento de la demanda de electricidad en China e India y las exigencias militares de las potencias nucleares y de otros países hacen impensables un abandono gradual a de la energía nuclear. Sin embargo, aun contando con la necesidad de luchar contra el cambio climático y de minimizar los riesgos en el suministro, el futuro de la nuclear no será brillante.
Hoy en día disponemos de alternativas y ya el año pasado la Agencia Internacional de la Energía (AIE) pronosticaba que la nuclear crecería tan sólo del 6% de la energía primaria usada del mundo a un 8% en el 2035. Tras lo de Japón, la AIE admite que incluso este crecimiento tan bajo será difícil de conseguir.