´Un mundo feliz, muy feliz´, Quim Monzó

Hubo una época en la que los autos de choque ocupaban un lugar importante en la vida de las ciudades, sobre todo en los barrios y en la franja de edad entre la niñez y la juventud. En mi caso hablo de los primeros sesenta, época en la que las fiestas mayores eran todavía un acontecimiento y los entoldados cumplían la función lúbricosocial que más adelante cumplirían los bares de noche y las discotecas. No es sólo que no hubiese ni internet ni el resto de tecnoparafernalia actual, sino que ni siquiera se había generalizado la tele. En ese panorama prehistórico los autos de choque eran lugar ideal para desahogarse con los juegos infantiles y para aprender a tirar los tejos mientras escuchabas a Paul Anka con su Diana o a Neil Sedaka con aquel Oh Carol extenuante. Yo iba a los autos que instalaban en una explanada que había en Sants, en el paseo Sant Antoni, delante de donde muchos años después construyeron el Palacio Balañá. De pistas fijas recuerdo las del Caspolino de Gal·la Placídia y las del parque de atracciones del Tibidabo. Dudo si había también en el Apolo, en el Paral·lel.

La gracia de los autos de choque era conducir - a una edad en la que, entonces, ni siquiera los quinquis de doce años conducían-pero, básicamente, chocar. Chocar sin quererlo o queriéndolo: enfilando hacia el coche de tal o cual amigo mientras los encargados de recoger las fichas iban saltando del parachoque de goma de un auto al parachoque de goma de otro. Ninguno de nosotros hubiese imaginado que llegaría un día que, en los autos de choque, chocar estuviese prohibido. Pues eso es lo que ha hecho ahora la empresa que hace ochenta años los importó a Gran Bretaña, desde Estados Unidos. Ahora, en todas sus pistas -unas cuantas- está prohibido chocar: "Por motivos de salud y de seguridad". Explica The Telegraph que los clientes quedan boquiabiertos al ver el letrero que dice: "No choquen". Si a pesar de todo chocan, los encargados les avisan que no deben volver a hacerlo y les piden que conduzcan poco a poco. Si ignorando la advertencia siguen chocando, los echan de la pista.

No es sólo una incongruencia etimológica (choque viene de chocar).¿Qué gracia puede tener subir a un auto de choque si está prohibido chocar con otros autos de choque?¿De qué sirven, pues, los parachoques gruesos, de goma, colocados alrededor, a posta para poder chocar sin peligro? ¿El paso siguiente será prohibir bajar por los toboganes porque con observarlos desde una distancia de tres metros hay suficiente, no vayan a hacerse daño los niños en el descenso? Acto seguido, claro, limitarán la velocidad máxima de las montañas rusas a 15 kilómetros por hora (8 en el Dragon Khan, porque es más espectacular) y, en el tren de la bruja, el túnel tendrá que estar completamente iluminado, no fuese que los niños tuviesen un poquiiiito de miedo.

7-V-11, Quim Monzó, lavanguardia