´Empantanados en Iraq´, X. Bru de Sala

Empantanados en Iraq

Tanto que importan los muertos europeos a manos del terrorismo y a nadie le quitan el sueño los miles de iraquíes que saltan por los aires. Los asesinos son los mismos, u obedecen a la misma intención y en buena parte disciplina, pero como las víctimas son tan diferentes, casi no parece que mueran a manos de Al Qaeda y organizaciones similares. Que, en términos de seguridad, las cosas están en Europa peor que antes de la invasión es una obviedad que no debería hacer olvidar lo apesadumbrados que deben de estar la mayoría de los iraquíes por las masacres cotidianas.

Cierto es que el dolor propio se siente de modo muy distinto del dolor ajeno, pero cuando la enfermedad o el agente patógeno es el mismo debería nacer una corriente de solidaridad o por lo menos un interés que no asoma entre nosotros por ninguna parte. Conocemos las conexiones, pero como al parecer no tenemos la menor idea de las terapias, pues a aguantarse tocan, y que cada doliente supure por sus heridas.

Lo mejor sería estar en situación de esclarecer si sería contraproducente, en aras de la seguridad, una hipotética retirada de las tropas americanas y sus ayudantes británicas. Así como hay que ponerse una buena visera ideológica neoconservadora para no compartir la impresión de que la invasión de Iraq ha propiciado un incremento del fanatismo terrorista, nadie parece estar seguro, salvo los menos conscientes del peligro, de que una retirada, súbita o a plazo fijo, fuera a mejorar las perspectivas de seguridad, ni en Occidente ni en el propio Iraq. Por otra parte, y dejando de lado las opiniones de cada cual, ni el terrorismo resistente ni la Casa Blanca, los dos enemigos declarados en esta contienda, parecen estar en disposición de ceder un ápice. Estamos ante un enfrentamiento largo, de desgaste, en el que los síntomas de debilidad equivaldrían a una rendición o renuncia de los objetivos: por parte norteamericana, afianzar en la región una democracia amiga y estable, o sea, controlada; por parte islamista y suní, expulsar a las tropas extranjeras de suelo iraquí. La retirada de los suníes que participaban en el proceso democrático, forzada por los asesinatos de dos de sus representantes, complica la situación en vez de mejorarla. Estamos, pues, empantanados, y la gran diferencia con Israel, a ojos árabes, es que en Iraq los occidentales, cristianos o judíos, no pretenden quitarles sus tierras para quedarse a vivir para siempre en ellas. El resto es parecido, de modo que el foco principal de conflicto, hasta ahora en Palestina, se ha multiplicado por dos. Los muertos, casi por mil.

Dejemos el sombrío pronóstico sobre la duración del nuevo conflicto y foco de inestabilidad, para volver a las conciencias occidentales, singularmente europeas, a la ausencia de reac-ción moral o sentimental ante las explosiones y masacres cotidianas en Bagdad. Parece que nos lo tomemos con un fatalismo impropio de nuestra tradición, como si se tratara de un cáncer incurable o de una hemorragia ante la que no disponemos ni de una cinta para aplicar un torniquete. En buena parte es cierto, visto y analizado desde la política o las posibilidades de actuación internacional, aun suponiendo que Europa estuviera unida en vez de profundamente dividida en esta guerra. Pero la impotencia a la hora de actuar no ha impedido, en el pasado reciente, una condena moral ante los abusos de las autoridades israelíes sobre los palestinos. Sin embargo, no se da una reacción parecida, ni siquiera la contraria, de condena ética de la resistencia terrorista. Es por lo tanto de sumo interés descubrir que, moralmente, Europa también está trabada y empantanada, de modo inconsecuente con su tradición de claridad e intransigencia ética, ante la tortura, ante los abusos de los derechos humanos, la pena de muerte y un largo etcétera. A excepción de la minoría partidaria de secundar la política exterior norteamericana en cualquier circunstancia, juzgarla acertada por principio, adjudicar el dolor y la muerte subsiguientes, o precedentes, a agentes malignos enemigos de toda forma de democracia, empezando por la occidental; a excepción de los que vaticinan en cualquier caso un desenlace con avance final de los derechos humanos, el bienestar de los invadidos y subyugados, así como de la bondad universal; excepto esta minoría encabezada por Blair, que lo tiene todo demasiado claro, el resto, no necesariamente de izquierdas, se encuentra bloqueado.

Tal vez haya que recurrir a la Biblia para encontrar una explicación. Imaginemos por un momento que Saddam Hussein hubiera caído por un golpe o asesinato, que la situación es como la de hoy pero sin tropas extranjeras y sin procónsul. La condena de los fundamentalistas y sus estragos sería entonces unánime en Europa y en todo el mundo. ¿Por qué no se da? Porque en Iraq hay pecado original, la invasión, y esa mancha que no se quita la lleva Estados Unidos, según la mayoría de los europeos y no pocos demócratas y liberales norteamericanos.

lavanguardia, 30-VII-05