ŽLas piernas del cerebroŽ, X. Bru de Sala

Las piernas del cerebro

No abomino de los valores y su transmisión. Una combinación de epicureísmo y estoicismo no vendría nada mal a nuestras sociedades. La meta, en fin, de toda construcción humana individual es ir progresando por caminos que conduzcan a la bondad, a la indulgencia con las debilidades ajenas, a los intentos de corrección de las propias, a la entereza como meta, a una cierta plenitud vital, no exenta de pequeñas renuncias y logros ciertos, que entiendo como la única fuente de satisfacción con uno mismo. Pero eso en la escuela, tal como podemos concebirla, no puede aprenderse. Los valores, los que sean, y no siempre son positivos, impregnan la atmósfera, son ambientales, lo empapan todo. Mejorarlos no es trabajo de los educadores sino de todos.

¿A qué debe entonces dedicar sus esfuerzos el sistema educativo? En sus primeras etapas, a incrementar las capacidades cognitivas, antes que nada en dos aspectos primordiales. La lectoescritura y la capacidad de cálculo. O sea, en su vértice de unión, ´comprender a través del lenguaje combinando abstracciones´. Todos nacemos con capacidad oral y numérica. Mamá cuervo sabe contar sin haber ido al colegio. Pero la escuela debe, en primer lugar, ante todo, desarrollar estas dos capacidades, las dos piernas del cerebro. Deberíamos empezar a comprender el cerebro como algo no tan alejado del cuerpo. Algo más sofisticado es el tejido neuronal, pero no tanto como para que, a la luz de los conocimientos actuales, se nos siga apareciendo como una caja oscura. No es, desde luego, una tabla rasa. Sí un sistema con una enorme plasticidad, capaz de crear nuevas conexiones a cualquier edad, más todavía en la infancia y la juventud. Por eso es que deben aprovecharse estas edades para desarrollar este precioso tejido.

La clave se llama estudio. ¿En qué consiste? En concentrarse para forzar un poco estas conexiones. No, primordialmente, para adquirir conocimientos, sino para incrementar la capacidad de conectarlos entre sí, que es el único modo conocido de fijarlos. Ningún cerebro, si no es el de los más superdotados, puede pasar por sí solo y sin esfuerzo de la oralidad a la lectoescritura, de la expresión simple a la comprensión compleja, de las sumas y restas al cálculo sofisticado.

Toda existencia transcurre por caminos en buena parte azarosos, por lo que son imprevisibles los grados de acomodo de cada cual con sus propias vicisitudes. Eso, la escuela, la enseñanza, no pueden preverlo, ni orientarlo quien crea que la autonomía del individuo es irrenunciable e intransferible. A cada uno le irán las cosas como sea, le saldrá la vida de un modo u otro. Es responsabilidad propia, no del sistema educativo. El sistema tiene el modesto pero insoslayable deber de alargar las dos piernas del cerebro, las mencionadas, para que el futuro adulto eche a andar con menos riesgo de no entender nada, empezando por él mismo. Luego, la andadura es un asunto particular, muy ligado a la experiencia, al aprovechamiento o no de las oportunidades, plagado de errores, insisto, y de algún que otro acierto. De errores y aciertos se puede aprender algo o nada. No depende de la escuela.

El programa puede ser tildado de modesto, si lo preferís humilde. No lo es. El objetivo es ascender por las dos laderas. Una, la comprensión de lenguaje escrito y el perfeccionamiento de la expresión propia, que son uno y lo mismo. La otra, el cálculo, en primer lugar numérico, luego abstracto, combinatoria conceptual. Eso es lo primordial, junto a la memoria, que es el campo por el que transita la inteligencia, la mayoría de las veces con una extraordinaria y cansada lentitud, excepcionalmente con un brillante galope. Sobre cómo procurarse una existencia emocional satisfactoria, por ejemplo, sabemos muy poco, por lo que es mejor no intentar enseñar nada. A comprender, a calcular sí puede enseñarse, mediante la creación de nuevas conexiones, producto del esfuerzo individual. Con eso casi basta.

lavanguardia/culturas, 5-VII-06