´Vivir bajo amenaza´, X. Bru de Sala

Vivir bajo amenaza

Otra vez. No otra vez, sino otro episodio de la misma vez, la misma guerra del fundamentalismo islamista contra Occidente, sus valores, su bienestar, contra nuestra civilización, sin duda y con todos sus defectos la más avanzada y equitativa jamás lograda.

En el futuro, los macabros intentos de los terroristas seguirán. Que obtengan el ansiado efecto devastador sobre nuestra tranquilidad va a depender de la eficiencia de los servicios de seguridad. Les ha salido tres veces según sus deseos, en Nueva York, Madrid y Londres. A saber cuántos intentos han sido abortados sin que nos hayamos enterado. Es de suponer que alguna otra vez les saldrá bien. De un modo u otro, deberíamos estar preparados para una escalada, si bien pude afirmarse a estas alturas que, de no multiplicar por diez o por cien su capacidad destructiva, algo hoy por hoy impensable, el terrorismo islamista habrá fracasado en su empeño destructivo. Ni siquiera puede decirse que hayan conseguido intimidar a los estados o a la ciudadanía. Más bien el resultado es negativo para la fe que dicen proteger, puesto que, en última instancia, las decenas de miles de muertos de Iraq son consecuencia del 11-S. Por reacción desmesurada y equivocada de Estados Unidos, sí, pero consecuencia al fin.

De todos modos, sigo discrepando del concepto de guerra contra el terrorismo de la Administración Bush. Creo que es muy importante distinguir entre quienes nos atacan y nuestra respuesta - hablo ahora como ciudadano del bloque liderado por Estados Unidos-, porque ellos sí que están en guerra contra nosotros, pero no al revés. Europa no está en guerra contra nadie. Bush padre capitaneó una guerra, de éxito fulminante, contra Saddam Hussein, para hacerle retroceder en sus ansias de conquista. Bush hijo ha liderado otra contra Afganistán, si es que no debe llamarse ocupación, en la que España participa sin que haya quejas. Luego, la de veras injusta y contraproducente guerra de Iraq, cuyas nefastas consecuencias, incluso para quienes la desencadenaron con embustes, aún no se han evidenciado por completo. Se trata de guerras concretas, acotadas. De la de Afganistán sí se puede predicar que fue contra el terrorismo, pues ocupó un Estado que se había convertido en campamento general de Al Qaeda. De las demás, no. Es engañosa y contraproducente la doctrina de que Estados Unidos está metido en una guerra genérica contra el terrorismo, cuya generalidad se concreta, aquí y allá, en acciones bélicas diseminadas. Los terroristas sí que están en guerra, pero nosotros en paz, nosotros debemos responder cada vez más con la máxima capacidad preventiva. ¿De qué sirve una lista de países tuteladores de células terroristas, tolerantes o impotentes con ellas - que incluiría, entre otros, a Yemen, Bosnia, Kosovo, Indonesia, Argelia, Somalia, Chechenia y hasta Egipto o Marruecos-?, ¿de qué sirve si los terroristas dispuestos a dar su vida son ciudadanos de países occidentales, si es en ellos que han llegado, muchas veces por sí mismos, en conversaciones con amigos, etcétera, no necesariamente por adoctrinamiento robotizador, al convencimiento de que valía la pena dar su vida por la guerra santa?Recordemos hasta qué punto la Biblia ensalza a Sansón, el primero y uno de los más demoledoresterroristas suicidas registrados por la historia.

La mejor respuesta al terrorismo consiste en reforzar los propios valores democráticos, la convicción de que cualquier futuro optimista para la humanidad proviene de los países avanzados, los que mejor cumplen con los derechos humanos, mayor riqueza generan y mejor la reparten. Claro que no basta con principios genéricos de confianza en las capacidades de los occidentales y de la mayoría de sus gobiernos. Es preciso actuar con mano dura allí donde es imprescindible, pero también resulta imprescindible tender la mano a aquellos países y regímenes del islam que buscan salidas de corte desarrollista con garantías igualitarias. La democracia no se impone a golpe de misil. Para vencer, se debe mostrar que existen vías para mejorar la condición de vida de millones de ciudadanos que, en estos días y no sólo en aquellos países, lamentan el fracaso de los comandos que pretendían volar simultáneamente un sinnúmero de aviones en pleno vuelo. Al mismo tiempo, ayudaría mucho más a disminuir la presión psicológica sobre estos ciudadanos una acción exterior más justa y comprensible que el abuso del poder y la fuerza. En este sentido, Washington ha echado a perder en Iraq gran parte del crédito moral que tuvo en tiempos de Carter, Reagan, Bush padre y Clinton.

El terrorismo internacional islamista se ha convertido en uno de los principales problemas del mundo. Por el momento, no ha logrado hacer mella en la psicología colectiva de los occidentales, dispuestos a relativizar el peligro, acostumbrándose ya a vivir bajo amenaza durante un largo periodo. Al contrario de relajarlos, reforzar nuestros valores ayudaría mucho a vencer al terrorismo.

lavanguardia, 19-VIII-06