´Lejanías´, X. Bru de Sala

Ustedes tal vez no se lo acaben de creer, pero muchos de los que tenemos experiencia directa en negociaciones cotidianas con la Administración central coincidimos en explicar cómo en los despachos de Madrid, del último hasta casi el primero, existe un placer morboso, una especie de querencia y hasta de pequeña competición, a la hora de distribuir los recursos o tomar decisiones, algo a la contra de las aspiraciones y demandas catalanas. Los que no lo explican son igualmente conscientes de ello, aunque sean compañeros de carnet, pero prefieren callarse. Es que suele ser un poco, sólo un poquito. No existe lo que se llama animadversión. No hay consigna alguna en el sentido de dar menos a Catalunya. Si no anduvieran pidiendo tanto, entonces tendrían más, seguro. Pero aunque la actitud reivindicativa moleste - y no es que los demás no pidan, pero lo hacen desde la sumisión-, en términos generales no puede hablarse de discriminación sistemática y premeditada. No hay siquiera intención de perjudicar. Mala voluntad, no la hay. Nada serio o severo. Es sólo un acento, unas migajas por aquí y otras por allá, una pequeña cicatería de rostro amable y comprensivo pero con sonrisa por lo bajinis. La finalidad, rebajar un poco las ínfulas. Dicha cicatería no debe confundirse con la actual negación sistemática a aplicar el Estatut. Es otra cosa. Eso es distribución del poder, de la capacidad de decisión, aunque no sea en lo fundamental, a la que se niegan porque les va el suyo. Aquello es un modo muy arraigado de ejercerlo.

"De mica en mica s´omple la pica", se dice aquí, pero en este caso no es cierto. Al contrario. A veces, cuando la pica amenaza con llenarse, se toman medidas correctoras de excepción. Si se tratara de perjudicar, entonces se frotarían ambas manos, pero lo cierto es que, cuando ven que se les ha ido la mano, lo que rara vez ocurre, entonces se las ponen en la cabeza, la mueven de lado a lado y corren a tomar soluciones. Aunque sea tarde y mal. Aunque no se enfrenten las situaciones con el vigor necesario. Aunque se pague el esfuerzo inversor con un detrimento inversor en otras partidas, a saber si superiores. Por ejemplo, ¿cuánto se ahorra Fomento con los tres años añadidos de retraso del AVE? ¿Es más o menos de lo que se va gastar en cercanías sin haberlo previsto con suficiente antelación? Por ahí andará. Luego vienen las disculpas, que son muy de agradecer viniendo de una casta tan orgullosa y poco acostumbrada a reconocer errores. ¿El accidente del viernes fue error humano, responsabilidad exclusiva de quien incumplía de modo tan flagrante el límite de velocidad? De ninguna manera, es un modo de operar que conlleva desidia funcionarial y falta de exigencia, con una muy irregular distribución geográfica. Total, como eso huele a traspaso, mejor no servirlo en bandeja de plata. Lo confirman las declaraciones del mismísimo director general de Renfe, que no está "nada orgulloso" del servicio, al que reconoce "poca calidad", a diferencia del resto de España. La vicepresidenta del Gobierno, menos compungida, anunció que se estaban poniendo todos los medios al alcance.

¿Tendrá consecuencias políticas? Este fin de semana, habrán sido centenares de miles los perjudicados directos e indirectos. Las primeras previsiones anunciaban el restablecimiento de los servicios habituales para hoy lunes. Ustedes lo estarán comprobando. Seguiremos en las mismas, ya que el problema es estructural. Pero para un número indeterminado de votantes socialistas, el dilema puede ser mayúsculo. ¿Hay que dar o no un mensaje a ZP por presidir un gobierno cicatero? ¿Será a costa de la explícita voluntad de frenar al PP, máximo aliciente de dichos votantes? Sea cual sea la solución al dilema, los socialistas catalanes van acumulando puntos en contra.

lavanguardia, 25-VI-07.