´Más Platón y menos autoayuda´, Manuel Cruz

Lo peor de eso que se suele denominar autoayuda no es lo que promete, sino lo que realmente da. Y lo que realmente da es un curioso mix, una peculiar mezcla de psicoanálisis de mercadillo y orientalismo
en zapatillas (con muchas sentencias de yogis y gurús hindúes, maestros zen vietnamitas y otras autoridades espirituales, salpimentadas con algún que otro proverbio chino –que son a estos discursos lo que las proverbiales “tribus primitivas” a los antropólogos: siempre hay alguna disponible para cualquier teoría antropológica que se necesite demostrar–). La propuesta suele adoptar la forma de un engrudo aforístico que rehúye plantear en su auténtico calado los problemas que la vida nos depara, sustituyendo esta complicada y casi siempre dolorosa tarea por la aplicación prácticamente mecánica de presuntas cápsulas de conocimiento de las que se espera que ofrezcan efectos taumatúrgicos inmediatos.

Ante semejante panorama, la filosofía, sobre todo a la vista de las vicisitudes de todo tipo que viene padeciendo de un tiempo a esta parte, puede experimentar la proverbial tentación de querer seguir el modelo anterior y tomar la forma de alguna de las prácticas de autoayuda de apariencia exitosa que tanto proliferan últimamente. Un buen ejemplo lo constituyen propuestas como las de las asesorías filosóficas y similares, en las que parece darse por descontado que el futuro de los filósofos pasa por redefinirse en términos de una especie de terapeutas del espíritu, los cuales, sirviéndose simplemente de su capacidad de reflexión y de la posibilidad de comprender la realidad con la inteligencia (¿de que otra cosa se podrían servir, por cierto?), ayudarían a quienes a ellos acudieran a resolver sus problemas y a conducir su vida de un modo coherente a fin de evitar el sufrimiento innecesario.

Pero si conviene defenderse de semejante tentación, ¿qué alcance tiene entonces la distinción inicial entre lo que la autoayuda promete y lo que realmente da? Sé que a alguien le podrá sonar un poco raro, pero no costaría demasiado interpretar que lo que ha venido haciendo desde sus orígenes un cierto tipo de filosofía –de Sócrates a Cioran, pasando por Lucrecio, Séneca, Gracián, Pascal, Schopenhauer y un
sinfín de pensadores más– ha sido intentar proporcionar herramientas que ayudaran a los individuos a enfrentarse en condiciones a sus retos vitales, de forma que no resultaran aplastados por ellos.

De aceptarse lo anterior, la autoayuda no constituiría en lo fundamental tanto un peligro para la filosofía (que amenazara con alejarla de su genuina esencia) como una degradación, banalizada, de uno de sus propósitos más propios, el de proporcionar instrumentos para elaborar eso que, desde los clásicos a Foucault ha venido llamándose el arte de vivir. Arte de vivir que la filosofía encara sin prejuzgar objetivo
alguno (verbigracia, evitar el sufrimiento) ni dando por descontada la legitimidad de ninguna expectativa (verbigracia, el derecho a ser feliz). Antes bien al contrario, entiende que lo específico de su propuesta es, por así decirlo, el riesgo que corre y, en la misma medida, el modelo de práctica filosófica (o de filósofo, si se prefiere) que propone.

¿Cuál es entonces la figura o modelo que debieran tomar como referencia quienes se dedican a la filosofía? El modelo no debería ser el de esos terapeutas tan proclives a lamedicalización aultranza de todos los aspectos conflictivos de nuestra existencia, como si de lo que se tratara a toda costa fuera de reparar la menor anomalía que en el paciente se pudiera producir con el argumento de que lo que realmente importa es aliviar los pesares de éste. El modelo o ideal al que debería aspirar el filósofo no es tanto el del médico-terapeuta-sanador como el del sabio. ¿Y qué es un sabio? Alguien que no sólo piensa lo que pasa, sino, sobre todo, lo piensa bien. Alguien que no sólo no siempre encuentra sentido al mundo, sino que incluso es capaz de detectar el profundo sinsentido que lo habita. Alguien que no nos proporciona la manera de alcanzar la felicidad, pero sí las indicaciones para vivir la vida con la mayor intensidad posible. Alguien que, frente a la generalizada prisa de tantos presuntos pensadores por abandonar las preguntas mayores del espíritu –que son también las ineludibles preguntas de la vida– en cuanto tienen la sensación de que se han quedado viejas (acaso porque temen que les envejezcan), nunca olvida que caducan antes las malas respuestas que las buenas preguntas. Alguien que se entusiasma con el pensamiento y que, precisamente por ello, hace pensar a quienes le escuchan. Alguien a quien todos los que nos dedicamos a este asunto del pensar nos gustaría parecernos de mayores.

4-VI-11, Manuel Cruz, catedrático de filosofía UB, Premio Espasa de Ensayo 2010, lavanguardia