´ˇYa somos iletrados!´, Imma Monsó

Empiezan a ser notorios los resultados del desmantelamiento de los estudios de letras que han venido llevando a cabo los sucesivos gobiernos en los últimos decenios. Iletrados ha habido siempre y nada es más hermoso que escuchar a un iletrado sabio o lleno de sentido común. Pero lo novedoso ahora es escuchar a periodistas iletrados, ingenieros iletrados, profesores iletrados y, lo más extravagante: estudiantes de letras iletrados. En estos últimos, el desinterés por las letras se hace más palmario puesto que han decidido consagrar los mejores años de su vida a hacerse una cultura clásica, algo que a menudo no consiguen: de entrada porque los programas les exigen cada vez menos, pero también porque desde hace tiempo cursan carreras de letras (salvo honrosas excepciones) aquellos que no se sienten capacitados para hacer ciencias, lo que no significa en absoluto que estén capacitados para hacer letras, y a veces ni siquiera interesados. Algo parecido pasa con el bachillerato de humanidades, dándose en los institutos la paradoja de que los alumnos más brillantes en, pongamos filosofía, suelen ser alumnos de ciencias mientras que el bachillerato de letras presenta un perfil de alumno poco dado al estudio en general.

La situación viene de lejos: "Uno de los defectos de la educación superior moderna es que se ha convertido en un puro entrenamiento para adquirir ciertas habilidades y cada vez se preocupa menos de ensanchar la mente y el corazón de los estudiantes mediante el examen imparcial del mundo", decía un visionario Bertrand Russell en los años treinta del pasado siglo. Y ahora, parece que el libro de Llovet Adéu a la universitat,que recomiendo a quien esté interesado en contemplar el triste naufragio de los mecanismos de transmisión de saber, pone el broche de oro a la hecatombe. Digo hecatombe porque eso nos parece a muchos esta evolución hacia una educación más pragmática, más cercana a la empresa, más utilitarista. Se borraron de los programas las asignaturas que más ayudan a comprender el mundo, se aligeraron las materias que permiten entender el pasado (y así situarnos en el presente), se prescindió de la cultura y artes clásicas, sabiendo como sabemos que son nuestros únicos valores seguros (los únicos a quienes el implacable filtro del tiempo ha otorgado carta de credibilidad). Se sustituyeron los contenidos por los contenedores, se frivolizaron las asignaturas literarias, por no hablar del trato dispensado a las ciencias puras y a todas las materias clásicas que han sido la base tradicional del saber. Y se hizo especial hincapié en las famosas habilidades y destrezas de que habla Russell, intentando convencer al personal de que todo conocimiento que no cotice directamente en el mercado laboral es vano.

Diría que ahora es un buen momento, como he dicho al comienzo, para empezar a ver los logros de estas reformas. Ya tenemos a esos jóvenes formados para "adaptarse perfectamente al mercado laboral". La propuesta en sí ya era siniestra, pues nunca la verdadera educación debiera ser eso, pero ahora que el mercado laboral se ha desplomado resulta más siniestra todavía. Si nada lo impide pronto, nuestros hijos serán tan sólo exhalaciones (más o menos indignadas, eso sí), que corren de un trabajo a otro para comprarse el último modelo de iPad tras ahorrar tres meses yendo en bici al trabajo porque no contamina y es barato), puro pasto del instante presente. Serán los titulados más pobres de espíritu de la historia de los titulados, pero por suerte no lo notarán, pues la precarización del trabajo y los fines de semana low-cost los mantendrán entretenidos. ¡Toma habilidades! Y destrezas.

4-VI-11, Imma Monsó, lavanguardia