´Abierto en canal´, Fernando Ónega

No hay en España auditores para tantas auditorías que se quieren hacer. Es que miren: coge usted cualquier periódico local donde se entreviste a un nuevo alcalde y lo primero que declara es que va a encargar una auditoría. "No por ánimo de venganza sino para conocer las cuentas", dice el nuevo concejal de Santiago. Después tenemos a los nuevos presidentes de autonomías, empezando por la señora Cospedal, que han prometido lo mismo, quizá para rodearse de autoridad para los recortes y, de paso, desautorizar al enemigo anterior. Y por último, escucha usted al presidente de la CEOE, señor Rosell, y sugiere que se hagan auditorías en 21.000 organismos públicos, no sabía yo que había tantos. Yo mismo estoy por auditarme, porque no consigo que me salgan las cuentas.

Vamos a asistir a un impresionante espectáculo donde se revisarán alfombras y cajones. Si las peticiones y promesas se cumplen, un ejército de auditores caerá sobre organismos públicos y semipúblicos. Saldrán, como se asegura en Sevilla, deudas contraídas en pesetas, y quién sabe si pesetas con la efigie de Franco. Cuando se encuentre un papel dudoso, algún juez, siguiendo el ejemplo del juez Ruz en la SGAE, que a su vez sigue la estela de Garzón, mandará a la Guardia Civil a incautar documentos, archivos y ordenadores en el lugar donde se investiga. Todo el país bajo sospecha, y otro medio país esposado para prestar declaración, ¿no les parece magnífico? Tenemos información garantizada para unos cuantos años.

Claro que la pregunta siguiente es inquietante: ¿de verdad se necesita ese movimiento auditor, por no llamarle inquisidor? Si la respuesta es afirmativa, el diagnóstico de este país sólo ofrece dos posibilidades: o todos los responsables públicos se han dedicado al arte de la ocultación, o España está podrida; mucho más podrida de lo que sospechábamos. Que se practica el arte de la ocultación o el disimulo, se demostró en dos comunidades donde hubo un reciente cambio de gobierno, Catalunya y Galicia. En ambas, los nuevos equipos han encontrado un déficit superior al previsto. Que las sospechas de podredumbre son razonables, lo demuestra el montaje de la trama de parásitos de la SGAE. Si se hizo con tanta naturalidad, es que hay práctica. Si se mantuvo a lo largo del tiempo a pesar de las denuncias, es que no existen o no funcionan los mecanismos de control.

Así estamos. Vienen, pues, tiempos emocionantes. Entre las ansias de venganza de unos, la demanda de transparencia de la mayoría y le necesidad de dinero de todos, este país se va a abrir en canal y mostrar sus vergüenzas. Supongo que los famosos mercados reciben estos impulsos con alarma que no tardarán en repercutir todavía más en la prima de riesgo. Pero sólo faltaría un detalle: que el miedo a los mercados, esa nueva forma de patriotismo, sirviera para meterlo todo debajo de la alfombra. Es decir, para garantizar la impunidad.

7-VII-11, Fernando Ónega, lavanguardia