īLos filisteosī, Josep Maria Ruiz Simon

Los filisteos de Kant eran personajes condescendientes que, cuando se trataba de derecho político o de relaciones internacionales, aconsejaban dejar de lado la pregunta sobre lo justo o lo legítimo porque la naturaleza de las cosas convierte en irrelevantes las respuestas a estas preguntas. Súbditos o políticos paternalistas que, a la vez que confundían sus intereses con el interés general, invitaban a no preguntarse sobre el orden o el desorden existente porque, pese a su presunta irrelevancia, el remedio que podría prescribir la teoría siempre acabaría siendo peor que la enfermedad y porque los infiernos de este mundo están empedrados de buenas intenciones. Los filisteos de Kant, que defendían el statu quo por miedo a perder su estatus social, acabaron siendo, y no por casualidad, los ancestros de aquellos miopes filisteos de la ley y el orden de que hablaba Max Weber, que, creyendo que era mejor ponerse la venda antes de que llegara la herida, terminaron, generaciones después, en brazos del fascismo.

La literatura periodística sobre el fenómeno de los indignados producida durante estos meses ha puesto de manifiesto que el tipo descrito por Kant sigue siendo un personaje que, como los de Arlequín, Colombina o Polichinela en la Commedia dell’arte, define las posibilidades de la trama y de la acción de los dramas que se representan en nuestra escena política y mediática. El hecho de que haya actores dispuestos a interpretarlo con entusiasmo no resulta sorprendente. La pregunta teórica sobre la realidad y la naturaleza de la democracia es, para muchos y no sin razón, una pregunta terriblemente incómoda.

19-VII-11, Josep Maria Ruiz Simon, lavanguardia