Botsuana, ejemplar excepción política

Botsuana es un milagro. Y Gaborone, su capital, lo contrario de la imagen de Áfricaque salpica las conciencias del primer mundo. Calles asfaltadas, aceras limpias, edificios altos, semáforos encendidos y pasos de cebra que se respetan. Hace medio siglo no era nada.

En 1966, cuando logró la independencia, era uno de los países más pobres del mundo con una renta per cápita de 70 dólares y 12 kilómetros de carreteras asfaltadas. La ayuda humanitaria era el 60% de la caja del Gobierno. Hasta que llegaron los diamantes. El descubrimiento de yacimientos de piedras preciosas cambió la suerte de un país de una extensión similar a la península Ibérica pero con sólo dos millones de habitantes.

Desde 1967 al 2006 fue la economía que más creció del mundo. Pese a la zozobra por la crisis mundial y tras coger aire en el 2010, hoy su renta per cápita es de 14.000 dólares y tiene 8.400 kilómetros de carreteras alquitranadas. Pero no sólo fueron los diamantes. En un informe reciente, Michael Lewin, analista del Banco Mundial, daba en la tecla: "En Botsuana los minerales fueron una suerte, pero otros ingredientes clave para la receta del éxito fueron un buen gobierno y unas buenas políticas económicas". El Ejecutivo de Gaborone no ha sido perfecto, pero sí bueno. Según Transparency Internacional, es el país menos corrupto del continente - obtuvo una puntuación de 5,8 sobre 10; España un 6,1-y es el ejemplo de que una buena gestión de los recursos naturales, sin demasiadas injerencias carroñeras externas, repercute de forma positiva en la población.

Jeff Ramsay, portavoz del Gobierno botsuano, sonreía cuando este diario le pidió que rebatiera a quienes critican que el reparto de los beneficios sociales ha sido mucho menor a las ganancias, que la desigualdad es una lacra y el desempleo roza el 20%. "Los beneficios de los diamantes se han invertido en educación, infraestructuras e incluso en la lucha contra el sida. Aún queda trabajo por hacer, pero mira por la ventana, conduce por nuestras carreteras, visita los pueblos, ¿eso no es progreso?", decía.

Pese a la confianza sin fisuras de Ramsay, al final de esas lenguas de asfalto, e incluso en barrios pobres de la capital, se ven muestras de que no todo es brillante. Especialmente para un pueblo maldito. Para los bosquimanos de la reserva natural del Kalahari central, los diamantes han sido una pesadilla. En la década de los ochenta, se descubrió que el subsuelo del que había sido su hogar durante siglos estaba trufado de piedras preciosas. No hubo final feliz: fueron expulsados de su tierra y confinados en reservas donde, sin derecho a cazar o recoger agua en sus antiguas tierras, se consumen por la depresión, el alcoholismo o el sida. Lucharon en los tribunales. Aunque en enero de este año, el Tribunal Supremo de Botsuana dio la razón a los bosquimanos (los jueces describieron la situación como "una desgarradora historia de sufrimiento y desesperación"), las amenazas y las detenciones se siguen produciendo.

Pero más allá de los borrones, es imposible no conceder que ha habido grandes avances gracias a la buena gestión de los beneficios de los diamantes: en 1970 un tercio de la población tenía acceso a agua potable, hoy más del 90%; y el 80% de la población sabe leer y escribir.

En Botsuana todo lo bueno y lo malo tiene que ver con los diamantes, que suponen más del 33% del PIB y el 70% de las exportaciones. Pero la bonanza tienen fecha de caducidad. Y la diversificación será un reto obligado: según el FMI, en el 2016 los ingresos de la industria del diamante empezarán a disminuir y se agotarán en el 2029.

14-VIII-11, X. Aldekoa, lavanguardia