España cañí -14: privilegios funcionariales

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La ministra Leire Pajín debe de maldecir a estas alturas la ocurrencia de trasladarse con sus padres al Llatzeret de Menorca para darse su primer baño. El Llatzeret es una residencia del Ministerio de Sanidad en Maó, que hoy es reservado en la época veraniega para los funcionarios del ministerio a cambio de poco dinero, lo que genera un déficit trasladado directamente al presupuesto de los servicios ministeriales. Con la legitimidad que da haber denunciado estas prerrogativas de otras épocas –recuerdo mi artículo en este medio cuando el presidente español no supo cuánto costaba un café–, me permito repetirme en algunos extremos. Los beneficios en especie suelen ser poco transparentes, regresivos socialmente a la vista de quién se beneficia y con poco sentido.

El Llatzeret es más barato que los hoteles de los alrededores. Es curioso ver allí todos juntos a los funcionarios de la capital del Reino, en unas instalaciones que, si bien se han beneficiado de algunas inversiones a cargo del presupuesto (naturalmente), siguen siendo manifiestamente mejorables. Este tipo de beneficios, incluso entre funcionarios, acaban beneficiando a unos cuantos: los que se conocen el sistema, saben cómo y cuándo reservar plaza y los que menos vergüenza tienen. Pasa también algo similar con la prerrogativa de poder asociada al seguro sanitario privado sin coste, como se permite en el Muface con determinados funcionarios y a las versiones que benefician a jueces y militares. Ya es
hora de que alguien me explique por qué, si este sistema es tan bueno, no se extiende a toda la población.

Detrás de todas estas compensaciones más o menos encubiertas hay algo de vergonzante, a veces con deducción fiscal, a veces por la vía de la retribución que es en especie fiscalmente opaca. No querer reconocer sueldos competitivos y optar por estas otras vías es una manera de esconder el huevo. En toda actividad se obtiene un excedente. O se lo apropia el ciudadano y consumidor en términos de menos coste y menos impuestos, o se lo queda el productor/administrador en términos de precio más alto y trabajo más ineficiente. Un trabajo que será menos estresante, con más horas en el bar, más absentismo y con vacaciones subvencionadas. Que el excedente sea monetario, especialmente en los servicios públicos, se visualiza muy mal.

Parece que una sociedad a la que le da miedo la transparencia prefiere este tipo de compensaciones en especie, más oscuras, que no hacen justicia al honesto servidor de la función pública, ni permiten un escrutinio democrático de sus consecuencias. Lo que no pagó la ministra, lo pagó alguien. Los precios se ven; los impuestos, no, especialmente los indirectos, que son los que más crecen. Las transferencias de los contribuyentes (más impuestos) hacia los usuarios (precios más bajos) se deben mirar con lupa: no sólo en los complejos turísticos ministeriales, sino también en la sanidad entre los usuarios y los contribuyentes, entre los pensionistas y el resto, entre los que quieren que se les financie el medicamento de fantasía y los que se conforman con el genérico.

1-VIII-11, Guillem López i Casasnovas, UPF, lavanguardia